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Demasiado héroe, demasiado santo

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Gus Van Sant –Mi nombre es Harvey Milk (Milk, 2008)

Mi nombre es Harvey Milk (Milk, 2008), la última de Gus Van Sant, es un bio-pic, con todo lo que tal etiqueta implica: un protagonista inspirado en alguna persona real que hizo algo lo suficientemente destacable como para ser convertido en película, el correspondiente tratamiento un tanto sobón donde se señalan las virtudes y los logros del protagonista, un género que raras veces puede evitar lo edificante.

Por eso, el Harvey Milk de Van Sant -interpretado por Sean Penn- parece un santo y un mártir, un héroe y una víctima, y la historia entera, incluidos los personajes secundarios, todos hippies y soñadores, resulta demasiado “buena onda”. Nos dice: Harvey Milk es un ganador, que tal vez no se lleve siempre los laureles, pero sí nuestros corazones. Demasiado, demasiado…

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El valor de Mi nombre es Harvey Milk va más por el lado documental. Las imágenes de archivo transcurren engarzadas en la progresión del film. Lo real y lo ficticio se unen para contar la historia. La idea consiste en dar a conocer lo ocurrido, aunque tal vez con demasiada militancia por parte del director.

Sin embargo, lo importante es el producto final. Más allá de que las imágenes sean reales o no, interesa como quedan juntas, qué tan acertadamente funcionan para contar de la mejor manera la historia. Así que volvamos a ello.

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El cine de Gus Van Sant se divide en dos vertientes: una más digerible y de algún éxito comercial (Good will hunting, 1997; Finding Forester, 2000), la otra avezada y experimental (Gerry, 2002; la recientemente estrenada Paranoid Park, 2007). Mi nombres es Harvey Milk se adscribe al primer grupo, y hasta posee algún “mensaje”.

Si bien al inicio, en breves toques, se percibe la mano morosa y alucinada propia de la otra vertiente, el rumbo de Mi nombre es Harvey Milk queda claro: no sólo es el retrato de un personaje fundamental en la lucha de los derechos de la población gay, sino el de ésta misma, en sus albores, en el tiempo en que todavía tenían que luchar, o cuando la lucha era realmente a muerte.

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Asistimos a la formación, conocemos a los protagonistas, hasta podría decirse que peleamos con ellos. Y justamente ahí surgen los problemas: la idealización y la manipulación del espectador. Mi nombre es Harvey Milk recuerda a esas películas de semana santa, las menos pomposas, aquéllas donde Jesucristo se pasea dando cátedra y haciendo milagros. Nunca dejan de decirnos lo genial que fue Jesucristo.

El problema no tiene que ver con el personaje real, sino con la mirada del director. Por ejemplo, para seguir hablando de Jesucristo, Mel Gibson vio las cosas diferente: la misma historia de siempre, pero gore. Por más que el propio Van Sant considere a Harvey Milk un héroe, debió hacerlo pisar tierra. Y por más quiera fervientemente convencernos de ello, el lugar no es el cine.

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Porque la única falla de Harvey Milk es dedicarle la vida a su noble misión, y descuidar a los demás. Así perdió a Scott (James Franco). No obstante, Scott comprenderá el valor de su cometido y volverán a ser amigos. No hay mucho más que una historia de amor insignificante que solamente parece haber servido para dar pie al film al inicio. Pues nada más importa, como en esas películas que intentan catequizarte en abril.

Ni siquiera los roles secundarios, que como en el caso de Cleve Jones (Emile Hirsch), van más allá de ser gays buena onda, o como Jack Lira (Diego Luna), que no es sino una mujer floja y neurótica con bigote. O el propio Scott, tan aburrido porque su rol se limita exclusivamente a la cara bonita.

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La ebullición de la época efectivamente se siente, el espectador termina por formar parte del momento, pero más por la precisa inclusión de las imágenes de archivo y por el tándem que marcan con las ficticias, que por los propios personajes, los supuestos protagonistas de aquel momento histórico.

Tal vez Gus Van Sant los ama demasiado, tanto que no puede sino hablar bien de ellos. El cariño por los personajes constituye uno de los rasgos de su cine –My own private Idaho, 1991, ejemplo por antonomasia-, pero parte de ese cariño desembocaba tirándolos al barro, cosa que se extraña en Mi nombre es Harvey Milk.

Por Eugenio Vidal

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Un mundo violento

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Joel y Ethan Cohen – Sin lugar para los débiles (No Country For Old Men, 2007)

Las películas de los hermanos Joel y Ethan Coen (la gran mayoría teniendo a Joel como director y a Ethan como co-guinista y productor) se caracterizaban por ser historias de personajes que aparecen siempre fuera de contexto, que parecen no encontrar un lugar dentro del mundo al cual pertenecen. Lo podemos ver claramente en películas como Miller´s Crossing o El hombre que nunca estuvo, cuyos personajes son individuos que se mantienen siempre distantes e impasibles a lo que ocurre alrededor de ellos, y que hacen lo que es necesario para sobrevivir.

Por otro lado, gran parte de sus películas están cargadas de un humor cínico que se basa en justamente la actitud de sus personajes, expuestos siempre a situaciones que de pronto se complican de formas absurdas. Recordar sino Barton Fink o Fargo, en donde los protagonistas, ambos seres apocados, se ven envueltos en situaciones muy complicadas de resolver. Este contraste entre la descripción del personaje con las acciones en las que se ve envuelto era lo que generaba el humor, cargado siempre por una cierta misantropía, como si no hubiera forma de escaparse de lo que absurdo que es el mundo, por lo que no queda otra que reirse.

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Después de dos películas menores (Intolerable cruelty y The Lady Killers), los Coen (dirigiendo al alimón por segunda vez después de The Lady…) regresan con No Country For Old Men, una película extraña dentro de su filmografía. Adaptación de una novela del norteamericano Cormac McCarthy, la película, ambientada en el Texas de los años ochenta, se centra en la historia de un hombre que descubre dos millones de dólares en un maletín, dinero que habría servido para pagar una transacción de drogas que salió mal. Este hombre deberá comenzar a escapar con el dinero puesto que será perseguido por Anton Chigurh, un despiadado asesino al cual no le importa asesinar a cualquiera que se le cruce en su camino. La película, como ya es sabido, fue la más premiada en la ceremonia de los óscares, obteniendo el premio a mejor película.

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Decimos que No country For Old Men es una película extraña dentro de la filmografía de los Coen puesto que el humor, tan presente en otras películas, acá aparentemente no existe. Lo que llama la atención del fim es la sequedad de la puesta en escena, tan árida como los paisajes en los cuales ocurren los hechos. Los Coen no utilizan música, por ejemplo, para generar tensión: por el contrario, la violencia nos es presentada de forma directa, sin el menor tipo de estilización.

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Esto diferencia a la cinta de, por ejemplo, Miller´s Crossing (recordar la escena del ataque a la casa de Albert Finney y la magnífica música clásica). El hecho de que la violencia aparezca sin el menor aspaviento genera un clima rudo, en donde la violencia es igualada a cualquier otro acto de la vida cotidiana. Los Coen trabajan a partir de planos fijos, donde la cámara no se mueve, como si la película nos dijera que no hay posibilidad de salida, que la violencia está ahí para convivir con cada uno de los personajes que la pueblan.

Los Coen, de esta manera, dejan de lado su correspondiente cinismo para, de verdad, trabajar un mundo casi terminal, en el cual pareciera que la única regla que existe para sobrevivir es la violencia. Tanto Llewelyn Moss (Josh Brolin) como Anton Chigurh deben asesinar ya sea para escapar como para cumplir su misión. Y ambos personajes la asumen casi como si fuera algo natural. La puesta en escena de los Coen, sin el menor rasgo de estilización o de virtuosismo, acentúa justamente este mundo en el cual las reglas parecen invertidas y en donde lo que más terrible resulta lo más normal.

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El mundo que plantean los Coen es justamente un lugar donde los débiles no tienen espacio, donde el sheriff idealista (Tommy Lee Jones), aquel que no entiende hasta que punto la violencia puede llegar, debe retirarse. Esta mirada tan dura y pesimista de los directores sobre su propio país es lo que le da una profunda tristeza a la película, y también una gran fuerza.De esta manera, la misantropía propia de los Coen da lugar a una desesperanza y un pesimismo que, si bien ya habían sido dibujados en anteriores películas, acá están expuestos de forma frontal. Todos los actores están extraordinarios justamente porque entienden que el mundo en el que se encuentran es un mundo con otras reglas que ellos simplemente tienen que aceptar como propias. Desde Josh Brolin hasta Woody Harrelson, todos los personajes parecen asumir que la violencia es la regla. Y, claro, javier Bardem como Anton Chigurh es justamente el emblema de este mundo donde no importa que es lo que hay que hacer con tal de sobrevivir.

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Quizá, reflexionando un poco más, esta película no sea tan distinta a Barton Fink, Fargo o El hombre que nunca estuvo: el mundo sigue siendo un lugar terrible que pone trabas cada vez más complicadas. La única diferencia es que ahora ya no hay lugar para reírse de él.

Rodrigo Bedoya