Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Amor por el Caos


Werner Herzog

El cineasta alemán que hizo pasar un barco a través de una montaña, se comió su propio zapato y que suele arriesgar su vida en los rodajes se encuentra en plena actividad y continúa encendiendo polémicas. El estreno de Un maldito policía en Nueva Orleans es una buena ocasión para revisar algunos aspectos de su sorprendente obra.

“El cine no es un arte de escolares sino de iletrados, y la cultura fílmica no es análisis, es agitación de la mente. Las películas nacieron de las ferias del pueblo y los circos, no del arte y el academicismo.”*

En el documental sobre el verano austral antártico Encuentros en el fin del mundo hay una escena sobrecogedora, que sólo ella paga todo el resto de la película y resume varias de las principales inquietudes del director alemán Werner Herzog. Las cámaras se centran en un bando de pingüinos que se separó de su colonia en busca de agua, pero de pronto comienzan a captar a uno en particular que emprende una caminata opuesta a la del resto, y se lo puede ver alejándose, corriendo, en dirección a un desierto helado y a las montañas que se pierden en el horizonte, a setenta quilómetros de distancia. Un especialista asegura más adelante que si lo atrapa y lo intenta llevar de vuelta a la colonia, ese mismo pingüino vuelve a emprender su demencial escape hacia las montañas, y hacia una muerte segura.

Los individuos de comportamientos atípicos extremos, la magnificencia impávida de la naturaleza y la deliberada transgresión a los límites de lo comprensible y lo imaginable son los elementos que recorren de principio a fin la trayectoria fílmica de Herzog. Su obra es descomunal, poderosa e impredecible, y hoy ya supera el medio centenar de películas. También ha tenido cierta irregularidad: este cronista apenas vio 22 de sus películas, entre las que se cuentan tres obras maestras (Aguirre, la ira de Dios, Fitzcarraldo y Grizzly man), una decena de obras muy atractivas y memorables, y un resto que va de lo bueno a lo aceptable. Pero aun las más flojas de todas (Cobra verde, The Wild Blue Yonder) tienen sus poderosos puntos de interés. Es difícil, quizá imposible, dar con una película mala de su autoría.

A fines de los sesenta Herzog fue considerado uno de los integrantes clave del nuevo cine alemán, junto a Wenders, Fassbinder y Schlöndorff, pero él nunca vio al movimiento como algo cohesivo, ni se sintió parte de él. Ya a los 20 años fundaba su propia productora, Herzogfilmproduktionen, y en 1968 terminaba su primer largometraje, dejando entonces ya varias de sus marcas autorales: una aproximación reposada, naturalista, cercana al documental, pero en la que también se planteaba una situación atípica, en un entorno inhóspito y con un protagonista absolutamente disfuncional, rayando en la locura.

El cine de Herzog nace del asombro y el deslumbramiento, suele ser incómodo, su textura es rugosa y puntiaguda y no fluye apaciblemente sino que, por el contrario, se impone abruptamente, descoloca e hipnotiza con su extrañeza y su magnificencia. Se planta en terrenos caóticos y hostiles que oprimen y perturban a sus criaturas. Durante el rodaje de Signos de vida los actores tuvieron que soportar, como los personajes, un calor abrasador; y cuando la filmación de Aguirre, la ira de Dios, Herzog hizo caminar a los actores quilómetros a través de la selva para que en la pantalla se vieran lo suficientemente exhaustos. Sus protagonistas, aquejados por la pesadez climática y existencial, transitan con dificultad y a menudo sufren dolencias o molestias físicas.

Pero quizá las mayores fijaciones de Herzog son las hazañas descomunales, los momentos en que la racionalidad se desvanece y el absurdo se impone. La lucha contra los elementos, la persecución de una quimera que inevitablemente conduce a la muerte y el brutal vuelo poético generado en este movimiento. No es un cine del desencanto –para ello Herzog tendría que haber estado encantado alguna vez–, sino que más bien aparenta una inclemente sinceridad, y hasta permite intuir cierto amor soterrado por tanta desmesura, desorden y caos.

“(Klaus) Kinski dice que la naturaleza está llena de erotismo. Yo no veo mucho de erótico; lo que veo es algo completamente obsceno. Es la esencia violenta de la naturaleza (…) veo fornicación, asfixia, estrangulamiento y lucha por la supervivencia, crecimiento, putrefacción. Por supuesto, hay mucho sufrimiento; el mismo sufrimiento que nos rodea. Los árboles son miserables, los pájaros son miserables, no creo que canten, sino que se retuercen de dolor.”

Cuidadoso respeto. Se ha dicho que Herzog es uno de los más grandes directores de exteriores de la historia. Y la afirmación no parece exagerada en absoluto. Como Kurosawa, Malick, Miyazaki o Lisandro Alonso (este último es un confeso fan del cineasta alemán), tiene un talento especial para darle a la naturaleza un papel primordial, abrumador, como si se tratase de un personaje más. Sobresale su buen ojo para encuadrar, y la forma magistral en que planifica planos secuencia lentos e inmersivos, en los que el espectador pierde conciencia del movimiento de la cámara gracias a la hipnótica fascinación transferida mediante el descubrimiento.

La visión que tiene de la naturaleza es terrible. Descree de la armonía y la perfección, y suele enfatizar en la subyugante hostilidad de todo ambiente natural. “La vida en el océano debe ser un perfecto infierno. Un vasto e impiadoso infierno de peligro inmediato y permanente. Tan infernal como para que durante la evolución algunas especies –el hombre incluido– reptasen hacia algunos pequeños continentes de tierra firme, donde continúan las lecciones de oscuridad.” Su amor por la naturaleza dista del panteísmo y la veneración, y quizá sería mejor descrito como de cuidadoso respeto.

Herzog no tiene igual en cuanto a la variedad de locaciones para sus filmes, y cualquier lugar remoto e insalubre parece llamar su atención: desiertos, llanuras, picos helados, selvas, desde el cielo abierto al profundo océano, desde el monte Kailash del Tíbet al Valle del Cauca en Colombia, desde el Sahara a los parques naturales de Alaska. Cuando terminó la Guerra del Golfo en 1991, Herzog fue inmediatamente con su equipo técnico a filmar los incendios fluorescentes de los pozos de Kuwait, en una búsqueda desesperada de imágenes únicas.

Para Herzog los efectos especiales son prácticamente una profanación, y es uno de los pocos cineastas en el mundo que apuntan a la espectacularidad y al poderío audiovisual sin echar mano a pirotecnia engañosa. También es cierto que a veces la fascinación evidente que le provocan ciertos paisajes no llega con la misma fuerza al espectador, y en alguna ocasión ha cansado con su detenida aproximación a ciertos ambientes –en Fata morgana, por ejemplo–. No siempre una imagen vale más que mil palabras, y en ocasiones el director no consigue darle un buen ritmo a sus relatos.

“Con frecuencia se me califica como alguien que sólo presenta locos o mutilados, y eso no es cierto: un Kaspar Hauser es alguien que vive radicalmente su dignidad humana. La sociedad proba y burguesa es la excéntrica. Yo tendría mucho cuidado al decir que la locura, la aberración, son necesarias para alcanzar la dignidad humana. Pero entiendo que es necesario ver en el cine la exageración de aquello que somos como hombres.”

El enigma de Kaspar Hauser está basada en una anécdota real. En 1828 fue encontrado en Nu¬remberg un ser humano que hasta entonces había vivido encadenado a una celda, sin contacto alguno con otros hombres. Un ser que a duras penas caminaba erguido y que se comunicaba mediante sonidos guturales, y al que entonces se le comenzó a enseñar el lenguaje, el arte, algunas nociones de ciencia y de trato social. En la película comienza a cuestionar las imposiciones sociales, las construcciones lógicas y racionales, la fe, el rol de las mujeres. A los ojos de la sociedad, Kaspar Hauser es prácticamente un desvalido, un delirante al que ni vale la pena escuchar. Pero sus reclamos obedecen a una lógica perfecta, esa de la que suelen hacer uso los niños y algunos locos.

Y Herzog parece interesado en la locura como rebeldía desatada, como cuestionador radical de las normas establecidas de orden, comportamiento y convivencia. Su obsesión en este sentido –y cabe decir, su propia locura (véase el recuadro “Recorriendo los bordes”)– lo llevó a frecuentar a absolutos chalados para filmar sus películas. Por supuesto, el insufrible Klaus Kinski, quien era proclive a arrebatos de violencia desmedida –estuvo a punto de matar varias veces a algunos miembros del equipo de producción y al mismo director–, pero también el esquizofrénico Bruno S, un músico callejero indigente del que nunca sabremos su verdadero apellido ya que quería guardar en secreto su identidad. Ambos nacieron en entornos miserables y fueron almas atormentadas de muy difícil trato, pero varias de las mejores películas de Herzog (Aguirre, Fitzcarraldo, El enigma de Kaspar Hauser, Stroszek –aquí conocida como La balada de Bruno S–) deben buena parte de su brillo a la presencia de este par de desequilibrados.

No es extraño entonces que Herzog haya apadrinado, por ejemplo, a Harmony Korine, uno de los directores más dementes y malditos que ha visto el cine independiente estadounidense en la última década. Y qué decir de Timothy Treadwell, el ambientalista “adrenalinófilo” que se empeñaba en establecer contacto con los osos grizzlies, y que de tanto buscar ese acercamiento fue literalmente almorzado por uno de ellos. Herzog heredó el metraje filmado por Treadwell, y de allí surgió Grizzly Man, insuperable documental en el cual se intenta un acercamiento a la psiquis del finado.

“Y en esos días los hombres buscarán la muerte, y no la encontrarán, y desearán morir, y la muerte escapará de ellos” (Apocalipsis 9:6, en la apertura de la película Little Dieter Needs to Fly).

El gran salto. En El gran éxtasis del escultor de madera Steiner, Herzog documentaba los saltos suicidas del esquiador Walter Steiner, que continuaba desafiando a la muerte aun después de haber sufrido un accidente y dar de cabeza contra el suelo a 140 quilómetros por hora. En The Dark Glow at the Mountains registró al montañista Reinhold Messner –quien ya había perdido a un hermano en una expedición– en su ascenso, sin oxígeno ni material especializado, a los dos picos Gasherbrum en el Karakórum.

Pero uno de los personajes que más fascinación despertó en Herzog fue el aviador alemán y veterano de la guerra de Vietnam Dieter Dengler. Su vida fue una constante suma de situaciones de riesgo, de las que salió ileso gracias a la casualidad y a su férrea voluntad de enfrentar las adversidades. De pequeño, el pueblo en el que vivía sufrió los bombardeos de los aliados, y un día un avión voló sobre él, ametrallando todo a su alrededor. El pequeño Dieter miró a los ojos al piloto dentro de la cabina, y cuando el avión pasó de largo dio vuelta la cabeza y sus miradas volvieron a cruzarse. Desde ese momento supo que estaba hecho para volar. En los años de posguerra vivió el hambre y la miseria más absolutas, y a los 18 años emigró a Estados Unidos con la intención de alistarse y poder cumplir con su sueño. En su primera misión en Vietnam su avión fue ametrallado y cayó en la selva. Enseguida fue apresado por los vietcongs, torturado de las maneras más crueles y recluido en un campo para prisioneros, del que finalmente logró escapar. Subsistió en la selva durante 23 días, entre insectos, sanguijuelas y otras criaturas que le hicieron la vida imposible, hasta que por fin fue avistado y rescatado por un helicóptero estadounidense. Más adelante persistió en su obsesión por volar, y sobrevivió a otros cuatro accidentes aéreos.

Dengler motivó que Herzog dirigiera nada menos que tres películas: Little Dieter Needs to Fly, en la que Dieter narra y reconstruye su fatídica historia de supervivencia, Rescue Dawn, que ficcionaliza esa experiencia, y finalmente The White Diamond, donde Herzog revive el accidente del globo aerostático que acabó con la vida de Dengler. Una vez más, el desafío a la naturaleza y la burla a la muerte se reunían en una misma persona, con gran poder inspirador.

Con 67 años, hoy Herzog sorprende con Un maldito policía, mientras que ya estrenó en festivales el drama horrorífico My Son, My Son, What Have Ye Done, y tiene dos proyectos más en pleno desarrollo. Las pruebas de que tiene energía para rato, y que sigue haciendo lo que se le canta. n

* Tanto este acápite como las otras transcripciones entrecomilladas son dichos de Herzog.

También los Enanos Empezaron Pequeños

Recorriendo los bordes

Al parecer, el rodaje de Los enanos también empezaron pequeños fue muy accidentado. Uno de los enanos del elenco debía subirse al techo de una camioneta en movimiento, pero cayó y fue atropellado por ésta. Milagrosamente, salió sin un rasguño. En otra escena en que los enanos queman flores, el mismo enano se prendió fuego y Herzog tuvo que tirarse sobre él para que no muriera incinerado. El director le prometió a su elenco que si ninguno de ellos moría durante el rodaje, se tiraría desnudo contra un bosque de cactus, para divertirlos. Como finalmente no hubo bajas, cumplió con su palabra y se arrojó corriendo sobre una tupida maleza espinosa. Por lo que cuenta, fue más difícil salir de allí que lanzarse, y aún diez años después aseguró tener espinas incrustadas en las rodillas.

En el documental La Soufrière, Herzog llevó a un reducido equipo a la evacuada isla de Guadalupe para filmar un volcán a punto de hacer erupción, y entrevistar a las dos únicas personas que continuaban en la isla, al pie del volcán, y que no mostraban interés en marcharse. Los gases venenosos pueden verse desde la distancia, y la posibilidad real de que Herzog y su equipo murieran en la iniciativa hacen del mediometraje una obra sumamente insólita.

Aunque menos riesgoso, el rodaje de Corazón de cristal también fue especialmente excéntrico. Herzog hipnotizó a la mayoría de sus actores –con excepción de dos–, obteniendo miradas perturbadas y enajenadas de su reparto. Algunos de los incongruentes diálogos de la película fueron “improvisados” por los actores bajo hipnosis.

Pero sin lugar a dudas la proeza más delirante de Herzog fue transportar a través de una montaña de la selva peruana un vapor de tres pisos y 300 toneladas, para su película Fitzcarraldo. El mismo Klaus Kinski miró la pendiente, al barco y a Herzog, y le dijo que lo que se proponía hacer era imposible, impensable, dictado por la locura. El rodaje fue uno de los más accidentados que ha tenido la historia del cine e incluye muertos, ataques de indios, arranques de violencia e iras desmelenadas por parte de Kinski, más amenazas de muerte, enfermedades contagiosas, motines, sabotajes varios y retrasos que hicieron que la estadía en la selva durara cuatro largos años. Por suerte, estos infortunios quedaron documentados en la película de Les Blank titulada Burden of Dreams, y en el diario de rodaje de Herzog, Conquista de lo inútil.

Un maldito policía en Nueva Orleans
Es el barrio que me hizo así

Los reptiles se arrastran por doquier, moribundos. Un lagarto en la carretera causa un gran accidente de tránsito. Una serpiente se desliza sobre el agua marrón y nauseabunda que dejó el Katrina. El desborde climático, el caos y la putrefacción se imponen para sintonizar perfectamente con un departamento de policía corrupto hasta la médula, con personajes descarriados y un protagonista infecto.

Esta película* tiene el curioso mérito de presentar un antihéroe aun más hijo de puta que el precedente encarnado por Harvey Keitel en Un maldito policía, de Abel Ferrara. Herzog dijo, quizá para acabar con una fastidiosa avalancha de preguntas, que nunca vio la película de Ferrara –algo altamente improbable– y que este filme no debería compararse con el anterior. El título fue resultado de la presión de los productores, que quisieron darle un aire de remake, pero Herzog insistió en agregarle las palabras Port of Call New Orleans para diferenciarlo del precedente.

Nicholas Cage es un teniente de policía que, por haber hecho un acto heroico y loable –quizá el único de su vida–, sufre continuos dolores en su columna dorsal. Es inevitable comparar esta película con la otra, ya que el concepto general es similar: el detective trastornado del título entra en una vorágine autodestructiva de consumo de drogas y abusos de poder. Aquí hay, sin embargo, una celebración soterrada por tanto desmadre, y una clara simpatía por este descarriado que se salta todos los procedimientos y transgrede todas las reglas de buena conducta imaginables. Un hombre que quizá alguna vez fue una buena persona, pero que ahora es malo a rabiar, y que deambula, entre alucinaciones, improvisando atropellos con alarmante impunidad.

Cage no para de sobreactuar en ningún momento, pero de todos modos es la película en sí misma la que está desencajada, pasada de rosca. Quizá no trascienda demasiado ni mucha gente se la vaya a tomar muy en serio, pero Un maldito policía en Nueva Orleans es una bizarrada sumamente disfrutable. n

* The Bad Lieutenant. Port of Call-New Orleans, Estados Unidos, 2009.


Herzog-Morris

El excelente documentalista Errol Morris (La delgada línea azul, Nieblas de guerra, Standard Operating Procedure), siendo un joven inexperiente y obsesionado con los asesinos seriales, descubrió en Herzog un referente que compartía muchas de sus inquietudes, y decidió plantearle una propuesta que sabía no iba a poder rechazar. “Creo que una buena manera de presentarte ante Herzog –dijo Morris– es decirle: conozco un asesino serial que estaría interesado en tener una reunión con nosotros.” Así lo llevó a conocer a Ed Kemper, quien había asesinado a sus propios abuelos a los 15 años, y que cuando adulto se dedicaba a levantar chicas en la ruta para matarlas y comérselas. Pero el proyecto conjunto de Morris y Herzog no llegó a buen puerto, aunque sirvió de inspiración al segundo para filmar La balada de Bruno S. Morris daba demasiadas vueltas a su investigación y parecía más empeñado en quejarse de las dificultades que se presentaban a la hora de filmar que en dar término a su obra, por lo que el alemán le apostó que si alguna vez lograba terminar una película se comería un zapato. Cuando en 1980 Morris terminó su documental sobre cementerios de mascotas –la extrañísima Gates of Heaven– Herzog cumplió su promesa. Llamó a la prensa y en la presentación de la película se comió su propio zapato. La “hazaña” quedó registrada en el documental Werner Herzog Eats His Shoe, de Les Blank, y puede encontrarse un fragmento del mismo en Youtube. “Estoy orgulloso de él (de Morris), y de mí mismo porque lo empujé un poco a esto. Comer un zapato es una tontería, pero valió la pena. De vez en cuando debemos ser lo suficientemente tontos como para hacer cosas así.” Y cierto es que haber impulsado a uno de los mejores cineastas del mundo es un buen motivo para enorgullecerse.

Diego Faraone – Brecha.com.uy

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Una respuesta

  1. nico plá

    Herzog capo absoluto, comentario que no aporta mucho pero desahoga, me. Lo que sí podría acotar que el Dieter de The White Diamond no es el mismo que el de las otras dos.

    Saludos!

    octubre 27, 2010 en 1:27 pm

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