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ORNITOLOGÍA DE UN MÚSICO DE JAZZ

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Clint Eastwood – Bird (1988)

Antes de Bird (1988), Clint Eastwood había dirigido grandes películas como Honkytonk Man (1982) y Obsesión mortal (Play Misty for me, 1971) donde la música ocupaba un lugar estelar y conectaba con su percepción clásica del cine, llena de simplicidad en la narración, serenidad en el encuadre y cariño por los personajes. Para 1988 -y sin negar sus instintos artísticos- Eastwood dirige una película biográfica o biopic (género movedizo en códigos y sustrato ideal para el ejercicio de liberalidades cinematográficas) sobre una de las leyendas del jazz: Charlie “Bird” Parker, visionario y autodestructivo saxofonista, creador del be bop.

Desarrollada como homenaje al pionero negro, quien junto a Dizzie “Birks” Gillespie y Miles Davis crearon un nuevo sentido musical a partir de la improvisación y la descarga de armonías, se puede decir que Bird es una cinta muy “Clint Eastwood” porque está construida enteramente desde el fanatismo por el jazz. Que lo lleva a apartarse por un momento y por primera vez del relato lineal, apelando a constantes retrocesos en el tiempo que le dan a la narración una estructura fragmentaria. Un tono contrastado por la iluminación compuesta, en clave baja. Una gran expresividad por el movimiento de cámaras -que incluye un gran plano secuencia de cinco minutos- y por las actuaciones realistas, turbulentas. Todo ese estilo manierista y recargado opuesto a la personalidad clásica del autor obedece a la necesidad melómana de dar cuenta de una leyenda.

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Y los personajes de leyenda se enfrentan a grandes enemigos, que los superan en tamaño y poder. Bird se refiere a Charlie Parker (genial Forrest Whitaker, Palma de Oro en Cannes a la mejor actuación) desde sus años de adolescencia hasta su madurez musical y su decadencia personal atada a su vicio por la heroína, de oscuro y desgarrador origen. Su travesía vital ocupa un pregenérico rural y llega hasta los clubes nocturnos de Nueva York de los años 40 y 50, donde la sofisticación absoluta en la ejecución del saxo anuncia su calvario, su ascenso al Gólgota del jazz donde el sistema social norteamericano -corrupto, racista y antidemocrático- dicta la sentencia y se lava las manos al mismo tiempo. Ese camino realista que podría transitar la película se transfigura en reflexión moral.

Porque este biopic puede ser visto también como un gran melodrama, o sea un drama puesto en música. Y donde la figura de Chan Parker, la esposa del Yardbird, cumple una función sistémica. Chan (Diane Venora, superlativa) corresponde con humor judío y con comprensión maternal los excesos de Charlie: sus infidelidades, sus vicios, su vehemencia por asistirla -a ella y a los hijos- renunciando a su naturaleza lunar, grabando música romántica con arreglos de cuerdas, ingresando a hospitales voluntaria e involuntariamente, viajando al Sur profundo con Red Rodney para ganarse la vida, llegando a tiempo a las sesiones de grabación. Pero pudieron más su dependencia por las drogas y el alcohol, su debilidad física, su ecuanimidad al ejecutar el saxo, su endemoniada genialidad despreciada en EE.UU y amada en Europa, que le transportaron hasta el regazo de bellas mujeres blancas a las que amó con pasión.

Tan antigua como la crucifixión, la vida de Charlie Parker amerita una revisión a cargo de un clásico. Que quiere seguir entendiendo las posibilidades expresivas del cine y se aparta del camino natural a través del cual pudo contar la misma historia. Y entonces construye su propia ruta: anticelebratoria, antinaturalista, anticomplaciente. Más bien atemporal, dolorosa, quebrada. Y obtiene un sumo de contradicción y fiebre; de cadalso y liberación; de alegría y martirio; de amor y lujuria por la música.

Clint Eastwood valoriza el poder del montaje y lo instrumentaliza como eje dramático. Las actuaciones ponderadas están por encima de las desgracias reales. Y sin embargo transmiten tristeza de alto voltaje. La imagen contrastada y de grano grueso se proyecta como intenso icono de la pasión y muerte de un músico genial. Hijo natural de la droga a quien Eastwood no encumbra en ningún Olimpo ni trata de entender a través de una moraleja reductora. Solo la transmite al mundo y la convierte en la representación de uno de los personajes más interesantes de su filmografía, donde también hay espacio para los diferentes y clandestinos. Que esconden en sus síndromes de abstinencia y en sus persecuciones reales -que los injustos sistemas sociales perpetran contra ellos- el espíritu más noble y enaltecedor jamás visto. Hablamos de su dimensión moral sacudida por los impactos de platillos de batería lanzados al aire y que les llegan como dardos vitales, traumáticos, que les hacen regresionar desordenadamente a su pasado tormentoso.

Bird es un filme estupendo, al alcance de los iniciados o no en el jazz o en el cine. Porque ofrece una apreciación de la vida muy sentida; comparte una filia noble y entiende el valor de los medios cinematográficos aplicados para contar la historia de un personaje liviano y libre como un pájaro, que alcanza notas elevadísimas con su música y está expuesto a los hondazos de la vida que terminan por descalabrarlo. Bird es un valioso tomo de “ornitología cinemática y urbana” y también una gran película del director de Un mundo perfecto (A perfect World, 1993), Los imperdonables (Unforgiven, 1992) y Los puentes de Madison (The bridges of Madison County, 1995).

Óscar Contreras