Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Entrevista: Claire Denis


Claire Denis

Aunque los 10 largometrajes que ha estrenado desde 1988 han dado pie a elaboradas lecturas, la francesa que la revista Sight&Sound designó como “nuestra cineasta de la última década” no parece muy dada a las intelectualizaciones en torno al cine, en general, ni a su obra en particular. Una obra cuya mayor parte se exhibe estos días en Sanfic, festival que la tiene entre sus invitados estelares, y que no es de etiquetado evidente ni de fácil abordaje. Y qué mejor que ella misma la aborde en una conversación.

¿Qué la impulsa a filmar?

Creo que hay un momento en que los elementos separados, como en el magnetismo, se unen, y entonces empiezo a sentir que hay una escena o dos donde aparece el inicio de algo. A partir de ahí, de repente comprendo que estoy comenzando una película. Que hay algo que viene, aunque sea una idea antigua, pero que empieza a tomar forma.

¿Es más importante para usted unir fragmentos que contar una historia?

Para mí lo más importante es el momento de escribir el guión. Es como una batalla, porque hay que pensar en el presupuesto… Para mí es como un libreto de ópera: si no hay un guión apropiado, el asunto no funciona, no veo las imágenes. Cuando uno escribe, es el comienzo de las imágenes.

¿Qué piensa de las películas que actualmente se distancian del relato convencional y se acercan más a las sensaciones?

Vi en Cannes la película de Apichatpong Weerasethakul que ganó la Palma de Oro (Uncle Boonmee) y lloré como loca, realmente me afectó. Creo en el cine como una forma de expresión, donde la narración se construye a través de la sensaciones. Creo que si un niño ve la película de Apichatpong puede entenderla, pero si ve una historia, no. Si uno mira la película, entiende. Creo que el cine mudo era un cine de collage, de montaje, y eso tiene una gran importancia para la aventura del cine.

El tema del cuerpo ha dado pie a mucha elaboración intelectual, pero para usted parece un asunto más elemental…

Cuando veo artículos y críticas de danza, por ejemplo, que hablan del cuerpo como un concepto, me da susto. Me parece que, desde niños, lo primero que vemos en el cine es la presencia física. De adolescentes nos enamoramos de los actores o las actrices. Sean éstos grandes, fuertes, heroicos o malvados, esta representación física de la humanidad es muy simple en el cine, no hace falta hablar. Si un actor o actriz encarna a su personaje, y enfatizo el verbo encarnar, es a través del cuerpo, más allá de lo que yo hable o le indique al actor.

Blanco y negro

Claire Denis nació en París, en 1948, pero se crió en Africa Central. Su padre fue funcionario civil del gobierno colonial francés. Su debut en la dirección, Chocolat (1988), evoca una Africa de los descubrimientos de la infancia, con un tono afable, pese a la sequedad de los momentos duros. En cambio, White material hace pocas concesiones a la brutalidad. Inspirada por el asedio a los cafeteros franceses en Costa de Marfil, hace apenas siete años, construye un relato donde Isabelle Huppert es la dueña de una plantación que se resiste a dejar un país sin nombre, donde los niños soldados circulan con machete y el horror ya se ha instalado. Ella, al igual que su gente y sus posesiones, son “white material”. Y llevan las de perder. “La idea -dice- era que los blancos pensaban que son intocables. Imaginaban que los problemas de guerras tribales no los tocaban y esa es una forma de racismo”.

Pareciera hablar en tercera persona cuando se refiere a “los blancos”. ¿No se incluye?

Me incluyo. Sería, por lo demás, descarado si me creyera una blanca especial o mejor que los demás. Yo formo parte del white material.

Al presentar Bella tarea en Sanfic, dijo que le interesó “la idea de ser un extranjero”. ¿Qué papel juega esa idea en sus películas?

La noción de extranjero para mí, a veces, habla de racismo, pero creo que con frecuencia habla de la soledad: la soledad nos hace diferentes. Yo misma, si estoy en París pasando por un momento difícil, puedo sentirme extranjera respecto de mí misma, respecto del mundo. Aquí también puedo sentirme extranjera si estoy, como ayer, en la calle Bandera junto a gente de rasgos indígenas sin mucho dinero y luego voy al hotel y veo hombres de negocios. Ahí siento una soledad también. Pero en esos momentos me siento humana. La soledad hace muy visible la condición humana.

¿Cómo se integra eso a una idea de pertenencia, de ser parte de una identidad, nacional o de otro tipo?

Cuando era niña, sabía que era francesa aun si no vivía en Francia. Pero mi abuelo materno era brasileño, mi padre nació en Bangkok y yo vivía en Africa. Para mí, la nacionalidad no era algo tan fuerte como la diferencia entre blancos y negros, entre ricos y pobres. Ser francesa no es algo que haya determinado mi vida. Mi vida ha estado determinada por un ideal: crecí con un ideal muy poético, muy démodé.

A su manera

En 2002, Vanity Fair publicó una foto muy producida, tomada en un café parisino, donde Denis aparece junto a sus colegas Raúl Ruiz, Catherine Breillat (Romance), François Ozon (8 mujeres), Jean Pierre Jeunet (Amélie) y Patrice Chéreau (La reina Margot). Viendo la foto días atrás, Claire dice no recordar mucho. “En la foto, comenta, somos todos solitarios, aunque salgamos juntos. Conozco bien a casi todos los que salen ahí, y creo que esta soledad hace de nosotros una especie de rebeldes integrados a un tipo de cine francés, pero creo que a todos ellos les da lo mismo el cine francés. Si me hubieran preguntado a los 16 años si Truffaut era muy importante para mí, habría dicho que no.

¿Quién lo era, Jacques Rivette?

Me gustaba Rivette, porque quería huir de una cierta idea del cine francés, la idea de un cine que es una reflexión sobre el cine. Como decía Serge Daney, un ciné-fils como Truffaut (mezcla, en castellano, de cinéfilo e “hijo del cine”) ha pensado en el cine de los maestros y ha hecho películas como un fils (hijo). Yo soy una fille (hija) y eso ya es una diferencia.

¿Qué cine, a nivel internacional, le resulta cercano?

Bueno, me gusta mucho Apichatpong. En Argentina, me gustan enormemente las películas de Lisandro Alonso: cuando vi Los muertos fue como un trip. También los realizadores de Los labios (Iván Fund y Santiago Loza). Y también me gustan mucho Wong Kar-wai, Olivier Assayas. Y el cine americano: Los amantes, de James Gray, es magnífica.

¿Cómo fue su experiencia de asistente?

En principio, necesitaba trabajar. Tenía una especie de humildad y el cine me parecía algo tan extraordinario, muy lejano. Y Rivette fue quien me animó. Yo tenía la impresión de que, para hacer películas, había que hacer concesiones, juntarse con gente, hablar. Y yo detesto eso. Me costó mucho. Mi primera película me tomó cuatro años. Además, aparte de que no me gusta hablar y que me gusta la soledad, soy muy terca. Las dos cosas juntas hacen que todo se demore mucho, pero al final funciona.

¿Qué siente cuando se le califica como la mejor cineasta de la última década?

El ego se incomoda mucho. El ego es como un pájaro que necesita alimentarse con poquito, con pequeños cumplidos. Pero cuando alguien escribe que una es “cineasta de la década”, me dan ganas de reír.

Eso no quiere decir nada. Es tan abstracto como si me dijeran que mañana me van a dar 20 millones de dólares.

Fuente: La Tercera, Chile.

2 comentarios

  1. Pingback: Miércoles 13/10 | LA NOCHE DEL CAZADOR: POSTALES COLONIALES (Y NO TANTO): CLAIRE DENIS EN FOCO _ “Bella Tarea” de Claire Denis « Cinéfilo Bar

  2. doveris

    Que genial es Claire Denis, me gusta que sea tan reacia a sobresignificar sus películas.

    abril 27, 2011 en 3:01 pm

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