Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Entrevista: Apitchapong Weerasethakul


Apitchapong Weerasethakul

En los casi seis meses que han pasado desde su consagración internacional al ganar la Palma de Oro en el Festival de Cannes, Apichatpong Weerasethakul no ha parado de viajar por el mundo, presentando su premiada Uncle Boonmee Who Can Reall His Past Lives (El Tío Boonmee que puede recordar sus vidas pasadas) en los más importantes festivales y transformándose, en el medio y para sorpresa de muchos, en una celebridad del mundo del cine.

“A veces no sé si estoy en Nueva York, Kansas o en Buenos Aires”, dice con su voz calma y su aspecto casi de monje este realizador tailandés de 40 años que, a la vez, reconoce que todavía le quedan viajes “por unos cuántos meses más”, algo que evidencia su bolso recién traido de Viena y su paso aún más reciente por Nueva York, de donde acaba de llegar.

Para los cinéfilos más consecuentes, el nombre de Apichatpong (“Joe”, lo llaman, cariñosamente, para no complicarse con la pronunciación del nombre) no es nuevo. Desde hace diez años, con Mysterious Object at Noon se viene perfilando como uno de los grandes nombres del siempre sorprendente cine asiático, con películas como Blissfully Yours (2002), Tropical Malady (2004) y Syndromes and a Century (2006), reconocidas y premiadas en el mundo, incluyendo el BAFICI porteño, en la que es un “número puesto”.

Pero la Palma de Oro no es cosa de todos los días y Apichatpong lo sabe. “Fue una gran sorpresa -dice-. Me habían llamado para ir a la ceremonia y se sabe que cuando te invitan es porque ganaste algo, pero nunca te dice qué. Pasaban los premios y los premios y no me nombraban. Yo me sentía como una reina de belleza, aunque por otro lado pensaba que tal vez se habían equivocado al llamarme”.

“El Tío Boonmee” cuenta una historia difícil de resumir pero que incluye fantasmas, misteriosos animales que hablan, monjes budistas y canciones pop. Es un filme de arte, si se quiere, pero dice el director que “también puede ser vista como una comedia, la gente se puede reir”. Boonmee es un hombre mayor, viudo y enfermo que vive en una granja con su cuñada y un amigo de la familia que lo cuida. Una noche, se “aparecen” en la casa dos extraños personajes: el fantasma de su mujer muerta y el hijo de la pareja, que desapareció años atrás y retorna convertido en una especie de criatura mítica y cubierta de pelos que surge del medio de la jungla. Los cinco serán los protagonistas de este asombroso, mágico y melancólico retrato de familia que, se ve, impresionó al jurado presidido por Tim Burton.

“Me gusta el realismo mágico -dice-. Es como la ciencia ficción: tomo esos elementos de fantasía para hablar del presente. Si lees a Asimov, es lo mismo: hablar del futuro pero hablar de la realidad, los sueños y los deseos. Para mí la fantasía es más real que lo que llaman realidad”.

Boonmee es un personaje que, supuestamente, ha reencarnado y puede recordar sus anteriores vidas. Usted comentó que, con el correr de los años, también empezó a creer en eso pero ahora duda. ¿A qué se debe?

En Tailandia todo el mundo cree que la muerte no es el final, es parte del Budismo. Haciendo este filme entrevisté a mucha gente que decía recordar vidas pasadas y, por algún motivo, me puse más escéptico. Creo en la meditación como la clave para desatar ese tipo de misterios. Ponerte dentro de su mente y ser receptivo a la naturaleza y a los seres humanos. Y si uno sigue meditando ese mundo se revelará de alguna manera.

Su cine mezcla realismo urbano, cotidiano, con elementos totalmente fantásticos, de una manera tan natural que resulta sorprendente. ¿Cuál es el secreto?

Mis películas son sobre mi mundo, el de mi familia y mis amigos. Es el mundo de mis intereses y cómo van cambiando, lo mismo que el de los actores, ya que suelo trabajar siempre con los mismos. Y esa mezcla es un poco parte de la forma de ver el mundo de todos nosotros.

Sus películas suelen tener como eje, muchas veces, la enfermedad, médicos, el paso de la vida a la muerte. Sus padres fueron doctores, ¿de ahí nace su interés en el tema?

Siempre, desde que crecí alrededor de médicos y hospitales. Fueron más de 15 años de mi vida. Para mí un hospital es también como un templo, como una casa. El color blanco, el olor antiséptico. Es un lugar al que la gente va para tratar de sentirse mejor. Uno cree, en cierto fuero íntimo, que va a vivir para siempre, pero ahí notas que no es cierto.

Sus películas mezclan también elementos culturales muy específicos de Tailandia y, a la vez, son muy abiertas a diversas interpretaciones. ¿Alguna vez se sintió incomprendido o mal interpretado, especialmente en Occidente?

Disfruto de las interpretaciones, hago mis películas para que sean entendidas de diferentes maneras. Son abiertas y me gusta que cada uno la interprete de acuerdo a su forma de pensar.

Hasta esta película, todas sus anteriores tenían una estructura dividida en dos partes. ¿Por qué lo hacía y por qué decidió dejar de hacerlo ahora?

Las películas te dicen lo que quieren ser. Tropical Malady era sobre la luz y la oscuridad. Syndromes and a Century sobre la madre y el padre, el presente y el pasado. Boonmee no es así, su estructura es más de una historia que se sucede a la otra.

Su cine siempre ha tenido una fuerte importana política, pero de manera indirecta. ¿Siente que ahora, desde que la situación en Tailandia se hizo más complicada, ese eje queda en primer plano?

Los que escriben sobre mi cine suelen hablar mucho de política. Y sí, está ahí, pero las películas son más sobre mi mundo, mi vida y la de los actores que trabajan conmigo. También quieren saber cuál es mi posición política y la verdad es que en Tailandia estamos atravesando un momento muy duro.

En Cannes usted dijo que los gobernaba una mafia…

No sabe el problema que me generó eso (risas). Es que en mi país todo el mundo parece ser amable y actúa como si nada pasara, pero hay un ejército que lo controla y domina todo. Es un país enfermo, pero también fascinante y es por eso que también sigo viviendo ahí. Creo que en América latina también tienen esas cosas: burocracia, corrupción, pero a la vez no nos podemos ir.

Pero sus películas respiran un aire optimista respecta, digamos, al género humano…

El pesimismo es más realista, en verdad (risas). Creo que mis películas tienen una mirada casi de niño, inocente y naive, sobre el mundo. La gente sonríe, las distintas sexualidades son aceptadas, pero creo que todo eso deja entrever algo oculto y oscuro. Genera un efecto opuesto, casi pesimista, me parece…

Igualmente, sus problemas con el gobierno ya venían de antes y varias de sus películas anteriores habían sido censuradas… ¿Esta también?

Esa es la magia de Cannes. Pese a todo tuvieron muy buena onda con la película. Se estrenó tal cual estaba y tuvo bastante éxito. Lo bueno del premio en Cannes es que más gente se está atreviendo a salir a filmar en mi país, especialmente con el tema de las cámaras digitales. Pero igual falta mucho, en Tailandia el cine sigue siendo visto sólo como entretenimiento, históricamente. Es difícil cambiar esa percepción.

¿Y ganar en Cannes lo hará cambiar a usted? ¿Lo llevará a “domesticar” su cine?

Ganar Cannes no es lo más importante que me pasó en la vida, aclaro. Voy a continuar explorando. Hacer películas como las mías puede ser un negocio muy inestable y que no deja dinero, pero ganar en Cannes no me va a cambiar la manera de hacer cine. Tuve ofertas desde entonces de gente que se nota que no conocía mi trabajo y nos las acepté. Yo seguiré en mi búsqueda. Se ve que soy un poco masoquista.

Por Diego Lerer para Micropsia

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