Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

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No se puede luchar contra el destino

Terry Gilliam – Twelve Monkeys (12 monos -1995)

Terry Glliam es uno de los directores más imaginativos de los  últimos años: hemos podido beber de su mundo gracias a “Las aventuras del barón de Münchausen”, la reciente “Tideland” y lo volveremos a hacer, al parecer, en la próxima a estrenarse “El imaginario del Dr. Parnassus”. No lejos de esta vertiente fantástica hallamos una faceta interesante (aunque breve) en el cine de Glliam; la que aborda las distopías (entendidas como el retrato de un futuro humano desolado y apocalíptico, ya sea por pandemias, guerras o gobiernos totalitarios). En esta faceta del cine de Gilliam tenemos dos películas (por eso lo de escasa): la grandiosa “Brazil” y “12 monos”, razón del artículo.

Como ya se mencionó anteriormente, “12 monos” es una distopía: en la década del 90 un virus se desató sobre la población humana, matando la mayor parte de ella; los pocos sobrevivientes se refugiaron debajo de la superficie. Dentro de este contexto, y en el año 2035, se nos presenta a James Cole (Bruce Willis), un convicto que es seleccionado para viajar como “voluntario” a la superficie y buscar indicios sobre el origen del virus, y hallar así una eventual cura. Las expediciones de Cole son exitosas, por lo que los científicos, que están al mando, deciden enviarlo hacia el pasado en busca de la muestra pura del virus.

Cole, por error, es enviado años antes de la aparición del virus, donde tomado como demente es confinado a un manicomio. En ese espacio de insania y extravagancia conoce a Jeffrey Goines (Brad Pitt), el hijo loco de un prestigioso e influyente personaje y a la doctora Kathryin Railly ( Madeleine Stowe), que empieza a creer que Cole no está del todo loco. Luego el viajero del tiempo regresa al futuro, sólo para regresar al pasado, al año en que se desata la pandemia. Allí vuelve a encontrarse con la doctora Kathryin, quien empieza a confiar en Cole y deciden ir en busca del origen del virus: volverán a encontrarse con Goines, quien lidera una organización pro-animal denominada los “12 monos” y trama un complot contra la especie humana (o sea, su padre). Pero, al final, se revelará que nada es lo que parecía ser.

Gilliam sabe como pintar el futuro: un mundo agónico, cárceles y prisioneros como conejillos de indias, científicos al control de la sociedad, máquinas del tiempo… También sabe como retratar el aspecto extravagante y demente del manicomio, al punto de llevar a la locura a un hombre que no está del todo loco (pero no puedo afirmar si se trata de un hombre del todo cuerdo). Willis sabe manejar bien su personaje, y lo lleva de acorde a la situación, transmitiéndonoslo como un personaje duro, pero a la vez consciente de la situación en la que se encuentra y de lo que debe hacer, quizás guiado por su leitmotiv (una secuencia, que abre la película, que presenció cuando era niño y que será la llave para entender el final de la historia). Pitt, por otro lado, está efectivo como loco, lo que sabe reflejar tanto con su look como con sus expresiones faciales y verbales.

Cole debe soportar el peso de la tarea que se le ha encomendado, y sufre tanto por evitar que el futuro inexorable se cumpla (con la probabilidad de cambiar su propio destino), como por los resquebrajamientos de su cordura: por lo extremo de su situación y por los estragos que causa viajar en el tiempo. La llegada de la doctora Railly alivia un poco la situación, su cordura e incluso, finalmente, hace surgir el amor entre ambos.

SPOILER…No obstante estos aires esperanzadores que emergen, al final, el destino se cumple: Goines y los doce monos no estaban detrás del virus (era tan sólo una broma contra su padre). Eso conlleva al verdadero origen del virus: un científico en pleno  viaje por las ciudades más grandes del mundo esparciendo el virus mortal. Cole y Kathryin tratan de detenerlo en un aeropuerto, pero todo termina en desastre: en una de las mejores secuencias del cine actual, y a un ritmo adecuado para la asimilación de las imágenes, presenciamos como Cole cae abatido por unos policías mientras el científico escapa con las cepas del virus, una adolorida Kathryin llega hasta el moribundo Cole, quien se da cuenta que ha cumplido su destino y que no pudo hacer nada para evitarlo. Las imágenes que Cole presenció en su infancia, su  leitmotiv, eran las escenas de su propia muerte; mientras tanto, un Cole niño, en ese mismo lugar, presencia su propia muerte (aún sin saberlo, por supuesto) y la historia vuelve a empezar…SPOILER

Gilliam, de esta manera finaliza su historia por donde empezó, en un ciclo infinito y nos deja un mensaje importante: no se pude hacer nada para cambiar nuestro destino, por más que lo intentes; si la humanidad está destinada a casi desaparecer, no se podrá hacer nada contra eso, porque somos seres insignificantes que no podemos luchar contra el destino, ese hado incomprensible.

Marco Macavilca Cruz

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No pecarás

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David Fincher – Siete Pecados Capitales (Seven, 1995)

Aunque se le puedan poner algunos reparos, David Fincher es uno de los directores actuales que más emociones despierta en el espectador, ya sea por su estilo visual (estimulante e impecable, sin duda alguna) y por la solidez de sus guiones (que esconden pistas sutiles que a la larga van a ser determinantes en el desarrollo de la historia). “Seven” es la segunda película de David Fincher, también viene a ser la película que sacó a Fincher a la luz y que mostró en definitiva las características del cine de Fincher, que después volveríamos a ver en “El club de la pelea”, “La habitación del pánico”, “Zodiaco” e incluso en “Benjamin Button” (aunque en este caso en menor grado). 

Desde la premisa inicial la película se muestra inquietante: un asesino psicópata-intelectual empieza a realizar asesinatos “inspirado” en los siete pecados capitales de  Dante, dos policías (uno a punto de retirarse y otro recién llegado a la ciudad irán tras sus pasos en una cacería cruda y sin concesiones. 

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Morgan Freeman interpreta muy bien al detective Somerset (el que está a punto de retirarse), mientras que Brad Pitt interpreta bien (a pesar de lo que muchos han podido decir, para mí Pitt se muestra muy correcto)  al detective David Mills, el joven detective que acaba de llegar a esta ciudad “caótica y perversa” para reemplazar al agente Somerset. También es parte del elenco Gwyneth Paltrow interpretando a Tracy, la esposa del detective Mills. Prefiero mencionar después la interpretación del asesino. 

La primera media hora de la película corresponde a las pesquisas de los detectives, los cuales poco a poco van a descubrir lo sutil y perversa que es la mente del asesino, quien no estima ni tiempo (a una víctima la tuvo en permanente tortura durante cerca de un año) ni meticulosidad (cada crimen es una obra de arte que lleva a la siguiente). 

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La falta de esperanza y la incertidumbre invadirá, entonces, a nuestros protagonistas: como ir tras a un asesino que siempre va un paso delante de ti, y que además parece controlarlo todo. Pero estas adversidades también los irá acercando, no hay que olvidar la entrañable escena de la cena en casa de los Mills. 

 Presenciamos entonces una búsqueda sin salida, nos frustramos con los protagonistas, sólo nos queda ir esperando uno a uno los asesinatos (algún espectador incluso irá anotado uno a uno cada pecado). La ciudad tampoco parece ayudar mucho (“Seven”, sin duda alguna, es urbana): hostil, una lluvia casi permanente, cruda y perversa, una ciudad “en la que no puede crecer un niño”. 

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No obstante, la secuencia de asesinatos e indagaciones no deja de atarearnos y nos obliga a estar totalmente conectados con la historia en busca de alguna pista secreta que nos revele algo más; aunque quizás muchos no nos hayamos dado cuenta que las pistas que el espectador exigía ya nos fueron dadas: en los créditos iniciales, por lo que fueron pistas infructuosas, dadas demasiado temprano (considero que una segunda visión de esta película es realmente enriquecedora).  

El espectador se encuentra totalmente ensimismado presenciando la secuencia de asesinota y pesquisas policiales cuando de la nada y sin aviso, una simple vista a una casa nos lleva a la pista principal: la casa del asesino. Y sin previo aviso presenciamos la primera aparición del asesino, aún sin rostro, y se inicia una trepidante persecución que acaba sin éxito. 

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Pero ahora contamos con una nuevo medio para conocer al psicópata John Doe (¡tiene nombre!): al fin podemos saber lo que pensaba que nos llegaba a través de los diarios que escribía que nos revelan una mente perturbada y megalomaniaca. 

Al comienzo hablé de una primera parte, eminentemente policial e influenciada por el film noir. Ahora bien después de esta indagación que, se puede decir, llega a término con la identificación del asesino, viene el desenlace: Doe se presenta en la comisaría voluntariamente y es arrestado. Kevin Spacey, sin duda alguna, caracteriza a uno de los mejores villanos de  los noventas. 

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Poco a poco empezamos a conocer y “entender” a Doe, sus ideas al fin y al cabo no era tan descabelladas y su forma de castigar a los pecadores podría justificarse en cierta forma (no quiero decir que apoye las atrocidades que pudiera haber cometido en esta ficción) y se puede admitir que nos genera un poco de simpatía; he aquí está el gran logro de Kevin Spacey, en lugar de presentarnos un ser repugnante, nos presenta un individuo inteligente, perturbador pero también, en buena medida, carismático. 

El final es memorable, y preferiría no hacerle perder el impacto contándolo; es más, creo que nadie debería cometer el sacrilegio de contar el final de esta película, dejémosla en su medio natural, el cinematográfico, y sólo pensemos en las imágenes más perturbadoras: los helicópteros, el desierto, Doe arrodillado y victorioso, la lección de que “nunca podrás imaginarte lo que puede haber en una caja”, Mills (Pitt) desesperado… 

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El espectador esperaba un happy ending, aunque poco a poco (incrementado por la conversación en la carretera rumbo al fatídico desenlace) se va convenciendo de que nunca lo tendrá, y efectivamente es así: presencia un desenlace perturbador y terrible en que los buenos no ganan, y no suficiente con eso, sus vidas se ven alteradas para siempre. ¿Y que nos queda a nosotros?, sólo “seguir por aquí”.  

Por Marco Antonio Macavilca 


convergencias/divergencias: El Curioso Caso de benjamin button

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Convergencia: Claudia Ugarte
Con el Reloj en Contra

Dicen que la muerte es como un nuevo nacimiento sólo que para otro mundo. Pues hubo un error en los cálculos del universo y alguien nació viejo donde debería haber sido capullo. Ese fue el caso curioso de Benjamín Button, que después de haber sido concebido -con una carga de realismo mágico que poco se conoció fuera de Latinoamérica- por F. Scott Fitzgerald a principios del siglo XX, dio a luz a una poderosa adaptación cinematográfica de la mano con David Fincher y Eric Roth.

Un reloj se apodera de la pantalla, y de pronto marca un minuto, pero en retroceso. De esa misma manera Benjamín Button (interpretado por Brad Pitt) nació con el aspecto físico de un anciano y a lo largo de su vida, en lugar de morir, va rejuveneciendo, pero con una nefasta contradicción: su débil cuerpo de anciano encierra las ansias de una mente infantil, y luego, cuando su traje se hace adolescente, es su mente la que luce cansada.

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No hay mucha solidez al remarcar ese detalle, pero no importa, la fuerza de la película descansa en ese toque de fantasía real y en la perfección de una puesta en escena que no cansa aunque haya pasado dos horas con cuarenta minutos antes de ver los créditos. Y es que tanto Fincher como Roth han sabido combinar con buen ritmo las aventuras, los viajes, los amores y raras experiencias que Benjamín logra acumular pese a su extrañeza.

La época no pasa desapercibida y la discriminación de ciertos grupos -con los que Benjamín se siente identificado-, los desenfrenos juveniles, la guerra, los prejuicios se convierten en un enriquecido marco en la vida de nuestro personaje. Pero el hilo conductor que le da fuerza emotiva a la película -aunque por momentos no logre cuajar o pase a segundo plano- es la historia de amor entre Benjamín y Daisy (Cate Blanchett). Ambos deberán esperar por muchos años aquel breve paréntesis que les permitirá calzar sus edades y hacer real un amor que deseaban en la imaginación ella desde niña y él desde viejo.

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Pero aunque Benjamín haya nacido de la fantasía de un escritor estadounidense deberá enfrentar aspectos tan reales como el imparable paso del tiempo, y ese paréntesis de amor que en algún momento tuvo lugar en su vida deberá seguir viviendo sólo en su mente.

Sólo en la mente los minutos vividos pueden extenderse una eternidad. Fincher abre y cierra con un reloj en retroceso, y nos grita que el tiempo no perdona ni a los seres reales ni a los de la imaginación.

Aunque la historia sea de por sí bastante llamativa, son las plumas de Eric Roth y Robin Swicord las que han logrado darle al film la categoría de obra maestra. La película se aprovecha de ese guión para lucir también un minucioso cuidado de escenario, un maquillaje que se muestra soberbio y convincente, un delicado trabajo de efectos especiales y una portentosa fotografía (Claudio Miranda), todo ello bajo la dirección de un menos oscuro pero igual de diestro David Fincher.

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Tanto los protagonistas (Pitt y Blanchett) como los secundarios actuaron con destreza y soberbia. Tilda Swinton sigue sorprendiendo por la facilidad con que se desenvuelve en cualquier papel. Taraji P. Henson no se quedó atrás. Y aunque algunos critiquen las gotas de frialdad que caen sobre algunos encuentros entre Benjamín y Daisy, creo que fue necesario mostrar el espinoso acomodo de dos vidas que iban en rumbos diferentes.

Además, quien narra la historia es Benjamín a través de su diario, quizás el romance hubiera tenido mayor protagonismo si una mujer era la narradora. Prefiero el grado emotivo (contenido en algunos aspectos) que escogió Fincher.

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Lo que sí sacaría son las escenas del hospital donde Daisy, ya anciana, agoniza y repasa el diario de Benjamín. Es un recurso estilístico fácil y contraproducente porque corta, en el espectador, el tono de cuento que la película ha cobrado. El desenlace tampoco convence pero es la única forma de no conducir el relato por los vericuetos menos agradables de la ficción.

En resumen Benjamín Button se ha convertido en una de las películas más destacadas de la década, no sólo por su elaborada factura y una dirección de primera categoría, sino por la atracción que genera en críticos y espectadores gracias a su derroche visual y a la fuerza y belleza de su puesta en escena. En otras palabras, gracias a ese conjunto de trabajos remarcables que le han dado un equilibrio visual y de contenido digno de destacarse.


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Divergencia: Eugenio Vidal

El Lamentable Caso de David Fincher

Lo amenazaron con cortar demasiado el film. De modo que David Fincher se quitó y dejó el final de la edición en manos de los ejecutivos de la Paramount. Aunque igual El curioso caso de Benjamin Button (The curious case of Benjamin Button, 2008) llega casi a las tres horas. Surge la pregunta: ¿quién era el que se moría por el Oscar?

Las ganas de quedarse con la estatuilla resultan más que obvias: se relata la vida de un freak políticamente correcto que deambula por la historia de los Estados Unidos para, finalmente, encontrar el amor de su vida y morir. Un monstruo apto para todo público que se maravilla ante las nimiedades de la existencia: el sexo, el trago, el amor, la gente. Una voz en off es personalizada que explica su propia vida con tanta distancia que ya no parece suya. El remate del infaltable cuento de amor que no pueden evitar los arrechos de los gringos. Por más que no suene a nuevo, hace falta repetirlo: en lugar del Hombre Elefante tenemos que conformarnos con Forrest Gump.

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Se soslaya la oscuridad y el trauma de un personaje que, salvo por sus arrugas, Hollywood ha diseñado completamente normal. Como si únicamente fuera “feíto”, y justamente por feíto, cual negro en película de blancos, estuviera destinado a admirar ese modo de vida del que los yanquis creen que deben sentirse tan orgullosos.

Lo mejor se encuentra al inicio. Si bien Benjamin Button (Brad Pitt) resulta un tanto soso y bonachón, se encuentra con freaks más interesantes que él, cada cual con una historia a cuestas: el capitán Mike (Jared Harris), que conserva su arte en la propia piel, o Elizabeth Abbott (Tilda Swinton), quien sueña con cruzar el Canal de la Mancha a nado. Además de la secuencia del reloj, acaso lo más logrado del film: un relojero ciego, monsieur Gateau (Elias Koteas), pierde a su hijo en la guerra y se refugia en su trabajo; entonces, transforma un encargo en su mayor creación y homenaje: el reloj de la estación del tren anda hacia atrás, para que así tal vez los chicos que se fueron con la guerra regresen a casa algún día.

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Transcurrida aproximadamente media hora, cuando Brad Pitt comienza a lucir lindo, como es de esperarse en Hollywood pero no en Fincher, el amor se torna lo único importante. Lo que en la infancia denotaba una extraña complicidad, el único coqueteo con la rareza del protagonista, se purifica: Daisy (Cate Blanchett) ahora es una mujer, ya no la niña que se escondía con un Benjamin contrahecho y envejecido. Al principio, llamaba la atención la relación de la niña con el niño viejo, jugaban y se comprendían como pares, pero él parecía fuera de lugar y hasta monstruos y amenazador a su lado. La dulzura de la niña contrastaba con una leve pedófila diferencia. Ahora parecen una pareja cualquiera. Se supone que la idea era establecer un paralelo. Mientras uno va de la vejez a la juventud, la otra sigue el camino opuesto. El problema es la conclusión, típicamente Hollywood, típicamente cursi: el punto de encuentro es el amor.

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En El extraño caso de Benjamin Button, el que está verdaderamente irreconocible es Fincher. Los tópicos Hollywoodenses abundan y lo acaparan todo: la narración en flashbacks innecesarios, a cargo de alguien viejo o acabado y su diario; el relato de una vida entera, que se supone ejemplar y ligada siempre a la historia estadounidense, y finalmente, el amor redentor. Además de Forrest Gump (1994), se podría citar Titanic (1997), o cualquier otro Blockbuster que aspire neciamente al Oscar. En cambio, Fincher no aparece por ninguna parte. Sus personajes resultan demasiado blandos y tranquilos. Un ser tan extraño como Benjamin Button debería estar profundamente conflictuado, después de todo es único, después de todo se crió en un asilo donde todos lucían como él pero al mismo tiempo eran abismalmente diferentes. Debería tener algo más que decir acerca de su condición, en lugar de contemplar todo con una suerte de paz zen.

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Precisamente lo que menos se explota es lo que más llama la atención, la razón por la que uno va al cine: la extraordinaria enfermedad y sus consecuencias, el tiempo que transcurre a la inversa para un solo ser humano. No basta el paralelo con el reloj, pues en realidad nunca conecta con el personaje: el reloj nace por un hijo perdido, por un deseo tan irracional como necesario; el hombre se maravilla de lo cotidiano, vive una vida común y corriente, su enfermedad no lo afecta directamente sino hasta el final. Más allá del símil un tanto forzado de la sustitución del reloj y la muerte del protagonista, la relación resulta difusa.

Sólo cerca del desenlace Benjamin sufre por su condición, y por eso el film repunta en sus últimos minutos, donde se alcanza a percibir el trauma y la impotencia del protagonista, que, al igual que su enfermedad, va más allá de su propia voluntad. La película recobra sentido y genera alguna emoción. Sin embargo, ya no es suficiente.


La caída de un héroe de leyenda

Andrew Dominic – El Asesinato de Jesse James por el Cobarde Robert Ford (The Assassination of Jesse James by the Coward Roberd Ford, 2007)
El nombre del bandolero Jesse James aparece en más de 40 registros en el buscador del IMDB. Se trata quizás de uno de los personajes más transitados por la filmografía de Hollywood. Las razones de esta consideración se remontan a los orígenes mismos del cine. La conquista del Oeste norteamericano, con sus persecuciones, balaceras y duelos al sol, inspiraron a productores y realizadores desde el período mudo.

Las azarosas vidas de Billy The Kid, Buffalo Bill, Dillinger, Wyatt Earp, y de tantos otros outlaws han sido llevadas a la pantalla grande, y sus historias sirvieron para levantar los cimientos y consolidar la leyenda del más americano y cinematográfico de los géneros: el western. A esta tradición pertenece la saga del mítico pistolero Jesse James que ha sido versionada por cineastas tan disímiles como Henry King (Tierra de audaces), Fritz Lang (La venganza de Frank James), Samuel Fuller (Yo maté a Jesse James), Nicholas Ray (La verdadera historia de Jesse James), Philip Kaufman (The Great Northfield Minessota Raid), o Walter Hill (Cabalgata infernal).

En el 2007, el prometedor neozelandés Andrew Dominic acomete con su segundo filme El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, el reto de trasladar una vez más al cine la caída del mítico forajido con una producción ambiciosa (con Ridley Scott y Brad Pitt como productores) y al mismo tiempo atípica en cuanto a su duración (de dos horas y 40 minutos) y  tratamiento cinematográfico con alusiones a Terrence Malick y Alexander Sokurov.

Como si se tratara de un daguerrotipo viviente, o de una  melancólica elegía, un narrador en off nos invita a contemplar los últimos días de la vida de Jesse James, quien pese a emprender con su banda un exitoso asalto a un tren (una de las mejores secuencias de la cinta), percibe que aquello ya no es igual que antes, que el implacable paso del tiempo le pasará factura por sus actos tarde o temprano.

Un Brad Pitt se mete en la piel del antihéroe trazado con rasgos maniaco-depresivos, en complicidad con un director que parece hacerle guiños a su privilegiada posición de icono mediático a punto de ser abaleado por la espalda por el más ferviente de sus seguidores. Robert Ford (Cassey Afleck, en reveladora actuación) es el antagonista de esta historia, un joven que ingresa a la banda con el entusiasmo de un fan que solo quiere acercarse a su ídolo y emularlo.

Se establece así una suerte de paralelo entre ambos personajes, un paralelo tortuoso y sinuoso donde lo importante no será el desenlace (por lo demás prefigurado en el extenso título) sino el recorrido. Por el camino quedarán regados los cuerpos sin vida de los compinches de los que JJ se libra a traición, en tanto que la autoridad le sigue los pasos. Antes de que lo suscribiera Cormac Mc Carthy, aquí ya no hay lugar para los débiles, tampoco para lealtades ni duelos cara a cara. Son tiempos de imperdonables (los de Eastwood), tiempos de desencanto por la caída del ídolo de la infancia, por la inocencia perdida.

Aparte de esta mirada desoladora, la película plantea una relación ambigua entre el asaltante y su futuro asesino, cuyas pulsiones evocan a la de cintas como Pat Garret y Billy The Kid (Sam Peckinpah) o Amadeus (Milos Forman). Dominic trabaja con el personaje de Robert Ford la figura del hombre sin atributos, incapaz de poder imitar al mito, obsesión que le lleva al final a matar a su objeto de veneración poniendo en evidencia su desamparo existencial.

En sus mejores momentos la historia asume la forma de una balada otoñal por los tiempos idos, como aquella que en una escena se le ve cantando a un juglar encarnado por el músico Nick Cave (para más señas compositor del score fílmico y en gran parte responsable del espíritu que destila la cinta); espíritu al que aporta la cámara de Roger Deakins que otorga una fuerte presencia al paisaje, casi al borde del exceso preciosista, privilegiando el ritmo lento y el empleo del formato panorámico para mostrar el paso de las estaciones, la naturaleza y el espacio físico, y que en otras escenas distorsiona con lentes anamórficos como hacía Sokurov en Madre e hijo.

Como si la mirada contemplativa del filme, tan desoladora como hermosa, que anuncia la muerte del pistolero y el fin de una época no fueran suficientes, el director asume un riesgo adicional al añadirle al final una extensa coda donde formula un retrato de los motivos de Robert Ford, con imágenes de una intensidad dramática que dan cuenta de un nuevo acercamiento de la figura del traidor, y que de algún modo nos permiten comprenderlo y compadecernos de él, sin juzgarlo ni condenarlo (de eso ya se encargó la Historia).

Pese a sus falencias, o quizás en virtud a ellas, El asesinato de Jesse James es un filme singular, arriesgado y sensible en su conjunto, un híbrido entre el cine de qualité (que hace gala de su reconstrucción de época y de sus estrellas) y el western crepuscular bajo la mirada de un realizador muy cinéfilo y personal. Algunas revistas como El Amante arguyen que la cinta de Dominic se encuentra muy lejos de rozar siquiera el nivel de los clásicos citados líneas arriba.

Aunque aquella observación no me conste, es raro que provenga de la industria una cinta bastante alejada de los estándares vistos inclusive en producciones recientes ambientadas en el far west. Junto con Petroleo sangriento y Sin lugar para los débiles (también relecturas personales de géneros y tópicos del cine americano), El asesinato de Jesse James se ubica entre lo mejor que ha salido de Hollywood en lo que va de este (todavía) sorprendente 2008.

Rodrigo Portales