Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

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Un mundo violento

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Joel y Ethan Cohen – Sin lugar para los débiles (No Country For Old Men, 2007)

Las películas de los hermanos Joel y Ethan Coen (la gran mayoría teniendo a Joel como director y a Ethan como co-guinista y productor) se caracterizaban por ser historias de personajes que aparecen siempre fuera de contexto, que parecen no encontrar un lugar dentro del mundo al cual pertenecen. Lo podemos ver claramente en películas como Miller´s Crossing o El hombre que nunca estuvo, cuyos personajes son individuos que se mantienen siempre distantes e impasibles a lo que ocurre alrededor de ellos, y que hacen lo que es necesario para sobrevivir.

Por otro lado, gran parte de sus películas están cargadas de un humor cínico que se basa en justamente la actitud de sus personajes, expuestos siempre a situaciones que de pronto se complican de formas absurdas. Recordar sino Barton Fink o Fargo, en donde los protagonistas, ambos seres apocados, se ven envueltos en situaciones muy complicadas de resolver. Este contraste entre la descripción del personaje con las acciones en las que se ve envuelto era lo que generaba el humor, cargado siempre por una cierta misantropía, como si no hubiera forma de escaparse de lo que absurdo que es el mundo, por lo que no queda otra que reirse.

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Después de dos películas menores (Intolerable cruelty y The Lady Killers), los Coen (dirigiendo al alimón por segunda vez después de The Lady…) regresan con No Country For Old Men, una película extraña dentro de su filmografía. Adaptación de una novela del norteamericano Cormac McCarthy, la película, ambientada en el Texas de los años ochenta, se centra en la historia de un hombre que descubre dos millones de dólares en un maletín, dinero que habría servido para pagar una transacción de drogas que salió mal. Este hombre deberá comenzar a escapar con el dinero puesto que será perseguido por Anton Chigurh, un despiadado asesino al cual no le importa asesinar a cualquiera que se le cruce en su camino. La película, como ya es sabido, fue la más premiada en la ceremonia de los óscares, obteniendo el premio a mejor película.

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Decimos que No country For Old Men es una película extraña dentro de la filmografía de los Coen puesto que el humor, tan presente en otras películas, acá aparentemente no existe. Lo que llama la atención del fim es la sequedad de la puesta en escena, tan árida como los paisajes en los cuales ocurren los hechos. Los Coen no utilizan música, por ejemplo, para generar tensión: por el contrario, la violencia nos es presentada de forma directa, sin el menor tipo de estilización.

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Esto diferencia a la cinta de, por ejemplo, Miller´s Crossing (recordar la escena del ataque a la casa de Albert Finney y la magnífica música clásica). El hecho de que la violencia aparezca sin el menor aspaviento genera un clima rudo, en donde la violencia es igualada a cualquier otro acto de la vida cotidiana. Los Coen trabajan a partir de planos fijos, donde la cámara no se mueve, como si la película nos dijera que no hay posibilidad de salida, que la violencia está ahí para convivir con cada uno de los personajes que la pueblan.

Los Coen, de esta manera, dejan de lado su correspondiente cinismo para, de verdad, trabajar un mundo casi terminal, en el cual pareciera que la única regla que existe para sobrevivir es la violencia. Tanto Llewelyn Moss (Josh Brolin) como Anton Chigurh deben asesinar ya sea para escapar como para cumplir su misión. Y ambos personajes la asumen casi como si fuera algo natural. La puesta en escena de los Coen, sin el menor rasgo de estilización o de virtuosismo, acentúa justamente este mundo en el cual las reglas parecen invertidas y en donde lo que más terrible resulta lo más normal.

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El mundo que plantean los Coen es justamente un lugar donde los débiles no tienen espacio, donde el sheriff idealista (Tommy Lee Jones), aquel que no entiende hasta que punto la violencia puede llegar, debe retirarse. Esta mirada tan dura y pesimista de los directores sobre su propio país es lo que le da una profunda tristeza a la película, y también una gran fuerza.De esta manera, la misantropía propia de los Coen da lugar a una desesperanza y un pesimismo que, si bien ya habían sido dibujados en anteriores películas, acá están expuestos de forma frontal. Todos los actores están extraordinarios justamente porque entienden que el mundo en el que se encuentran es un mundo con otras reglas que ellos simplemente tienen que aceptar como propias. Desde Josh Brolin hasta Woody Harrelson, todos los personajes parecen asumir que la violencia es la regla. Y, claro, javier Bardem como Anton Chigurh es justamente el emblema de este mundo donde no importa que es lo que hay que hacer con tal de sobrevivir.

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Quizá, reflexionando un poco más, esta película no sea tan distinta a Barton Fink, Fargo o El hombre que nunca estuvo: el mundo sigue siendo un lugar terrible que pone trabas cada vez más complicadas. La única diferencia es que ahora ya no hay lugar para reírse de él.

Rodrigo Bedoya 

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La cólera del amor mal llevado al cine

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Mike Newell – El Amor en Tiempos de Cólera (Love in the time of Cholera, 2007)

Aunque es cierto que la versión fílmica de la consagrada novela del “Gabo” El amor en los tiempos del cólera encontró muchos reparos desde un inicio (sobre todo cuando se conoció el nombre del director, Mike Newell, y su opaca trayectoria), también es cierto que algunos pocos tenían la ingenua esperanza de que el cine, con todo el lenguaje que ha desarrollado en las últimas décadas y con toda aquella técnica dirigida a expresar los sentimientos más complejos e inefables, pudiera por lo menos acercarse a la atmósfera de amor obsesivo y apasionado de la novela.

Y es que a pesar de la sugestiva presencia de Gabriel García Márquez durante la producción del film, ver a un director anglosajón dirigiendo una historia tan latinoamericana y tan propia de un autor que no pudo sacar su genio sino de la selva colombiana, es como ver bailar salsa o cumbia a un gringo de cintura rígida. Pero Newell no sólo falló en no saber llevar el ritmo, sino en no sentir como latino el sentimiento más universal del mundo.

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Demasiadas fallas de dirección alejan la virtuosidad de la historia de la plana versión cinematográfica, aunque debo confesar que una primera mirada confunde a quienes leyeron la novela, ya que las anécdotas y lugares comunes se mezclan (sin objetividad) con los parajes y las escenas que la imaginación recreó a partir de las palabras de personajes como Florentino Ariza, el eterno enamorado (bien interpretado por Javier Bardem en el film) y Fermina Daza (Giovanna Mesogiorno), tan potente en la novela y tan frígida en la pantalla grande.

El resultado de una primera ojeada a la película por parte de lectores optimistas y tolerantes es simplemente “otra” película, pues un segundo vistazo desnuda los vacíos y saltos abruptos de la historia fílmica. Además, ayuda a esa primera confusión el impacto de una destacada fotografía y la correcta recreación de la época. Hay tres fotos o estampas para el recuerdo y las tres tienen que ver con las escenas de sexo, muy bien recreadas en su individualidad. También hay rescatables fotografías de exteriores aunque linden con los planos postales, producto de una mirada foránea, o más bien turística.

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La omisión de algunas escenas del libro, que, en el hábitat latinoamericano adquirieron relevancia pese a ser trágicamente jocosas como la muerte del doctor Urbina (el esposo de Fermina) al querer atrapar a su loro, también se remontan, me atrevo a decir, a esa mirada extranjera que nunca debió tener la película pero que de la que no podía escapar por las exigencias que impone el mercado. La complacencia de un público más amplio y el temor de poner en escena anécdotas tan peligrosas como absolutamente locales nos robaron a los latinoamericanos el placer de saborear el recuerdo (para los que leyeron la novela) de una de las historias más apasionantes de la literatura universal, y para los que no la leyeron, el placer de acercarse a ese universo tan plácido que fue el realismo mágico.

No se trata de que una película deba ser una recreación fiel de la novela, lo único que se pide es que se respete la esencia (mucho más si el creador de la obra está cerca de ese otro lenguaje que es el cine) y que el producto tenga por lo menos la calidad de la obra original. De lo contrario, el interés de llevar una novela al cine se convierte en un mero recurso facilista y ocioso de hallar una historia para filmar.
Si separamos las versiones de El amor en los tiempos del cólera, nos quedamos con una película entretenida en su soledad, pero aun así con vacíos de cuidado como la elección de una actriz poco convincente que además de tener un débil perfil debió ser apareada a la juventud del primer personaje de Florentino Ariza (aunque este joven actor tampoco convenciera mucho), y por lo menos mejor maquillada para su rol de mujer anciana. No bastan las canas para envejecer a una actriz.

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Además del fallido maquillaje, error que pudo evitarse de haber tenido la voluntad, hay saltos muy abruptos en la edición que podrían mejorarse con el recorte de algunas escenas y la adición de otras que nunca existieron. Tal vez el choque más abrupto fue cuando Florentino aparece en la sala de Fermina, tras la muerte de su esposo, y le enumera el tiempo que ha estado esperando ese momento; pero pocos segundos antes apenas se entiendía de quién era la muerte, además que esta fue tratada de una manera mucho más ligera que si se hubiera escenificado la anécdota del loro.

Tal vez fue ese miedo al ridículo el que terminó por matar la vitalidad de la novela, reduciéndola a una mera recreación de los hechos más verosímiles combinados con algunos toques superficiales del exotismo caribeño. Y en realidad, muchas de las escenas que en la novela fueron hasta impactantes, en el film hubieran terminado por ser risibles de no ser por la maestría de Javier Bardem, que nos devolvió a un Florentino ni tan fiel al personaje de la novela pero igual o más poderoso en su perfil fílmico. Una buena mano en la dirección hubiera evitado una buena dosis de cursilería (inexistente en el libro).

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En resumen, la película El amor en los tiempos del cólera es más o menos entretenida (separada de la novela), con errores de dirección y puesta en escena que pudieron evitarse, pero poco apasionada para contar una historia de amor sin límites, que traspasó las fronteras de la edad y la paciencia humana. Con una producción elegante no logra mostrar las contradictorias costumbres de la amazonía colombiana que recreó el Gabo, y nos entrega una versión más occidental que se hace interesante recién en la segunda mitad de la película, con la entrada de Javier Bardem en el papel de Florentino Ariza, al parecer, el único que supo leer y entender el espíritu juguetón y trágico de la novela.

Claudia Ugarte