Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

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Bajo tierra como una papa salvaje

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Gus Van Sant – My Idaho Privado (My Own Private Idaho, 1991)

Vives en tu Idaho privado. ¿Buscas un hogar? ¿Buscas amor? Como Mike, que trata de encontrar a su mamá. O convertirás tu vida en una sorpresa hedonista y tu comportamiento seguirá la pauta de las ganas de joder, como Scott, el hijo del alcalde. O eres un Rey de la basura, como Bob, Bob, Bob, Boooob, dice la canción de su muerte. Mejor quédate dormido.

Private Idaho, la canción de B-52 de la que el film de Gus Van Sant toma el nombre, se vale de una energía impresionante para no decir nada. La película escoge un camino parecido, pero diferente. Parece hablar de la búsqueda de Mike, aunque considerado dos veces nos damos cuenta de que se trata de un asunto tangencial. ¿Alguien en su sano juicio piensa que de verdad encontrará a su madre? No resulta difícil darse cuenta de que el tema va por otro lado. La pregunta es por cuál. Recapitulemos.

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Un joven narcoléptico, un puto, un flete, o como más te guste. Oficio complicado si te vas a ir quedando dormido por la vida. Pero, bueno, digamos que Gus Van Sant se la puso difícil a su personaje. Éste es el inicio, y también la norma de la elipsis en los primeros minutos de film. Avanza así. Mike duerme, elipsis hasta que Mike despierta.

Sin embargo, aparece Bob y el recurso se va a la mierda. Ahora nuestros personajes parecen Shakespeare versión trash, y extrañamente líricos, en la onda de Gus Van Sant: el oro está en la basura, lo marginal como poético. Hablan como en la corte, se viste con trapos sucios. La casa abandonada que habitan es su palacio, su palacio de locura, y de juego, que es lo que vendrá.

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Esta segunda etapa es la del juego. Scott y Mike juegan para robar dinero, los protagonistas hablan como reyes por juego. Lo que antes asemejaba un cruce de mundos opuestos -lo cortesano y lo miserable- ahora se revela un juego. Cantan, gritan, se divierten, todo bien. El narcoléptico sigue quedándose dormido, pero poco importa, porque pronto Mike recibirá su herencia y con la varita mágica del dinero transformará a todos de sapos en príncipes, a todos. Claro, era mentira.

Y también era mentira que la historia iba por ese lado. Scott y Mike parten a buscar a la madre del segundo, y la historia otra vez cambia de rumbo. Hans los ayuda, y aparece la primera escena de fotografías pornográficas renacentistas. Eso es el sexo, flashes morbosos y hermosos. La segunda escena de sexo congeladamente carnal vendrá con Carmella.

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Entre tanto viaje, Mike y Scott llegan a Italia. Mike se enamora de Scott, Scott conoce una chica italiana, Carmella. Los tres viven juntos un tiempo. Mike sufre porque nadie le da bola y porque tiene que escuchar a los otros tirar todas las noches y verlos amarse y hacerse cariñito todos los días. Regresan.

Mike sigue como siempre y Scott hereda su fortuna, e ignora a sus amigos de la calle. Bob muere de pena. Ambos funerales se celebran al mismo tiempo, uno al lado del otro.

Más o menos en eso consiste este relato que cambia de rumbo, que en sí mismo constituye una búsqueda, pero no tanto de la madre, sino de su propio camino. Por eso oscila, por eso enlaza mundos opuestos, porque tal es su lenguaje, el del espacio de lo que ocurre cuando sueñas. Por eso, ya está de más decirlo, su protagonista es un narcoléptico.

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Bajo tierra como una papa salvaje, dice el private Idaho de B-52. Los personajes del Idaho privado de Gus Van Sant también se encuentran bajo tierra, rebosantes de salvajismo. Son los marginales, pero no a la manera de un retrato sociológico o antropológico de los bajos fondos de Portland, Seattle o Idaho, o incluso Roma, sino a la salvaje, a la estética, que permite la mezcla. Cuando te olvidas del realismo y haces que un loco de la calle hable como Shakespeare no eres un desquiciado: acabas de descubrir la papa salvaje, la acabas de sacar de la tierra, y el efecto es nuevo. Se trata del efecto de lo no visto todavía, del juego de olvidarse de los nombres, etiquetas o géneros, que produce impresiones encontradas, porque celebra la búsqueda, no el hallazgo. ¿Acaso lo mejor de una novela de misterio no es la intriga? El final solamente llega para matarla, porque entonces cierras el libro.

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Idaho es de quien lo agarre primero, así como hay Idaho para todos. Nada más es cuestión de abrir bien los ojos y mirar a un joven en la carretera diciendo que los caminos no siempre son iguales, para después quedarse irremisiblemente dormido. Entonces empieza la película, el camino queda adormecidamente despejado. Por la carretera, el film iniciará su marcha…

Otro que vivió como una papa salvaje bajo tierra fue River Phoenix, el chico que murió de sobredosis en la puerta de la discoteca de Johnny Depp. Vidas breve, sonrisa extensa,  de oreja a oreja, ésta es su mejor película. El speedball, la vida de unos, la muerte de otros, otra papa que yace bajo tierra esperando ser descubierta.

Por Eugenio Vidal

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Demasiado héroe, demasiado santo

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Gus Van Sant –Mi nombre es Harvey Milk (Milk, 2008)

Mi nombre es Harvey Milk (Milk, 2008), la última de Gus Van Sant, es un bio-pic, con todo lo que tal etiqueta implica: un protagonista inspirado en alguna persona real que hizo algo lo suficientemente destacable como para ser convertido en película, el correspondiente tratamiento un tanto sobón donde se señalan las virtudes y los logros del protagonista, un género que raras veces puede evitar lo edificante.

Por eso, el Harvey Milk de Van Sant -interpretado por Sean Penn- parece un santo y un mártir, un héroe y una víctima, y la historia entera, incluidos los personajes secundarios, todos hippies y soñadores, resulta demasiado “buena onda”. Nos dice: Harvey Milk es un ganador, que tal vez no se lleve siempre los laureles, pero sí nuestros corazones. Demasiado, demasiado…

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El valor de Mi nombre es Harvey Milk va más por el lado documental. Las imágenes de archivo transcurren engarzadas en la progresión del film. Lo real y lo ficticio se unen para contar la historia. La idea consiste en dar a conocer lo ocurrido, aunque tal vez con demasiada militancia por parte del director.

Sin embargo, lo importante es el producto final. Más allá de que las imágenes sean reales o no, interesa como quedan juntas, qué tan acertadamente funcionan para contar de la mejor manera la historia. Así que volvamos a ello.

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El cine de Gus Van Sant se divide en dos vertientes: una más digerible y de algún éxito comercial (Good will hunting, 1997; Finding Forester, 2000), la otra avezada y experimental (Gerry, 2002; la recientemente estrenada Paranoid Park, 2007). Mi nombres es Harvey Milk se adscribe al primer grupo, y hasta posee algún “mensaje”.

Si bien al inicio, en breves toques, se percibe la mano morosa y alucinada propia de la otra vertiente, el rumbo de Mi nombre es Harvey Milk queda claro: no sólo es el retrato de un personaje fundamental en la lucha de los derechos de la población gay, sino el de ésta misma, en sus albores, en el tiempo en que todavía tenían que luchar, o cuando la lucha era realmente a muerte.

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Asistimos a la formación, conocemos a los protagonistas, hasta podría decirse que peleamos con ellos. Y justamente ahí surgen los problemas: la idealización y la manipulación del espectador. Mi nombre es Harvey Milk recuerda a esas películas de semana santa, las menos pomposas, aquéllas donde Jesucristo se pasea dando cátedra y haciendo milagros. Nunca dejan de decirnos lo genial que fue Jesucristo.

El problema no tiene que ver con el personaje real, sino con la mirada del director. Por ejemplo, para seguir hablando de Jesucristo, Mel Gibson vio las cosas diferente: la misma historia de siempre, pero gore. Por más que el propio Van Sant considere a Harvey Milk un héroe, debió hacerlo pisar tierra. Y por más quiera fervientemente convencernos de ello, el lugar no es el cine.

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Porque la única falla de Harvey Milk es dedicarle la vida a su noble misión, y descuidar a los demás. Así perdió a Scott (James Franco). No obstante, Scott comprenderá el valor de su cometido y volverán a ser amigos. No hay mucho más que una historia de amor insignificante que solamente parece haber servido para dar pie al film al inicio. Pues nada más importa, como en esas películas que intentan catequizarte en abril.

Ni siquiera los roles secundarios, que como en el caso de Cleve Jones (Emile Hirsch), van más allá de ser gays buena onda, o como Jack Lira (Diego Luna), que no es sino una mujer floja y neurótica con bigote. O el propio Scott, tan aburrido porque su rol se limita exclusivamente a la cara bonita.

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La ebullición de la época efectivamente se siente, el espectador termina por formar parte del momento, pero más por la precisa inclusión de las imágenes de archivo y por el tándem que marcan con las ficticias, que por los propios personajes, los supuestos protagonistas de aquel momento histórico.

Tal vez Gus Van Sant los ama demasiado, tanto que no puede sino hablar bien de ellos. El cariño por los personajes constituye uno de los rasgos de su cine –My own private Idaho, 1991, ejemplo por antonomasia-, pero parte de ese cariño desembocaba tirándolos al barro, cosa que se extraña en Mi nombre es Harvey Milk.

Por Eugenio Vidal


Belleza de un tiempo mórbido

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Gus Van Sant – Elephant ,2003

A Gus Van Sant lo conocíamos por un par de títulos que alimentaron la mitología contracultural de la juventud marginal en EE.UU., Drugstore Cowboy y My Own Private Idaho. Luego vendrían una serie de tentativas más comerciales, donde sobresale En Busca del Destino.  Felizmente, Gerry significó el hallazgo de una nueva caligrafía, una forma de filmar que alcanza la excelencia en Elefante.

El filme se basa en un hecho real: la masacre que perpetraron un par de alumnos del colegio Columbine. Para esto, se dejaron de lado a las estrellas de Hollywood y se hizo un casting con verdaderos estudiantes. Se podría  decir que en esta película no hay actuaciones, sólo comportamientos naturales y diálogos banales. Tampoco hay protagonistas visibles, lo que le da cierta cualidad documental. La cámara se limita a seguir el recorrido que unos chicos realizan por los pasillos de la escuela antes de que se cometa el atentado. Así pasa la mayor parte de la película. Hasta que dos de ellos empiezan a disparar con la misma naturalidad con la que los otros caminaban por los pasillos.

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Esta breve sinopsis prueba que el cine no necesita siempre de argumentos retorcidos ni tramas complicadas. Elefante traza un plan de filmación objetivo y omnipresente. La cámara está al lado de cada personaje   antes del enfrentamiento con la muerte. El estilo está en esta especie de visión impertérrita que sobrevuela a todos, y que descubre la vulnerabilidad y fragilidad de la pubertad -incluyendo, por supuesto, la de los que perpetrarán el crimen-. A partir de una cercanía casi impúdica a los rostros, el estilo de Van Sant impide cualquier maniqueísmo que pueda convertirlos en una caricatura inverosímil.

Por un lado, tenemos la dimensión cósmica -las nubes del día luchando con la trepidante oscuridad- haciendo eco de la eterna angustia que persigue al joven incomprendido y desadaptado que en este caso padece las humillaciones de sus compañeros y ya no soporta el universo hostil del colegio. Por otro lado, una mirada especialmente reveladora sobre los EE.UU.: ahí están las armas que se compran por Internet y llegan a la puerta de la casa como caramelos, o el nihilismo contemporáneo de un par de amigos para quienes los simuladores de guerra (videojuegos) se igualan a una incursión genocida en la vida real.

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El poder expresivo de Elefante se basa una idea romántica que recorre toda la obra de Van Sant: la lírica contemplación de la vida cuando se acerca la muerte ineluctable. Todos los momentos cotidianos -la conversación de tres amigas frívolas, uno de los chicos jugando con un perro, otro caminando con su novia- son registrados con largos planos-secuencia y el filme se convierte en una grabación de exactitud escalofriante. El pulso sostenido de la observación nos revela un lado diferente de lo que pasa: el andar de cada personaje se capta segundo a segundo porque cada instante es precioso ante la inminencia del fin.

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Por otro lado, si Van Sant sigue a unos cuantos muchachos durante el trágico día en cuestión -antes de que los autores de la masacre pongan en marcha la última fase del plan- cada encuentro entre los estudiantes (puede ser tan solo un breve contacto de miradas) en los pasillos o a la salida del colegio vuelve a ser visto pero desde una perspectiva diferente. Es verdad que estos avistamientos están recubiertos con la pátina de lo ya conocido y lo  pretérito, pero ponen de manifiesto que cada mínima y banal experiencia perceptiva ha sido registrada con precisión, como si se tratara de una reconstrucción forense desde cada subjetividad. Finalmente, como resultado de este planteamiento aparece un ballet lleno de luz pero decididamente mórbido, una especie de ceremonia fúnebre que pareciera previamente trazada (el Destino es otra presencia clave a tener en cuenta).

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Sin embargo, el secreto más recóndito del filme tiene que ver con otra cosa. Algo que está en estos tiempos y en los EE.UU. en particular. Es algo invisible que parece aislar o ensimismar a cada uno de los adolescentes, algo que Van Sant ha podido captar y preservar en este filme que es contemplativo e hipnotizante pero también testimonial y muy político. Elefante es una de esas  películas destinadas a interpelarnos para siempre.

Sebastián Pimentel