Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

LA RED SOCIAL/THE SOCIAL NETWORK


David Fincher – The Social Network (2010)

David Fincher (nacido en Denver, USA, en 1962) tuvo, en sus inicios como director, la complicada tarea de mantener una saga clásica a la altura eso mismo, es decir, de los clásicos.

Con “Alien 3” no lo logró, pero el señor Fincher prosiguió su camino y con su segundo largometraje, “Seven”, (anteriormente había estado vinculado a la publicidad y a la realización de videoclips, estilo que se ve reflejado en algunas de sus posteriores obras) deslumbró a crítica y público, logrando, ahora sí, un “clásico” contemporáneo, y estando casi a punto de crear un subgénero del thriller “psico- policíaco”.

Precisamente, de cómo una mente talentosa, tras una gran creación, se da a conocer multitudinariamente, es de lo que, en cierto modo, trata su último film: “The social network”.

Sinapsis argumental: Lo que David Fincher nos cuenta, es el fragmento de la vida del estudiante de Harvard Mark Zuckerberg, desde los primeros bocetos de la idea hasta la creación definitiva de su obra: “Facebook”.

Todo esto se nos explica desde un momento más cercano en el tiempo en el que, a través de 2 juicios se nos va narrando la historia, en forma de flashbacks, de lo qué y cómo sucedió.

Más allá de que lo que la película nos deje ver se aproxime en mayor o menor medida a la realidad (el mismo Mark Zuckerberg dice que entre lo que ocurrió y lo que se muestra hay una distancia notable), aquí, vamos a analizar algo de lo que se ve, de lo que se muestra, de lo que se cuenta… y principalmente, de quién se cuenta.

Ya la primera secuencia del film (conversación entre el protagonista y su pareja), hace las veces de un “cortometraje/resumen” que describe la personalidad de nuestro Mark Zuckerberg particular (Jesse Eisenberg, muy adecuado a su papel): una persona con grandes capacidades pero con grandes carencias.

La mente del ser humano podría, simplistamente, dividirse en 2 grandes bloques: la inteligencia intelectual y la inteligencia emocional.

La primera de ellas sería la destinada a tratar con aspectos prácticos, académicos, mecánicos, numéricos, etc.; y la segunda la encargada de gestionar la afectividad, las relaciones interpersonales, los sentimientos…

En condiciones idóneas, ambas deben de intercomunicarse de forma fluida para que estemos ante una situación de saludable; siendo, cuanto menor o/y peor dicha fluidez, más probable la aparición de algún tipo de “malestar” (por no decir trastorno) en el individuo.

Los niños (en condiciones “normales”, no serviría para todos los casos), en los primero años de su existencia desde el nacimiento, viven vinculados a una madre que lo es todo para ellos y viceversa. Dicha mamá los colma de cuidados de forma exclusiva y sin quererlo los coloca en una posición fantasiosa de ÚNICOS, de EXCLUSIVOS.

Si ese vínculo no se va suavizando, gracias no solo a la “fuerza” de la “madre” sino también a la intervención o entrada del “padre” como tercero en discordia (que haga al niño ver que no es el UNICO o EXCLUSIVO), puede ocurrir que se den fijaciones en esas etapas que luego repercutan en el desarrollo de la personalidad adulta posterior, posiblemente con ciertas lacras.

A lo largo de esas etapas iniciales es en las que se comienza a desarrollar en nosotros lo que se podría denominar NARCISISMO (sintácticamente: preocupación de uno mismo por sí mismo); elemento importante para el autocuidado, pero negativo si se da tanto en defecto (no nos protegeríamos adecuadamente), como en exceso (nos centraríamos tanto en nosotros que dejaríamos de lado factores importantes de nuestro mundo externo, como por ejemplo la sociabilización adecuada con nuestros iguales, que no es poco).

El dolor precisamente narcisista que le produce una ruptura sentimental, un sentirse abandonado y rechazado ante un espejo que parece reflejarle algo así como: “no eres importante; no eres mi centro de atención; puedo prescindir y prescindo de ti”, es el detonante que lleva al potente cerebro de nuestro protagonista a comenzar a funcionar con furia; a “defenderse” contra-atacando.

En un mundo “social” que le viene grande (y ante el que se siente pequeño), y sin recursos interpersonales para conseguir sus objetivos (chicas, clubs prestigiosos, popularidad…), usa el mundo “no social”, intelectual, informático, en el que se siente poderoso y superior, con una doble vertiente: volver nostálgicamente a ocupar el lugar ÚNICO, EXCLUSIVO, y vengarse agresivamente de aquel mundo “de las personas” en el que se siente agredido por todo debido a su complejo de inferioridad, portador de la insoportable ENVIDIA.

Comienza entonces una escalada hacia la cima en la que no duda en arrasar todo lo que, a su alrededor, “le recuerde” lo insignificante que realmente se siente. Y teniendo en cuenta que quizá la ENVIDIA sea el motor que le mueve, ésta se diversifica en una red arácnida que a todo da caza…

… A las mujeres que le gustan y a las que “no gusta”, por las que no se siente aceptado. La víctima inicial es su (ex) pareja de entonces, Erica (Rooney Mara, de escasa aparición) a través de insultos directos computerizados. Y por extensión abarca a TODAS las demás. A TODAS  las mujeres del mundo, ya que en la psique humana no existen las fronteras geográficas.

… A los hombres que “sí gustan”, a los que envidia, entre otros motivos, por atraer a las mujeres que a él no le hacen caso.

Representados por los hermnanos Winklevoss (Armie Hammer ambos, con planta física indiscutible, que es de lo que se trataba en este caso), disciplinados, deportistas, atléticos, altos y guapos.

… A las personas a las que considera en una posición social más elevada a la suya. Queda patente desde el principio su interés por entrar en algunos de los prestigiosos clubs sociales del lugar siendo en esta ocasión la diana de sus celos la representada,  por el que en teoría es su “mejor” (¿y único?) amigo, Eduardo Saverin (Andrew Gardfield, correcto).

… Y para finalizar (aunque se podría continuar sin duda), y así cerrar este curioso círculo vicioso… a la (poca) gente capaz de tocarle alguna fibra humana sensible en forma de admiración: Sean Parker (Justin Timberlake, a gusto). El cual consigue conmoverle por varios motivos: se identifica con él en cuanto a deseos de grandeza y por tanto en cuanto a elementos paranoicos, y ve al mismo tiempo reflejados en su persona, por un lado los chispazos de genio que él mismo posee, y por otro las habilidades sociales de seducción y conquista de las que carece. Es decir, que a priori lo tiene “todo”. Pero…  ¿ante tal idealización se puede permitir un error grave “que él no cometería” y que pondría en peligro la magnitud completa de lo llevado a cabo?

… lo dejo en el aire.

He aquí entonces la historia de un ser humano que inconscientemente se vive como minúsculo, pero que cuenta con las armas mentales de un computador de avanzadísima tecnología; que ante la imposibilidad de ser SOCIAL (vital) ante sus seres cercanos, crea la probablemente mayor RED SOCIAL (virtual) del mundo sin importarle perder a los únicos que le eran realmente cercanos; que posee tan poco poder afectivo, que cosifica a las personas en su escalada hacia la cima de su solitario Olimpo; que con sus ansias de ser “normal” y reconocido (reconocido = querido) pero con el handicap de sus “incapacidades”, no solo no lo consigue, sino que se va quedando más aislado según avanzan sus pisadas…

… Una nueva historia 1000 veces contada a cerca de una ironía de la vida, en la que  se ve de nuevo que todo transcurre en forma de repetición de patrones y de puntos de fijación (recordad el obsesivo-compulsivo final del film); en la que un hombre (chico realmente) en la búsqueda insaciable de sus ideales, consigue en gran parte (por méritos propios) lo que se propone, pero… ¿a cambio de qué?

… muy probable y tristemente, a costa de perder en el camino parte de su nexo de unión con lo intrínseco a todos nosotros: lo HUMANO.

David Fincher, nuevamente (gracias al buen guión de Aaron Sorkin basado en la novela “The accidental billionaires” de Ben Mezrich), logra entretenernos con una película de ritmo ágil.

Da la sensación de que, con el paso del tiempo, este realizador, está dejando atrás en cierto modo sus influencias efectistas del videoclip, y va transformándose, poco a poco en un director más “serio” dentro de su modernismo (¿también visible esto en “Zodiac”, quizá?). No queriendo decir con ello que haya mutado, sino que se le atisban nuevos recursos en su repertorio, que le permitirán seguir progresando, evolucionando, y así seguir siendo uno de los realizadores atractivos del panorama cinematográfico actual.

Carlos López

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