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confusión y oscuridad

Jordan Barker – El Pantano (The Marsh, 2006)

El pantano (The Marsh, 2006), dirigida por Jordan Barker y protagonizada por Gabrielle Anwar, aquella joven dama que acompañaba a Pacino en el tango de Perfume de mujer (Scent of a Woman, 1992), es un thriller en la línea de la ya clásica Juegos diabólicos (Poltergeist, 1982), pero sin nada de lo que hacía memorable a aquella producción de Spielberg. Lo que no quiere decir que la película de la cual vamos a tratar carezca de cierto interés, aun cuando éste sea limitado.

Una bastante exitosa escritora de cuentos infantiles sufre recurrentes pesadillas, las que al parecer están de algún modo relacionadas con su producción, cuyo estilo enfatiza el lado misterioso y sombrío que forma parte tan importante de la literatura para niños. Las imágenes de sus pesadillas cobran vida en sus libros ilustrados, aunque es posible –cada vez más– que el proceso creativo de Claire Holloway sea en realidad menos ortodoxo de lo que se puede apreciar a simple vista.

La severidad de su trastorno obliga a la protagonista a buscar una nueva manera de resolverlo y acabar con su tormento psicológico. No se le ocurre nada mejor que refugiarse en el retiro de un lugar llamado Rose Marsh Farm, en el condado de Westmoreland. Allí, en medio de la desolación de un paisaje campestre extrañamente poco bucólico, la escritora encontrará más que la llave, la puerta de acceso a un mundo que la reclama, sin aparentemente ninguna razón particular que no tenga conexión con su sensibilidad hacia los temas de sus propios libros.

En su flamante residencia, Claire entra en conocimiento de sucesos que han teñido de sangre la historia del lugar, además de gente tan peculiar como llena de secretos. El dependiente de una tienda de artículos varios le trae a la conciencia imágenes de un muchacho que la acecha en sus pesadillas. Un cronista y editor de noticias busca en la famosa nueva habitante de Rose Marsh Farm a la figura ideal a quien entrevistar –o eso es lo que parece estar sucediendo. El experto en situaciones paranormales Geoffrey Hunt es un viudo solitario acompañado por su fiel perro, violento en su reacción ante la visita inesperada de Claire.

Apariencias todas de una trama que apunta alto, y ya desde el principio sabotea sus ideas más interesantes. Por ejemplo, la anécdota siniestra y conmovedora, hecha de tantos matices y ramificaciones, que conforma la parte, digamos, objetiva de la historia; siempre recordando que es la historia de unos sueños y unos fantasmas o monstruos, sean producto del inconciente o verdaderos turistas provenientes de una zona de la realidad –si es que así puede ser denominada—que quienes permanecemos con vida sólo podemos resignarnos a ignorar.

Como empezaba a señalar, la anécdota referida es deshilachada a tal punto por la dirección, con la ayuda significativa de una edición redundante, que tan sólo aquel elemento de la película, tan importante como es en todo caso, perjudica la credibilidad y el poder de persuasión de la misma. Así como, dicho sea de paso, la verosimilitud de las esforzadas actuaciones del reparto.

El efecto es entonces uno de confusión, que prevalece sobre el conjunto de tal forma que afecta la misma esencia de lo que se está tratando de contar. La humanidad de los personajes apenas si sobrevive a la sensación de que nada podría ser más inoportunamente impostado. Porque el problema se origina en un estilo que se queda en la superficie de las cosas, en una película cuyo tema es el de la apariencia engañosa de la realidad, una realidad que oculta mucho más que fantasmas mal maquillados o efectos especiales adecuados.

Desde la morosidad de las escenas iniciales, no tiene lugar en todo el filme un momento durante el cual, en su luminosa brevedad, el espectador sea capaz de asegurar que ha sido atrapado por la narración entrecortada y desesperadamente, torpemente intrigante. La relación de paralelismo entre lo que sucede en la pantalla y el mundo literario de la heroína se pierde definitivamente al no existir en absoluto una exploración de lo segundo; lo que a su vez, constituye un detrimento irreversible de lo que se descubre con respecto de su biografía personal.

El pantano es fallida, pero tiene, sin duda, ciertos puntos a su favor. La fotografía de David Perrault logra una imagen portentosa, casi inolvidable, de una casa que, ahora sí, ha salido virtualmente de un cuento de hadas. Y la amistad entre Claire y Geoffrey (Forest Whitaker) alcanza unas connotaciones saludablemente integradoras.

Christian Doig


ORNITOLOGÍA DE UN MÚSICO DE JAZZ

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Clint Eastwood – Bird (1988)

Antes de Bird (1988), Clint Eastwood había dirigido grandes películas como Honkytonk Man (1982) y Obsesión mortal (Play Misty for me, 1971) donde la música ocupaba un lugar estelar y conectaba con su percepción clásica del cine, llena de simplicidad en la narración, serenidad en el encuadre y cariño por los personajes. Para 1988 -y sin negar sus instintos artísticos- Eastwood dirige una película biográfica o biopic (género movedizo en códigos y sustrato ideal para el ejercicio de liberalidades cinematográficas) sobre una de las leyendas del jazz: Charlie “Bird” Parker, visionario y autodestructivo saxofonista, creador del be bop.

Desarrollada como homenaje al pionero negro, quien junto a Dizzie “Birks” Gillespie y Miles Davis crearon un nuevo sentido musical a partir de la improvisación y la descarga de armonías, se puede decir que Bird es una cinta muy “Clint Eastwood” porque está construida enteramente desde el fanatismo por el jazz. Que lo lleva a apartarse por un momento y por primera vez del relato lineal, apelando a constantes retrocesos en el tiempo que le dan a la narración una estructura fragmentaria. Un tono contrastado por la iluminación compuesta, en clave baja. Una gran expresividad por el movimiento de cámaras -que incluye un gran plano secuencia de cinco minutos- y por las actuaciones realistas, turbulentas. Todo ese estilo manierista y recargado opuesto a la personalidad clásica del autor obedece a la necesidad melómana de dar cuenta de una leyenda.

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Y los personajes de leyenda se enfrentan a grandes enemigos, que los superan en tamaño y poder. Bird se refiere a Charlie Parker (genial Forrest Whitaker, Palma de Oro en Cannes a la mejor actuación) desde sus años de adolescencia hasta su madurez musical y su decadencia personal atada a su vicio por la heroína, de oscuro y desgarrador origen. Su travesía vital ocupa un pregenérico rural y llega hasta los clubes nocturnos de Nueva York de los años 40 y 50, donde la sofisticación absoluta en la ejecución del saxo anuncia su calvario, su ascenso al Gólgota del jazz donde el sistema social norteamericano -corrupto, racista y antidemocrático- dicta la sentencia y se lava las manos al mismo tiempo. Ese camino realista que podría transitar la película se transfigura en reflexión moral.

Porque este biopic puede ser visto también como un gran melodrama, o sea un drama puesto en música. Y donde la figura de Chan Parker, la esposa del Yardbird, cumple una función sistémica. Chan (Diane Venora, superlativa) corresponde con humor judío y con comprensión maternal los excesos de Charlie: sus infidelidades, sus vicios, su vehemencia por asistirla -a ella y a los hijos- renunciando a su naturaleza lunar, grabando música romántica con arreglos de cuerdas, ingresando a hospitales voluntaria e involuntariamente, viajando al Sur profundo con Red Rodney para ganarse la vida, llegando a tiempo a las sesiones de grabación. Pero pudieron más su dependencia por las drogas y el alcohol, su debilidad física, su ecuanimidad al ejecutar el saxo, su endemoniada genialidad despreciada en EE.UU y amada en Europa, que le transportaron hasta el regazo de bellas mujeres blancas a las que amó con pasión.

Tan antigua como la crucifixión, la vida de Charlie Parker amerita una revisión a cargo de un clásico. Que quiere seguir entendiendo las posibilidades expresivas del cine y se aparta del camino natural a través del cual pudo contar la misma historia. Y entonces construye su propia ruta: anticelebratoria, antinaturalista, anticomplaciente. Más bien atemporal, dolorosa, quebrada. Y obtiene un sumo de contradicción y fiebre; de cadalso y liberación; de alegría y martirio; de amor y lujuria por la música.

Clint Eastwood valoriza el poder del montaje y lo instrumentaliza como eje dramático. Las actuaciones ponderadas están por encima de las desgracias reales. Y sin embargo transmiten tristeza de alto voltaje. La imagen contrastada y de grano grueso se proyecta como intenso icono de la pasión y muerte de un músico genial. Hijo natural de la droga a quien Eastwood no encumbra en ningún Olimpo ni trata de entender a través de una moraleja reductora. Solo la transmite al mundo y la convierte en la representación de uno de los personajes más interesantes de su filmografía, donde también hay espacio para los diferentes y clandestinos. Que esconden en sus síndromes de abstinencia y en sus persecuciones reales -que los injustos sistemas sociales perpetran contra ellos- el espíritu más noble y enaltecedor jamás visto. Hablamos de su dimensión moral sacudida por los impactos de platillos de batería lanzados al aire y que les llegan como dardos vitales, traumáticos, que les hacen regresionar desordenadamente a su pasado tormentoso.

Bird es un filme estupendo, al alcance de los iniciados o no en el jazz o en el cine. Porque ofrece una apreciación de la vida muy sentida; comparte una filia noble y entiende el valor de los medios cinematográficos aplicados para contar la historia de un personaje liviano y libre como un pájaro, que alcanza notas elevadísimas con su música y está expuesto a los hondazos de la vida que terminan por descalabrarlo. Bird es un valioso tomo de “ornitología cinemática y urbana” y también una gran película del director de Un mundo perfecto (A perfect World, 1993), Los imperdonables (Unforgiven, 1992) y Los puentes de Madison (The bridges of Madison County, 1995).

Óscar Contreras