Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

psycho killer, qu’est-ce que c’est?


Jonathan Demme – Stop Making Sense (1984)

“La música, al igual que el baile, no tiene porque tener sentido” – David Byrne

Un boombox, las pimeras notas de “Psycho Killer”, un escenario sin decorar, y el rostro extravagante de David Byrne. Una apertura perfecta a uno de los documentos musicales más importantes de los últimos años. Los Talking Heads estaban de gira en 1984, y el genio musical de Byrne había decidido hacer algo distinto con la música, un espectáculo visual que recaería en las manos del experimentado Jonathan Demme.

Y que mejor que Demme para dirigir este excelente concierto, un hombre ya con experiencia en registro con otros grandes artistas. Neil Young, Robyn Hitchcock, ya habían pasado por el lente de Demme, más conocido por la magistral El Silencio de los Inocentes. En este documental, también es más que un simple espectador, su cámara sirve para registrar este show que destaca por todos sus elementos, que como mencionara Byrne, no tienen mucho sentido, pero que encajan perfectamente en el despliegue visual.

Durante las primeras canciones del documental, Byrne despliega todo su talento corporal y músical, bailando espásticamente al ritmo de la música en Psycho Killer, entonando “Heaven” con una sensibilidad única, mientras que el escenario va siendo armado y los miembros de la gran banda entran en escena. Este es el primer elemento que destaca a Stop Making Sense de otros documentales musicales: La performance visual está plenamente conectada con la musical, pero no solo mediante pantallas de cine e iluminación, sino mediante el movimiento contínuo del escenario, como si fuese un ente con vida.

La luz es otro elemento que funciona perfectamente en el show. La iluminación rojiza y la proyección de palabras, las sombras que se proyectan sobre el escenario, el sujeto con el tacho de luz recorriendo a los personajes del concierto, la calidez e intimismo cuando Byrne coloca una lámpara en el escenario… todo conjuga perfectamente con los temas, como si fueran una extensión de los mismos, destinados a ser presenciados por el afortunado público.

Byrne se roba el show constantemente: Su mirada psicótica, sus bailes desenfrenados, su corrida alrededor del escenario, ese traje gigante que lo come por completo (una metáfora perfecta de como el mundo corporativo nos devora de a pocos), todos aquellos elementos que lo hicieron un showman de primera en esos años están más que presentes en este show, y Demme tiene el ojo para hacer que sus cámaras se centren en él, en su performance, en todos aquellos detalles que con otro director pasarían inadvertidos.

Es una música intensa, que contagia el cuerpo e invita a bailar. Talking Heads fue una de las mejores bandas de su época, y durante toda su discografía mantuvieron una regularidad que pocas veces se ha visto en la historia del rock. Aquí, estan definitivamente en su mejor momento, con una entrega e intensidad inigualables. Take Me to the River, Girlfriend is Better, Psycho Killer (acústica), Heaven y Burning Down the House están entre los mejores momentos del show.

Alguien, no recuerdo quién, dijo una vez: “la música de los Talking Heads es la única música hecha por blancos que puede hacer bailar a los negros”, y eso se cumple cabalmente, sobretodo con los invitados del concierto que despliegan una energía que contagia a todo el auditorio, sobretodo en el clímax del show. Byrne podrá ser el frontman, pero es también su banda la que hace de este momento memorable.

Demme, debo decir, es uno de los directores que más respeta al artista, y se nota en sus documentales. Hasta en su último trabajo, “Rachel Getting Married”, tiene el buen tino de utilizar una canción en vivo de Robyn Hitchcock en su totalidad, lo que es un movimiento arriesgado y francamente pocas veces visto en el cine norteamericano. Tal es el amor que tiene este director por los artistas con los que colabora.

Para resumir, me quedo con este comentario del film: “Stop Making Sense tiene la cualidad de atraparte desde el principio gracias a una soberbia introducción/interpretación del clásico Psycho Killer y de no soltarte hasta el clímax final, ese en el que el público ya ha abandonado sus asientos y está bailando cada una de las piezas del grupo. Del concierto, sin embargo, me quedo con la alucinante energía que brota de la voz de David Byrne, un cantante al borde del colapso que en esta película alcanzó su cumbre, tanto a nivel vocal como visual (sus bailes, carreras, coreografías y miradas son tremendos ejemplos de una puesta en escena ejemplar). Con todo, la realización de Johnatan Demme es perfecta y ayuda a disfrutar aún más de este cancionero irrepetible, respetando la música del grupo como nadie lo ha hecho nunca (quizás Scorsese en The Last Waltz) y dando el protagonismo siempre al artista, no a los encuadres. Una delicia para melómanos.”

José Sarmiento Hinojosa

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