Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Entrevista: Armando Robles Godoy (In Memoriam)


Armando Robles Godoy nos habla de su vida, y de la muerte. Un pequeño homenaje de este humilde blog a uno de los creadores más importantes de la cinematografía nacional.

Por Benjamín Huamán de los Heros V. y Omar Awapara F.

Un día antes de la entrevista visitó Chosica, con Ada, su esposa, para celebrar su cumpleaños, y observó con nostalgia los cambios que la ciudad había sufrido, sentado en la misma banca del parque en la que se conocieron, hace 64 años. En una charla en la que el cine, el gran protagonista de su vida, se asoma y reaparece cada tanto, el también escritor Armando Robles Godoy enfrenta con naturalidad interrogantes y verdades no siempre benévolas, y admite –resignado– que el tiempo no le alcanzará para un nuevo proyecto fílmico. Robles Godoy, a sus 85 años recién cumplidos, conversó con Perú Económico y configuró así esta semblanza de su experiencia de vida.

Es un poco difícil conseguir sus películas. Quizá En la selva no hay estrellas, pero parece que La muralla verde no es fácil de encontrar.

¿La muralla? No, yo creo que está pirateada. Más bien el otro día, acá en la esquina, me han ofrecido Imposible amor, mi última película, a cuatro soles. Por supuesto que la compré (risas). No hay nada que hacer con la piratería. Es como el comercio de drogas, es algo incontrolable. Lo único negativo de la nueva tecnología es que ha facilitado la piratería. Cosa que no existía antes, porque la cinematografía era un arte muy efímero, fugaz. Solamente existía, en cuanto acceso al público, cuando se proyectaba en un cine. Pero por otro lado, veías una película una vez y bastaba para decir “ya la vi”. O sea, ¿te invitan a ver La Bohémey vas a decir “no, ya la vi”? La película se veía y se acabó. Ahora, viene el vídeo y te pone la película en tu casa; ha adquirido una permanencia en su relación con el público, y una persona culta tiene, al lado de su colección de libros, una colección de películas.

¿Qué relación mantiene con el cine en estos momentos?

Estoy desilusionado del cine, porque esto que está ocurriendo me ha debido suceder hace veinte años, pero lamentablemente me ha agarrado muy tarde. Ya no tengo tiempo. Ya perdí un poco las esperanzas de hacer una nueva película. Acabo de cumplir 85 años y hacer una película es una hazaña que implica más de cinco años, y yo no creo que viva más allá de eso, tampoco me lo voy a permitir. Sin embargo, estoy muy al tanto del cine, en este momento tengo dos talleres y creo que voy a abrir otros. Es una tarea que me produce placer, y también cierto ingreso, porque si no de qué vivo. Uno de esos talleres lo he armado en San Marcos, en La Casona, lo que significa una experiencia espiritual muy intensa, porque yo estudié ahí. Y volver a San Marcos, al mismo local, después de sesenta años, para enseñar, es algo muy lindo.

¿Qué opina de la nueva tecnología digital?

Lo interesante de esta revolución es que es la primera revolución tecnológica verdadera que se ha producido en el lenguaje cinematográfico desde que se inventó. No ha habido ningún cambio radical que se compare a éste. Ha habido mejoras, perfeccionamientos increíbles. Estoy totalmente de acuerdo con que hoy todavía es superior la reproducción tradicional de la imagen, pero no la del sonido. El sonido en la tecnología tradicional es una porquería; eso no se discute. Pero lo visual no.

La revolución no es sólo tecnológica, sino que también ha influido en la característica de la película. Ya las películas no son hechas para un visionario. Cuando tú hacías una película, sabías que fulano la iba a ver una vez. Si le gustó mucho, de repente la veía de nuevo, pero ahí se acababa, ya no existía más la película. Eso influye también en el aspecto creativo de ésta. Porque tú tienes la conciencia de que estás haciendo una cosa para ser vista una vez. ¿Y qué cosa es lo más importante en una película que va a ser vista una vez? El suspenso, el contenido del argumento, la historia. Lo demás es muy secundario. Ahora no. Ahora, se puede ver una película hasta quince veces en un año, y la ves echado en tu cama. El cine invadió la cama. Por muy cómodos que sean los asientos, mejor es una cama. Ese es el efecto de la tecnología digital.

¿Cómo fue su primera aproximación al cine?

Mi primer contacto personal con la cinematografía, no solamente como público, fue en Huánuco, con mi hermano Mario. Dos años antes de eso, yo había visto en un cine club en Lima, una película sueca que se llamaba La señorita Julia, basada en la obra teatral del mismo nombre de Strindberg, que yo ya había podido leer. Y fui a ver la película y me disgustó horrores. Estando en Huánuco, entonces, camino a Tingo María, estábamos los dos caminando por el parque, y mi hermano sugiere ir al cine, al único que había. Fuimos, y estaban dando La señorita Julia. Yo le dije que no, pero Mario es así como yo, todo grande y convincente, e insistió. Tú duerme si quieres, me decía, pero yo la quiero ver. Y la verdad es que no pude dormir. Salimos del cine los dos, pero flotando. Qué cosa hemos visto, pensábamos. Nos quedamos dando vueltas por el parque hasta la medianoche y después nos fuimos al cuarto del hotel, y seguíamos hablando de lo que habíamos visto. Fue impresionante, me dejó cojudo. ¿Tú sabes que hasta ahora no he podido volver a ver La señorita Julia? No la he encontrado. Pero el efecto que me produjo, sí. O sea, me dejó una semilla que después, pasado el tiempo, me hizo crear esa especie de frase, de las cuales estoy lleno, que dice: “Recordar es descubrir lo que verdaderamente ocurrió”. Y lo que verdaderamente ocurrió en ese plan tan ambicioso, tan aventurero de ir a la selva, no fue eso, sino fue simplemente mi contacto con el cine. Tanto con esa impresión que me causó La señorita Julia, como con la filmación de En la selva no hay estrellas y La muralla verde, que estuvo basada en mi experiencia ahí.

¿En qué parte de la selva estuvo?

Era por la zona del Alto Huallaga. El núcleo era Tingo María, donde había una estación experimental que dependía del gobierno. El plan, si no me equivoco, es anterior a Odría. Fue muy interesante, y además funcionó. Conseguimos un lote y nos fuimos. Éramos mi mujer y yo, y mi hermano Mario y su mujer. Esta aventura de pequeña colonización en la selva, allá por 1950, nos entusiasmó mucho, en parte motivada por la horrorosa situación política que se vivía durante la dictadura de Odría y esos generalotes. Era muy bonito, pero económicamente no funcionó. A los ocho años no nos volvimos exclusivamente por eso, sino que yo ya tenía un nombre. Sin moverme de la selva había ganado importantes premios. También había escrito una novela, La muralla verde, que después dio lugar a la película. De manera que estaba ya demasiado cargado de cosas y mantenerlas ahí, románticamente, como una especie de escritor aislado, era difícil.

También ejerció como periodista.

A raíz del premio que gané en La Prensa, se me abrió un poco la posibilidad de escribir una columna, que enviaba por correo, de temas generales. Y cuando me vine, conocí a Pedro Beltrán. Nos caímos bien, conversamos y me propuso trabajo. Estuve en La Prensacinco años como periodista. Llegué a ser director de la sección cultural y sociales, como se llamaba. Yo me reservé la crítica de cine. Esa era una época en la que la crítica cinematográfica se hacía por sorteo, se encargaba cada semana a un miembro de la redacción. Qué críticas habré hecho; felizmente hay que ir hasta la hemeroteca para buscar las cosas que decía (risas).

¿Qué lee en estos momentos?

Estoy escribiendo tanto en estos momentos que no tengo tiempo de leer. Acabo de terminar la revisión de la novela, que me ha tomado mucho tiempo. Después he terminado un libro de ensayos, titulado El problema de vivir. Además, otra novela inédita que acabo de terminar hace medio año y que está reposando para una revisión. Y otro libro de cuentos. El primero que edité fue Un hombre flaco bajo la lluvia, que salió en Matalamanga, y tengo otros doce cuentos listos. Tengo una cantidad de material que Balzac se avergonzaría. No necesariamente bueno, pero son toneladas de papeles. He aprendido a usar la computadora, sólo para escribir, por influencia de Marcela (su hija); lo que dio origen a una situación muy cómica, porque en mi escritorio yo tenía la computadora que me regaló, pero delante de ésta mi máquina de escribir.

¿Alguna lectura que lo haya influenciado?

En Nueva York, donde nací y donde viví hasta los diez años, en mi casa sólo se hablaba y se leía el periódico en español. Mi padre, incluso, nunca aprendió el inglés. Pero era muy cinemero, y desde que yo tuve seis o siete años, me llevaba al cine para que le tradujera las películas, a lo cual atribuyo yo gran parte de mi aproximación particular hacia el cine. Aprender el idioma fue algo que me dio esa experiencia, escribía en inglés en el colegio. Mi padre tenía una colección de clásicos, que yo leía como un desaforado. Textos de Platón, Sófocles, Eurípides. Qué cosa entendería yo de cada página, no sé, pero leía. Se me hizo el hábito, que luego creó el placer. Ese placer se enriquece luego con las lecturas de Víctor Hugo, Dumas, Flaubert, y más para acá, Huxley, hasta los modernos.

¿Y de poesía?

Con la poesía un poco que me he estancado, he avanzado en cámara lenta, con Vallejo. La impresión que me produjo Vallejo todavía no logro sacudírmela.

¿Recuerda usted su llegada a Lima por primera vez?

El viaje fue muy romántico, doce o trece días en barco. La llegada al Callao fue pintoresca, en un sentido filosófico. Yo era un poco precoz y cuando llegamos a Lima lo que llamó mi atención fue una serie de pintas en la calle que decían “Comunismo es traición, comunismo es robo”. Me acuerdo de que le pregunté a mi papá y él me dijo que no me preocupara, que ya iba a descubrir cosas peores. Después averigüé que era la reacción posterior al asesinato de Sánchez Cerro en el hipódromo. Estuvimos una semana en una pensión en el centro de Lima y mi mamá consiguió una casita con techo de dos aguas en Miraflores, en la calle San Martín. Ese fue el primer contacto verdadero; no el del centro, que fue muy urbano para alguien viniendo de Nueva York. Cuando llegué a Miraflores la cosa cambió, porque por primera vez vi un burro pasando por la calle, cargando unas bolsas, y le dije a mi mamá que quería montarlo. Y ella, que era un encanto, alquiló el burro y me senté en él, que me llevó derecho hacia donde le dio la gana, que fue el campo, bien cerca. De pronto me encontré en la naturaleza montado en un burro y ahí comenzó el cambio. Hasta los trece años vivimos en Miraflores. Pero entonces me vino una pulmonía, facilitada por el asma que tenía, y el médico ordenó cambiar de clima, así que nos mudamos a Chosica. Y ahí me quedé. Terminé mis estudios y me matriculé en la universidad de San Marcos.

¿Cómo fue la relación con su padre (el compositor Daniel Alomía Robles)?

Mi padre tuvo 10 hijos en su primer matrimonio, y dos, Mario y yo, en el segundo. Los diez primeros se quedaron en Nueva York cuando volvimos a Lima. De todos sus hijos, el único que mostró cierto amor por la música, la literatura, era yo. Entonces mi papá tenía la idea de que podía ser músico. Me comenzó a enseñar música, estudié piano, incluso seguí estudiando después de su muerte con Rodolfo Holzmann, que era muy amigo de mi padre. Pero no era mi vocación. Adoro la música, pero no. Cuando mi padre se dio cuenta de eso, me regaló una máquina de escribir y no me volvió a joder. Pero el contacto con mi padre sí fue muy intenso. Cuando murió, yo tenía apenas 19 años, pero igual fue una influencia muy poderosa en todo sentido, excepto en uno, que después también se arregló: el me decía que yo no tenía personalidad. Difícil para un muchacho de 19, pero, en efecto, por mucho tiempo yo fui el hijo de don Daniel. Un poco lo que le pasó también a Marcela conmigo, ella era la hija de Armando. Pero ahora no, ahora ya soy el papá de Marcela (risas).

Cambiando un poco de tema, ¿cómo ve al país en el 2021? Una vez usted citó una frase en su columna de El Comercio, que rezaba: “En todos lados se cuecen habas, menos…

…en el Perú, donde sólo se cuecen habas” (risas). Yo creo que el mundo se ha globalizado, inevitablemente, pero para mal. Esto es algo que le gusta repetir mucho a Marco Aurelio Denegri, citándome: “la especie humana ya mancó”. Y eso se me ha confirmado ayer, en Chosica. Es evidente que uno de los catalizadores de esa catástrofe es la superpoblación. Divides entre diez esto, y es el paraíso nuevamente. Yo creo que por eso fue que Jehová expulsó a Adán y Eva del Paraíso. Estaba más interesado en conservarlo. Creo que esa figura bíblica ha sido mal interpretada. No creo en lo de la manzana, el pecado, esas cojudeces. Yo no creo que Jehová haga cojudeces. Otra razón es que una de las características naturales de la especie humana es la estupidez, como hay otras buenas, pero es una de ellas. Son increíbles las barbaridades que uno puede observar. La carrera militar, por ejemplo. ¿Qué se le enseña a un militar? Estudia cómo matar a su semejante, cómo matar gente.

¿Se arrepiente de algo?

Te voy a repetir algo que dijo una vez un famoso tenor wagneriano, Lauritz Melchior, quien llegó a presentarse en Lima: “En mi vida he hecho muchas cosas malas y muchas cosas buenas, las únicas de las que me arrepiento son las que no he hecho”.

¿Y qué cosas no ha hecho?

Me arrepiento de no haber logrado una bisexualidad como yo la adivinaba. No homosexualidad, pero sí la bisexualidad. Recuerdo con mucha claridad que a los 15 o 16 años era posible. Por otro lado, me da pena no haber podido vencer todas las dificultades relacionadas con la creación cinematográfica, y no haber logrado cosas que no hice en mi mejor película, que quizá sea esa (señala un afiche promocional de Espejismo, colgado en una pared de la sala).

Sin embargo, recientemente la revista Godard! consideró La muralla verde como la mejor película peruana de todos los tiempos…

El lío es que La muralla verde es más bien “autobiográfica”, basada en acontecimientos personales, como la migración a la selva, y hecha con mucha emoción. Había una doble emoción en la realización de esa película. Por un lado, la emoción creativa del cine, que es muy difícil de convocar, ya que no es un fenómeno solitario sino multitudinario, rodeado de gente, de problemas ajenos, etcétera, durante la filmación. Después, durante la posproducción, ya no, gracias a que aprendí a manejar equipos para el montaje, la edición, el sonido. Trabajaba solo. La etapa de la filmación, que es supuestamente la romántica, es en realidad aburrida y muy lenta. Lo que me da pena es saber cosas ahora que antes no sabía, y con mucha claridad. Pero es tarde.

¿Por qué? ¿Usted qué piensa de la muerte?

Estaba esperando que llegáramos ahí, yo iba a llegar a eso aunque ustedes no lo hicieran. La muerte es mi única meta. No hay nada que hacer.

Estuvo cerca de alcanzarla hace unos pocos años…

Sí, estuve muy mal, y eso lo que hizo fue reforzar de una forma emotiva esta concepción. Estuve internado seis meses en un hospital. Pero para mí la muerte es una meta. He tratado, infructuosamente, de formar un grupito, llamado irónicamente “de la buena muerte”, pero me encuentro con que el miedo a la muerte propia es muy poderoso. Tuve un contacto con Mariano Querol, quien comulgaba con estas ideas, pero no funciona. A pesar de todo, no tiro la esponja. La muerte es solitaria, pero el proceso de enfrentar la muerte y de decidir cómo y cuándo se va a morir uno requiere de un intercambio de opiniones con esa absoluta libertad respecto del miedo a la muerte. No le tengo miedo a la muerte, pero sí le tengo miedo a la agonía. Esa sí la he olido, y así no me gustaría morir de ninguna manera.

Publicado en la edición de febrero del 2008 en Perú Económico

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Una respuesta

  1. erick daniel alomia diaz

    mi visabuelo se llamaba daniel alomia robles yo me llamo erick daniel alomia diaz

    enero 3, 2012 en 1:38 pm

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