Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

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El descubrimiento de la perversión

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David Lynch – Terciopelo Azul (Blue Velvet, 1986)

Ésta no va a ser una crítica sesuda, ni un estudio que trate de descifrar el contenido semiótico de esta película (hay que tener en cuenta que ya son muchos los estudios que se han realizado). Mi única pretensión va a ser expresar la impresión que esta película ha causado en un admirador del cine, del talento de David Lynch y de esta obra maestra excepcional. 

La siguiente nota fue escrita mientras escuchaba “In dreams” de Roy Orbison y “Blue Velvet” de Bobby Vinton compulsivamente (ambos temas cobran un nuevo significado en la película). Existe la posibilidad de que al leer el texto descubras “spoilers”, aunque no te lo aseguro. 

¿Qué hace grande a Terciopelo azul?, acaso el tratamiento del tema, el uso de imágenes bizarras o, quizás, aquel siniestro contraste entre un mundo apacible y tranquilo y otro perverso y demente.
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Lumberton es el típico pueblo maderero norteamericano: tranquilo, apacible, donde el tiempo parece avanzar muy lentamente. Jeffrey (Kyle MacLachlan) regresa a este lugar (puesto que se había ido por la universidad) para visitar a su padre, quien ha sufrido un ataque y se halla hospitalizado. Hasta ese momento todo parece ir bien… 

Camino a casa, por casualidad, Jeffrey descubre una oreja cercenada (que nos remite al “Un perro andaluz”) entre los matorrales. Como joven responsable le informa a la policía, siendo el detective Williams quien lo atiende y le informa que se van a realizar unas pruebas. Días después Jeffrey va a casa del detective a preguntarle por los resultados, quien le aconseja que se olvide del hecho y deje todo en manos de la policía. Saliendo de la casa se encuentra con la resplandeciente (así la presenta Lynch) hija del detective: Sandy (Laura Dern) y ambos planean realizar una investigación por su cuenta, sin prever lo que llegarán a descubrirán. 
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Con la ayuda de Sandy, Jeffrey entra a la casa (y en la vida) de Dorothy Williams (Isabella Rossellini), que se supone relacionada con este caso. A partir de este momento seguirá solo, y se sumergirá en un mundo seductor y sensual como destructivo y perverso. De esta forma Jeffrey realizará un aprendizaje de la perversión, y logrará aflorar este lado de su personalidad, que se verá reflejado en la relación destructiva y apasionada que establece con Dorothy. No obstante, la entrada a este mundo no es gratuita ya que deberá contemplar una violación (secuencia totalmente memorable por cierto) y luego ser humillado por una banda de desadaptados, tras estos hechos se encontrará el psicópata criminal Frank Booth (magnífico Dennis Hooper).
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El hasta ese momento apacible Lumberton se convierte en un lugar tétrico y que acoge un submundo siniestro y decadente (que incluso se relaciona con la policía). ¿Y que puede hacer Jeffrey ante esta situación?, sólo llorar, e informar lo que averiguó al padre al detective. Puede que todo puede volver a ser “normal”, que nada de lo que ha visto tiene por qué haber sido real: es hora de volver a los brazos de Sandy. 

Sin embargo, el mundo perverso no olvidará a Jeffrey, quien deberá ser capaz de encarar la sensualidad perversa, en una de las escenas más impactantes que he visto: Dorothy desnuda frente a Jeffrey, Sandy y la mamá de ésta y pronunciando la memorable frase “tengo tu semen dentro de mí”; Lynch nos hace presenciar como espectadores de lujo la forma como se introduce lo perverso dentro de lo cotidiano y apacible. Esto será resuelto, Sandy, presa de un amor idealista, perdonará a Jeffrey porque lo ama.
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No obstante, nuestro héroe aún debe enfrentarse a Frank. ¿Tiene posibilidades un joven temeroso? El desenlace nos dirá que sí (aún tengo grabada en mi mente la cara de Jeffrey cuando jala el gatillo).  Eliminado el mal, el retorno a la normalidad es inevitable, las mismas escenas del comienzo, el mismo pueblo apacible, al parecer todavía hay esperanzas de que el mundo “tan extraño” pueda algún día ser hermoso. Lynch, después de todo, cree en un mundo mejor. 

Aspecto a destacar es la oposición entre las dos mujeres: por un lado Sandy, que representa el amor idealista y romántico; por otro, Dorothy, que representa la sensualidad perversa, pero por ello más atrayente que el amor idealista, más apasionado y con mayores satisfacciones. Jeffrey ingresará en el mundo de Dorothy, se dejará seducir por este y sacará a la luz lo más bajo de su ser; ¿o no recuerdan la escena cuando “finalmente” violenta a Dorothy mientras la ama con pasión?
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También juegan un papel importante las imágenes bizarras que Lynch, como marca de su estilo personal y sin concesiones,  teje junto a la historia: la oreja cercenada habitada por escarabajos y hormigas que parecen vivir allí desde los inicios del tiempo; los sueños de Jeffrey convertidos en pesadillas (de nada le sirve su “atrapador de pesadillas”); el afeminado Ben cantando “In dreams” o la mujer bailando esta misma canción sobre un auto mientras Jeffrey recibe una paliza, previamente Frank le había “cantado” esta canción”.

Menciono por último la escena en el bar, con Dorothy Vallens entonando la gloriosa “Blue Velvet” (Blue velvet / But in my heart there’ll always be / Precious and warm, a memory / Through the years / And I still can see blue velvet / Through my tears…). A mi parecer, la escena más poderosa de este logrado conjunto. Nada volverá ser igual partir de ahora, dime ¿a qué precio conseguiste la tranquilidad en tu vida?

Por Marco Antonio Macavilca


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La creación de atmósferas en los filmes de David Lynch

1. Abriendo puertas (a manera de introducción):

Cuando un director aprovecha y explota al máximo las posibilidades que ofrece el cine como medio, lo convierte en un arte sublime. Muy pocos lo logran. Incluso, pocos espectadores lo perciben; dependiendo de la perspectiva, la ideología y el modelo que cada uno tiene en mente y que aplica a la obra que atestigua. Cuando nos topamos con estas estupendas piezas, salimos tan satisfechos de la sala de cine, de los asientos de un cine club o de la sala de una casa, llenos de un nosequé que nos abruma. Ese nosequé que inunda la proyección de la película desde sus créditos iniciales, y que luego confirma esa intuición y emoción embriagadora invadiéndonos durante su desarrollo. He bautizado ese algo “inexplicable”, cuasi catártico (producto de diversos elementos y sensaciones estimulantes a nuestra sensibilidad e intelecto), como atmósfera.

La atmósfera envuelve el relato en su integridad y lo reviste de acuerdo al carácter que vamos reconociendo a lo largo de su proyección. Ella se mueve en dimensiones emocionales, sabemos que está ahí (tampoco existen manuales de cómo encontrarla), que es la causa de los sentimientos provocados y que llena un espacio otrora vacío o pintado con expectativa. El abanico de sentimientos es amplísimo, desde la profunda repulsión hasta el terror absoluto y desde el asombro empedernido hasta la satisfacción inmediata. Cualquier sentimiento es válido, múltiple e intercambiable, pues es una su causante. La atmósfera lo contiene todo. Es el decorado, el estado en que se encuentran, el estilo, el tono, la iluminación, el clima sensorial, el color, el sonido, el movimiento de cámara, el tratamiento de la imagen, la composición, la banda sonora, la actuación de los personajes, la trama, la historia, la estructura narrativa, el ritmo del montaje, los créditos… ¿el director? Yo considero que sí. Cuando nos referimos a un director preocupado por pulir en su obra sus preocupaciones, temas y obsesiones; creador de un estilo y de atmósferas densas, ricas, atrayentes, adictivas, hipnóticas; entonces y solo entonces, el director se vuelve objeto de culto y elemento compositivo de la atmósfera de sus obras. Uno de aquellos pocos es David Lynch… quien lo realiza magistralmente. Siendo uno de mis directores predilectos, este es mi homenaje.

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