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El Bufón Enamorado

Roberto Benigni – El Tigre y la Nieve (La Tigre e la neve, 2005)

Excesivo sentimentalismo y una verborrea imparable. Además, esa inclinación a manifestar con demasía sus afanes humanísticos, su preocupación por la situación mundial y su anhelo por un mundo mejor –puntos con los cuales no se está en contra, pero que el verdadero artista sabe ocultar con maestría para trabajar eso que se llama sutilidad.

Estas son las características que han perjudicado la obra cinematográfica del comediante italiano Roberto Benigni en los últimos años desde La vida es bella (1998). Y las volvemos a encontrar en El tigre y la nieve.

Ahora, el bufón latino dirige su atención a la bombardeada Bagdad para construir un relato de amor y sacrificio en medio de la destrucción causada por los estadounidenses. Todo ello, claro, con guiños literarios –un plano de Jorge Luis Borges se ve por ahí, en medio de un sueño– en donde la poesía juega un rol preponderante: Benigni interpreta a un poeta y profesor universitario muy enamorado de Vittoria –a cargo de Nicoletta Braschi, pareja del comediante–, mientras que el actor francés Jean Reno se encarga de darle vida a un célebre poeta iraquí.

La elaboración de la cinta es desigual, posee discontinuidades en la historia que la desequilibran constantemente, y se detectan giros inexplicables en el guión –al menos para mí–, como el suicidio del vate iraquí.

Sin embargo, hay que reconocer el talento cinematográfico del cineasta para enhebrar sueño y realidad en varios pasajes de El tigre y el dragón; son momentos en los que la película, sin manierismos de por medio, consigue instantes de magia que sobrecogen, gracias también a la voz aguardentosa del músico Tom Waits.

La visión de El tigre y el dragón nos conduce a la que es considerada, por muchos, uno de los mejores trabajos del italiano, El monstruo (1994). En una de sus escenas más recordadas, Benigni intenta apagar una cigarrillo que ha caído dentro de su pantalón –por la zona genital– tras observar con deleite a una mujer agachada, de grandes nalgas y pantalón apretado.

El despliegue físico –en esas épocas, casi un factor hechizante en los trabajos del italiano– resultó hilarante en más de una escena de aquel filme. No obstante, eran escenas justificadas y puestas, por decirlo así, en el momento justo. En El tigre y el dragón, Benigni se afana en construir sus gags una y otra vez –quiere parecer gracioso hasta cuando coge un vaso–, atosigando e, inconscientemente, provocando aburrimiento debido a la extensión de la cinta, que llega casi a los 120 minutos de duración. ¿Acaso la vena creativa del italiano se habrá desgastado?.

Alonso Izaguirre