Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Entradas etiquetadas como “jaume balagueró

R: registro E: exacto C: de una cámara aterrorizada

rec-poster

Paco Plaza y Jaume Balaguero –  REC. Experimenta el Miedo (REC, 2007)

Vayamos por partes, gradualmente, a la manera de REC (2007).

Mientras usted duerme es un programa de televisión catalán. Al parecer, su temática consiste en seguir a quienes trabajan de noche, en este caso el Cuerpo de Bomberos de Barcelona. El film de Jaume Balagueró y Paco Plaza, al principio, no es más que este programa, que engancha de inmediato. Por un lado, sabemos que algo va a ocurrir, pero las situaciones se distienden y los bomberos aparecen en su cotidianidad. Hasta juegan basket. Por otro, esta propia cotidianidad captura la atención en sí misma: la perspectiva naturalista de la cámara en mano crea una sensación voyeurista, como si formáramos parte al mismo tiempo de lo que está ocurriendo ahí y de su registro. Por ejemplo, cuando Ángela Vidal (Manuela Velasco), la conductora del programa le dice a Pablo (Pablo Rosso), el camarógrafo, que corte lo aburrido, que edite lo que se está observando grabar. Por eso, ambos componen un solo conductor-protagonista: Ángela, cual Virgilio aterrorizado y sin certezas, nos conduce como puede y huye cuando siente miedo; Pablo es nuestros ojos, por tal razón nunca lo vemos.

rec-1

El inicio consiste básicamente en entrevistas. Alex (David Vert), uno de los bomberos, cuenta que normalmente no ocurre mucho y que no todas las llamadas se refieren a incendios; Ángela le confiesa que desea una catástrofe. Pocos minutos después, todos se encontrarán en camino de una nueva misión. Para lograr suspenso y poder aspirar al terror, es necesario avisar: el asunto reside en la selección del momento, ni muy pronto, porque se revela demasiado, ni muy tarde, porque la emoción se pierde. La primera virtud de REC es su ritmo.

El horror empieza en el edificio. La premisa se mantiene: una cámara dispuesta a grabarlo todo. Ángela parece una periodista en su intención de contar cada detalle de lo que ocurra. Y no se sabe mucho, como al principio, como a lo largo de toda la película. La perspectiva naturalista de por sí limita información, pero en este movimiento potencia el suspenso, porque si sólo hay un ojo, aunque se pretenda mostrar todo, lo no visto siempre permanecerá ahí, acezante.

rec-2

De manera que si se sacan cuentas, se conoce muy poco. Encerrados en el edificio, a los condóminos se les obliga a permanecer en el primer piso y se les prohíbe salir. Algo horrible sucede arriba. Lo que empezó como una vieja loca se va complicando más y más, hasta que la plaga se extiende y el programa de televisión se convierte en una crónica de zombies. Entonces, la cámara en mano que anteriormente atraía la curiosidad ahora resulta un vehículo de doble sentido: testigo parcial del desastre y espectador privilegiado del miedo. Vemos cosas que dan miedo, como en cualquier film de terror, sólo que esta vez sentimos el miedo mismo en el equilibrio de las manos de Pablo, que, repito, somos nosotros: él siempre está ahí donde ocurre la acción, ve todo lo que queremos ver, y huye cuando no damos más. Un ojo doble, cinematográfico y presencial (subjetivo, pero de una subjetividad producida y compartida, que no depende de Pablo, sino de la ubicación).

rec-6

Los momentos de miedo no abundan. La idea no es espantar con una andanada de efectismo facilista, sino, como en los mejores ejemplos del género y como a veces dicen aleccionadoramente en la televisión, solamente hay que temerle al miedo mismo. Pues bien, en REC asistimos al miedo mismo. Sin embargo, no por ejemplo, mediante el paroxismo de El proyecto de la bruja de Blair (The Blair witch project, 1999), sino más bien adscribiéndose a las reglas del género: una plaga de zombies, en un espacio cerrado, los protagonistas que deben escapar mientras van descubriendo alguna explicación -parcial- y mientras van escapando de los otros, pues cada vez son más los contagiados.

rec-3

REC juega con precisión al género. Se distiende y se aleja del efectismo, que no quiere decir dejar de mostrar lo sangriento. Sin embargo, nunca pierde el ritmo trepidante del todo. Hay descansos, sí, pero para volver a correr. Así como al inicio la curiosidad mandaba, en esta segunda parte, cuando se entra en marcha, ya no existe vuelta atrás. Porque lo que finalmente se percibe es el instinto de supervivencia, nada más. Los protagonistas no tienen una gran misión ni ninguna responsabilidad aparte de cuidar al pellejo. Simplemente corren por sus vidas y a nadie le importan las explicaciones ni los heroísmos.

rec-8

Y si a esto se le añade la perspectiva naturalista, cuya subjetividad impostada envuelve al espectador en el miedo, el producto final será un film tan aterrorizante como imposible de dejar de mirar. REC, un registro, un retazo, un residuo, lo que quedó de una historia, donde, no obstante, se encuentran acechantes los elementos del miedo. No es necesario más. Dan ganas de correr, pero la curiosidad te impide moverte. Una mezcla macabra, que -lo mejor de todo- se encuentra dentro de ti.

Eugenio Vidal

Anuncios

Del valor de ser frágil

Jaume Balagueró – El Hospital del Terror (Frágiles 2005)

El hospital del terror (Frágiles, 2005), dirigida por el catalán Jaume Balagueró y protagonizada por la estrella televisiva estadounidense Calista Flockhart, es un sólido ejercicio narrativo, una de esas películas de género que se prodigan en un estilo virtualmente mimético, rindiendo homenajes a diestra y siniestra en una tajante declaración de adhesión a unas reglas a las que se ha dado lustre memorable e insoslayable anteriormente, lo que no significa que el arte del bien contar sea un territorio en el que no pueda germinar, como toda mies hábilmente sembrada, la originalidad de lo conocido. Y ésa es precisamente la cualidad mayor de este thriller fantasmagórico y melodramático, expertamente escrito y sumamente entretenido. Los elementos típicos y los lugares comunes se hallan entrelazados en un guión que funciona como un reloj, tan confiable como inexorable.

Desde su mismo título español, habla de la vulnerabilidad de sus personajes y de la fortaleza admirable inherente a ella, de la naturaleza humana y de lo tenue que resulta lo que nos separa de ese otro mundo al que sólo es posible acceder a través del misterioso portal de la muerte. En primer lugar, los niños, pacientes todos de un hospital en cuyo siglo de existencia se encierra la experiencia de una injusticia que los exhibe como emblema de ilusiones perdidas demasiado pronto. Asimismo, la enfermera interpretada por Flockhart, una mujer que ya ni siquiera aspira a una redención personal para ser capaz de respetarse a sí misma otra vez, sino para vivir en un mundo cada vez más incomprensible e intolerante hacia la rectitud moral y la bondad de espíritu.

Y también, cómo no, El hospital del terror aborda el tema de la vida en sí, al igual que tantas otras muestras del género, con una actitud que sorprende gradualmente al espectador, quien descubre en la película bastante más que una vacía pieza de artesanía. La fragilidad de la condición de vivir, exactamente a merced de fuerzas poderosas en grado sumo -y de nuestra propia ceguera existencial al respecto–, es el tema de El exorcista (William Friedkin, 1976) y El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), dos obras fundamentales que ciernen su sombra inspiradora en el camino tomado por Balagueró y su equipo creativo.

Talentosamente explorado, el argumento de El hospital del terror puede resumirse tal como sigue: Eventos aparentemente absurdos y gratuitamente crueles han ocurrido en la británica isla de Wight a la llegada de una nueva enfermera para el turno de noche de un recinto médico en estado de emergencia. Amy (Flockhart), la enfermera, es una mujer aún joven con la marca de un difícil pasado pintada en su rostro resignado y en su actitud persistente, activa pese a todo y gracias a ese fuego que suele resurgir en las almas golpeadas por la vida durante los momentos más complicados y oportunos. Entre todos los niños víctimas de distintas enfermedades, degenerativas e incurables muchas, una pequeña rebelde y especial, huérfana como Amy y que responde al nombre de Maggie (Yasmin Murphy), nombre que escribe cuando se conocen, ayudada por los cubos que usa para comunicarse con su amiga diferente, tal y como Regan McNeil utilizaba la ouija en la pieza maestra de Friedkin.

Fracturas imposibles son sucedidas por muertes de espanto a medida que el tiempo corre y la leyenda local, amiga no solamente de Maggie sino también de otros niños residentes del hospital muchos años atrás, empieza a ser tomada en serio. Los corredores umbríos y los espacios desolados e inquietantes del vetusto edificio deben su icónica representación y siempre efectiva apariencia, además de Kubrick, al subgénero de las casas posesas y los recintos encantados en pleno, que incluye por ejemplo aquella intrigante parábola acerca de la alta burguesía que Luis Buñuel realizó como El ángel exterminador (1962).

En su primera incursión en el cine americano, Balagueró, un maestro artesano con una sucinta filmografía que ya le ha granjeado una legión de fervientes seguidores dentro y fuera de España por su hábil manipulación de las convenciones genéricas del terror, correcta y sugerente al unísono, aprueba holgadamente, si no de forma sobresaliente. Su estilo es en algún sentido un prodigio de economía, al desarrollar la narración con un meticuloso ritmo audiovisual que nunca de desborda ni tampoco se queda en lo escueto o no ilustrado. La música de Roque Baños es por ello notable, tanto como la fotografía de tonos fríos de Xavi Giménez y la sensible interpretación de una Calista Flockhart que se niega a ser recordada sólo como Ally McBeal.

Christian Doig