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Conversación con Jean-Luc Godard

 

CONVERSACIÓN CON JEAN-LUC GODARD

(Cahiers du Cinêma, n.° 138, diciembre de 1962, número especial dedicado a la Nouvelle Vague, realizado por Jean Collet, Michel Delahay, Jean-André Fieschi, André S. Labarthe y Bertrand Tavernier). (Editado en el libro Jean-Luc Godard por Jean-Luc Godard, Barral editores.)

Subrayada y comentada por Javier Diment.

Lejos de mí la intención de presentar a Godard. Es completamente innecesario. El único comentario que me interesaría hacer es el siguiente: con Godard, como con los escritores y pensadores que nos importan, no puedo abstenerme del subrayado. Subrayo los libros y anoto comentarios en los márgenes casi compulsivamente, como conversando. Esta entrevista es uno de tantísimos ejemplos. Subrayados y comentarios cambian con cada lectura, pierden vigencia en los propios recorridos de la reflexión, plantean dudas que el propio movimiento va contestando, etcétera etcétera, pero dejan una buena huella de hacia qué extrañas travesías puede abrir una lectura. En un principio iba a escribir un artículo sobre Godard. Pero entre el poco tiempo, el caos general y dificultades varias para encarar, de momento, un acercamiento con la seriedad que el Maestro merece, surgió la idea de plantar estos desordenados y arbitrarios subrayados y comentarios.

Sigue leyendo la entrevista aquí.

Lee la crítica sobre Vivre Sa Vie (Vivir su Vida) aquí.
Lee la crítica de Simpathy for the Devil aquí.
Lee la crítica de La Chinoise aquí.

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La Revolución Impostada

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Jean-Luc Godard – La Chinoise (La China, 1967)

Francia en los años 60 fue un país complejo, tanto en el ambiente político como en el social. El vivir en un mundo bipolar implicaba estar en una tensión tirante entre dos visiones de ver y entender el mundo. Y Francia no era la excepción: un creciente resentimiento aparecía en los jóvenes franceses hacia el orden social establecido. Resulta interesante preguntarse como fue que el cine de la época reflejó este descontento que finalmente desencadenó en los sucesos de mayo de 1968.

Y quizá el cineasta más representativo de aquella época, no solamente a partir de su nombre sino a partir de su cine fue Jean-Luc Godard. Godard fue un militante, alguien que buscó cambiar las reglas del cine y, por lo tanto, cambiar las reglas del mundo, buscar trastocar un orden social preestablecido. Godard fue alguien que buscó experimentar con el cine3, forzando siempre las reglas de la puesta en escena tales. En sus películas se mezclan y se desarman los géneros, se juega con el tiempo, con la banda sonora, con la imagen: la misma materialidad con lo que está hecho el cine sirve como mecanismo narrativa. Recordar sino, la escena de Bande á part donde los protagonistas deciden quedarse callados: la misma banda sonora desaparece.

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La china (La chinoise, 1967) es una aproximación claramente política sobre la sociedad francesa. La película es la historia de cuatro jóvenes que viven en un departamento de París, y que sueñan con hacer la revolución al estilo maoista. Colecciones y lecturas del Libro Rojo, cursos sobre marxismo-lenimismo y planes para crear un grupo terrorista ocupan el tiempo de estos chicos.

Godard nos muestra un tipo de conducta muy común en la época: jóvenes que vienen de clases acomodadas (ya sean hijos de empresarios como de hacendados), que no tienen problemas económicos y que, para rebelarse ante su propia condición social, deciden ser revolucionarios duros. Anti-soviéticos (salvo uno que después será separado del grupo), algunos de ellos sin siquiera entender muy bien que es lo que implica hacer la revolución (el personaje de la chica del campo o el magnífico diálogo que tiene la lideresa del grupo con su ex profesor de filosofía en un tren), los cuatro amigos juegan a ser violentos, juegan a ser anarquistas. Esta idea del juego es muy importante, en tanto sus demostraciones de revolución pasan por la repetición de frases del libro rojo o a partir de frases comunes de la ética comunista dichas como si hubieran sido aprendidas de memoria.

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Godard es muy consciente de que está mostrando personajes que juegan a ser revolucionarios: no por nada estos muchachos repiten frases como si fueran robots. La misma posición de los encuadres, siempre fijos, con los personajes al centro del mismo, le dan un cierto estatismo a la imagen que ayuda a crear esta sensación de representación que inunda toda la película. Los personajes creen que de verdad son revolucionarios al repetir todas las doctrinas marxistas-leninistas de forma automática. El espectador se siente como si estuviera en una inmensa casa de muñecas donde lo que se hace simplemente es jugar: la puesta en escena crea una cierta sensación de falsedad a partir de la simetría dentro del encuadre. No por nada se cita todo el tiempo a Bertolt Brecht: el mismo espectador se siente distante del compromiso de estos muchachos por cambiar al mundo debido a que ese compromiso nos aparece más representado que espontáneo.

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Pero así, casi como jugando, los protagonistas consiguen armar un grupo terrorista y consiguen asesinar a un ministro soviético en visita a Francia. Lo que parecía un sueño, un simple juego de chicos ricos se convierte en una violencia que estalla con la mayor normalidad. Godard nunca nos muestra el crimen: por el contrario, el hecho de matar se vuelve casi uno más de los juegos comunistas de los chicos. Al final, con el asesinato ya consumado, Godard nos muestra a una nueva joven más con su libro rojo y a la protagonista diciéndonos que las vacaciones han terminado, hay que volver a la universidad, pero que para ella este es el comienzo de un largo camino.

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Es muy interesante como Godard nos presenta a la juventud francesa un año antes de las revueltas de mayo del 68: una juventud que juega a ser revolucionaria, pero que ese juego, poco a poco, los lleva a la violencia. Para Godard, el malestar estudiantil se va ampliando casi de forma inofensiva hasta llegar a actos terribles que de pronto también forman parte de un juego. Esa interesante, por lo tanto, señalar el subtítulo del film: “Una película que se está haciendo”. Esto implica que hay momentos en los cuáles se ven las claquetas y se entrevista a cada uno de los personajes, lo que enfatiza la noción de representación y de falsedad que la película busca transmitir. De esta perspectiva, La China se transforma en un vehículo para que Godard reflexione sobre los límites de la representación dentro de lo cotidiano. Los protagonistas de la película hablan de Mao y se declaran amantes de la revolución y repiten actitudes y frases revolucionarias como si estuvieran hablando del clima. La revolución, o mejor dicho, los lugares comunes de la revolución como mecanismo presente en el día a día, que va guiando las actitudes de nuestros protagonistas.

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Pero por el otro lado, la historia que se está haciendo es la de un descontento: la del descontento de ciertos ambientes juveniles en 1967. Un descontento que quizá puede parecer impostado y hasta divertido, pero con esa misma naturalidad puede conllevar a la violencia. La historia que nos relata La china es aquella que se está cocinando en ciertos ambientes juveniles de 1967. Godard lanza, con lucidez, una clarinada de alerta, que todavía tiene un gran fuerza (y quizá una gran actualidad) vista hoy en día.

Rodrigo Bedoya

Cinerastas sobre Jean-Luc Godard:

Vivir Su Vida (Vivre Sa Vie)

https://pequenoscinerastas.wordpress.com/2007/05/21/la-pasion-de-nana/

Sympathy for the Devil

https://pequenoscinerastas.wordpress.com/2007/09/03/sympathy-for-the-devil/