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LA INOFENSIVA SÁTIRA

Joshua Michael Stern – Un Papá muy Poderoso ( Swing Vote, 2008)

Es una curiosidad del mundo del cine que una de las películas más políticamente correctas de los últimos tiempos sea precisamente una pretendida sátira al sistema electoral y a la clase gobernante del país de las barras y las estrellas.

¿Hay aquí algo en esta comedia que no sepamos? Primicia cocherita: Los políticos son ladinos, corruptos, mentirosos, y sus ansias de poder se equiparan a su escasez de ideas y propuestas reales. Sin embargo, aún en este aspecto, la sátira se realiza con guantes de seda; la vileza del contendor en la elección presidencial es suavizada y puesta al nivel de un niño malcriado, pero medio tontito.

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Los acontecimientos giran entorno a la increíble (en el sentido absoluto de la palabra) casualidad de que la elección del presidente norteamericano dependerá del voto de un solo hombre, premisa de una fantasía comparable a la de las películas de Harry Potter. El protagonista en cuestión es descrito como un sujeto fracasado, haragán e irresponsable. En segundo plano, y en una de las pocas actuaciones memorables de la cinta, la joven actriz Madeline Carroll encarna a una sacrificada niña que lleva el peso del hogar, es una alumna sobresaliente en su escuela estatal y tiene tiempo para ocuparse maternalmente de su padre. De aquellos niños maduros y completamente independientes, con una conciencia social, ideas coherentes, respuestas precisas  y parlamentos impecables, de esos que sólo existen en las películas y que Hollywood nos presenta con cierta regularidad, como queriéndonos hacer olvidar que el grueso de su juventud ni siquiera sabe escribir como la gente ([i]).

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Kevin Costner hace mucho que ha dejado de interpretar al héroe de la película, opción que si bien no le ha traído nuevos resultados adversos, no ha significado alguna oportunidad para reacreditar su capacidad actoral, algo venida a menos desde mediados de los noventa. La caracterización de su nuevo personaje, falla sin embargo, en la intensidad de los defectos que se le quiere agregar como símbolo del norteamericano campechano y marginal. Bud Johnson no sólo no es simpático. Es insoportablemente estúpido, y su descargo final, en un emotivo discurso que no logra ser conmovedor, al menos para quienes lo hemos aguantado durante toda la película, resulta prefabricado y contradictorio.

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La fábula proyectada, en resumen, declama de modo infantil cómo un solo individuo puede llegar a ser la diferencia, cómo pueden una serie de buenos propósitos encaminar el rumbo de un par de políticos egoístas, cómo el futuro del mundo libre ([ii]) podría estar tus manos o en las mías. Hermosas ideas que sólo demuestran que EEUU es la nación más hipócrita del mundo. Como en las caricaturas ochenteras de los sábados por la mañana ([iii]), donde la pandilla siempre tiene un integrante negro, uno asiático, una mujer y a veces hasta un latino (¿Mencioné que el mejor amigo de la niña protagonista es un muchachito negro que sabe conducir?). Y es cierto que, aún pasada por el filtro de la comedia ligera, no toma verse medio metraje para tirar las palomitas y gritar “¡Por Dios! ¡¡¿A quién demonios quieren engañar?!!”.

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A mi modo de ver, este filme pudo haber sido hecho únicamente por dos tipos de personas: Ingenuos cándidos y bienintencionados (del tipo Ned Flanders) que no han visto las noticias en los últimos cincuenta años; o mucho peor (y probablemente cierto): Individuos conscientes de la realidad de su sociedad, que simplemente creen que todos somos unos idiotas, motivo por el cual hicieron al protagonista de modo que nos sintamos plenamente identificados, cuando la verdad es que éste sólo es comparable a aquel semi retrasado mental que ocupó durante ocho años la presidencia de la nación más poderosa del mundo,  llevando a su país a la crisis y perdiendo una reelección. Que se robó poco después, recordaremos.

 

Por Gonzalo del Carpio Bellido

 


[i] Uno de los muchos artículos al respecto: http://www.techdirt.com/articles/20061023/172235.shtml

[ii] Esta grandilocuente majadería es mencionada más de una vez.

[iii] Y en algunas series repulsivas como “Salvado por la Campana”

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Adicción Asesina

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Bruce A. Evans – Mr. Brooks (2007)

No oía ni veía a Kevin Costner desde sus renombrados filmes de la década de los ’90, etapa que se entendería como su época de mayor esplendor y protagonismo. Dance with wolves (Danza con lobos), su ópera prima; JFK, de Oliver Stone; Robin Hood: Prince of thieves (Robin Hood: Príncipe de los ladrones, explotada hasta su desgaste por “La mejor ventana”), de Kevin Reynolds; The bodyguard (El guardaespaldas, repetida hasta el hartazgo en la programación nocturna de Frecuencia latina, canal 2), de Mick Jackson ; A perfect world (Un mundo perfecto), de Clint Eastwood; y la infame The postman (El mensajero del futuro, su segundo largo como director). Aunque ha seguido en regular actividad, su nombre ha sonado en voz baja, casi imperceptiblemente.

Mr. Brooks es su último film como protagonista, en el cual interpreta a un asesino serial denominado “el asesino de la huella digital”, sufriente de esquizofrenia aparentemente habituada, que da como producto a Marshall (impecable William Hurt), compañero de aventuras, vivencias y consejero atinado, que sólo Earl puede ver y sentir. Este tiene un particular estilo para cometer sus actos delictivos, un ritual sesudo de preparación y resolución con un contenido plétora de perversión, donde manipula a los cadáveres desnudos de sus víctimas con poses eróticas-románticas para fotografiarlos de distintos ángulos sólo para su beneplácito personal y privado. En la noche en la cual es premiado como “El hombre del año” es convencido por Marshall para que asesine una vez más, después de dos años de inactividad homicida; en ese último crimen comete el error de realizarlo frente a una gran ventana abierta, por donde es visto por un tal Sr. Smith, quien lo induce para tenerlo como compañero de matanzas en un próximo atentado.

 

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Tracy Atwood (Demi Moore), es la detective tras los pasos de Brooks -personaje castigado y desafortunado que más produce jocosidad que lástima por sus desgracias -quien busca atraparlo como una de sus tantas preocupaciones (caro y vertiginoso proceso de divorcio, asimismo permanente precaución al ser perseguida por un ex convicto, son otras de sus inquietudes mártires). Ella encandila a su perseguido, sin saberlo, por el afán romántico que pone en su oficio policial, ya que al ser ella adinerada no depende de quehaceres laborales para subsistir… El personaje de Moore estorba y atonta a la entrega, pues este representa una sobrecarga (melo)dramática innecesaria para la historia: infidelidades, extorsiones monetarias, tiroteos trepidantes (y contrastantes con el todo) y forcejeos abusivos. No entiendo esa ‘coacción’ contra Demi, explotarla en sus recursos como si la película fuera un concurso de talentos, que tiene a ella como su máxima atracción.

Cambiando el tema, y ‘sacando del centro’ a Moore, Mr. Brooks es un policial con esquema convencional, decorado con artilugios de thriller sicológico como la patología adicta del asesino, la mostración de ese mal heredado por la hija, la tensión en los actos delictivos y la verdadera personalidad oculta (distante de su apariencia pública) de Brooks. Aún así, no deja de ser una historia en la cual un asesino es perseguido por sus crímenes, aunque no de la manera más vorágine, sino propuesta como hilvanado de los (dos) relatos paralelos (el de Brooks y el de Atwood).

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La película termina dando la impresión de ser desmedidamente pretenciosa, insinuando dramatismo inefectivo en cada escena que no lo requiere, como lo mencioné en el párrafo ‘dedicado’ a Demi Moore, se añaden demasiadas situaciones que no atañen con el devenir correcto y sin aspavientos de la historia, más pareciese un juego creativo de analogías forzadas, que tenía como premisa cierta cantidad de acciones o carácteres que tenían que emparentarse en el acabado. O, dígase, también lista de ingredientes:

– Asesino en serie.
– Esquizofrenia cómplice.
– Adicción.
– Mal hereditario.
– Perseguidora incesante.
– Desgastador proceso de divorcio.
– Chantaje.
– Y un larguísimo etc. No cito más porque aburre en demasía.

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Las actuaciones son el punto más alto, William Hurt perturba como cómplice y motivador de los homicidios, Costner correcto, sin gesticulaciones ni ademanes fuera de tono, un asesino frío que no duda en ningún instante, calculador y convincente (en actuación), todo OK. Lo de Demi Moore está dicho, aunque su performance es equilibrada. Ellos como inocentes en el proceso de guionización están exentos de las acusaciones relativas a la concepción de la historia, sus vaivenes y pretensiones. Entonces, en el criterio “actuación” Mr. Brooks recibe un visto bueno, que aporta en algo a la mejor valoración de la película en lo integral.El filme pone nuevamente en el mapa de la figuración a Kevin Costner, aunque lejos ya de sus apariciones estelares, tiene la capacidad -ya demostrada- de sostener todo el peso un relato en los hombros de sus personajes.

Mr. Brooks pasa desapercibida por nuestra cartelera. A primera vista, y apelando al prejuicio, da la impresión (por su wallpaper o cartel promocional) de tratarse de un biopic sobre algún científico renombrado en Norteamérica que aluden a los aportes y triunfos del retratado, buscando la glorificación del mismo, caso Kinsey, el científico del sexo. En fin, es una entrega que no trascenderá en la historia ni, seguramente, formará parte en las lista de preferencia de fin de año; simplemente atrae -a muy poca gente, por cierto- por la presencia de Hurt, que regresa a nuestra cartelera después de su poderosa aparición en A history of violence, de Cronenberg, además de la cuasi resurrección de Kevin Costner, que como asesino puede convencer pero no gustar al gran público, acostumbrado a verlo protegiendo a Whitney Houston o lanzando flechazos contra ‘los malos’.

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Brooks queda impune de sus crímenes, pero algo mayor le perturba, su adicción homicida es heredada por su hija. Razón que da pie a mi recóndita suspicacia sobre un futuro indeseado. Espero que el próximo año no llegue a cartelera Miss Brooks, si es que logra realizarse. Sólo nos queda orar…

John Campos Gómez