Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

La muerte de Orson Welles no hizo llorar a Hollywood


«Una película no es nunca buena si la cámara no es un ojo en la cabeza de un poeta»,

La última aparición pública, perturbadora y casi cinematográfica, de Orson Welles que recuerdo se debió a un spot publicitario de la televisión. Entre serpentinas navideñas, el viejo niño prodigio, con una copa burbujeante en la mano, anunciaba un cava catalán, mientras en un castellano rudimentario decía: «Soy Orson Welles, felices fiestas con…». El corpulento Welles alzaba su copa y sonreí a con la misma malicia con que su inolvidable personaje Harry Lime, de El tercer hombre, justifica la matanza que él mismo había organizado, comparándola con la banalidad del reloj de cuco. Todos vimos al Welles joven de aquella famosa película. Basta recordarlo huyendo por las alcantarillas de Viena, perseguido por su amigo Joseph Cotten y muriendo.

En sus últimos años, el maduro Orson Welles, llegando incluso más lejos, se complacía de su propio tonelaje, su obesidad era la bandera de su saber vivir, la prueba de su amor confeso a los vinos españoles y a la buena mesa. ¿Qué otra cosa mejor puede hacer un artista cuando a los veinticinco años ha revolucionado el cine moderno? Saber vivir y acostumbrarse a ser leyenda en vida ha sido la consigna de este superdotado que, el 10 de octubre de 1985, fallecía de muerte natural en su casa de Los Angeles, a los setenta años; tras una recientes dolencias cardíacas y diabéticas generadas por la obesidad y los años. Como el protagonista de Ciudadano Kane (1941), su primera y principal obra maestra, Orson Welles ha muerto en su propia cama, durante la noche, sin alardes y quién sabe si pronunciando el gran misterio de su vida con una palabra tan mágica como Rosebud, el trineo perdido de Charles Foster Kane.

A diferencia de la gran parafernalia desplegada por Hollywood ante la desaparición de su dócil Rock Hudson, la muerte de Welles no ha movido la tierra y la industria ha reaccionado con indiferencia, mientras en Europa algunos se rasgaban las vestiduras. El propio cineasta fallecido, refiriéndose a las vicisitudes que envolvieron el rodaje de Ciudadano Kane, lo había declarado a los periodistas: «Mis problemas con Hollywood empezaron antes de que yo llegara allí. El verdadero problema era el contrato de absoluta carta blanca que me firmaron antes de ir. En aquel momento se montó una especie de máquina contra mí y nunca me he recobrado de aquello, porque jamás he logrado un enorme éxito de taquilla. En el momento que uno logra ese éxito, todo se lo perdonan.»

Welles jamás perteneció a la fábrica provinciana y hortera de fabricar Oscars; fue un artista critico, izquierdista e independiente. «Lo malo de las izquierdas americanas -declaró- es que han traicionado para salvar sus piscinas». Dirigió, escribió e interpretó sus propias películas, lo que en el mundo del cine se denomina Trinidad. Su genio indómito hacia la industria hollywoodiense es ya una leyenda. Por ello Hollywood le expulsó del paraíso, cerrándole sus puertas durante los últimos treinta y dos años de la vida de Welles. Una leyenda sólo compartida, en décadas anteriores, por el gran Erich von Stroheim, autor de Avaricia y uno de los grandes innovadores del arte cinematográfico junto a David Ward Griffith, Creador total, Von Stroheim tuvo que emigrar a Europa y ganarse la vida como el malo de innumerables películas mediocres; en los carteles se anunciaba como «el hombre que a usted le gustaría odiar». La envidia de Hollywood hacia el verdadero talento quizá le había dado la idea. «En nuestra jerga -explicaría Stroheim- «trinidad» significa que guionista, director e intérprete están conjugados en la misma persona. (…) Es un trabajo gigantesco. De hecho, el productor Welles ha permitido sin protestar, al director Welles realizar el proyecto del guionista Welles, y hacer lo que quería el actor Welles».

Para los mercachifles de la Fábrica de Sueños, la venganza de Orson Welles ha sido demasiado terrible. Cuando en Francia dirigió El proceso (1962), basado en el libro de Kafka, el crítico norteamericano Andrew Sarris escribió un comentario que hoy, ante el desolador panorama cinematográfico norteamericano, parece una profecía cumplida: «El que Welles sea todavía, indiscutiblemente, el más joven (cuarenta y siete años) de los grandes directores americanos es un síntoma de la decadencia de la industria en su conjunto. Se puede afirmar ahora que los filmes de Welles son menos americanos que europeos y que dentro de diez años más o menos puede que no haya cine americano de gran significado artístico.» Los hechos le han dado la razón. Como botón de muestra, basta mirar las carteleras con sus monstruitos, sus rambos y sus niños repelentes.

El engranaje cinematográfico americano provocó la fuga de uno de sus mejores y más incómodos cerebros, el exilio del hombre que transformó el cine. «Si los años treinta pertenecían a la gracia sutil de Lubitsch (austriaco de nacimiento), los cuarenta pertenecen a la resurrección wellesiana» de las portentosas angulaciones -añade Sarris-. La década de los argumentos dejó paso a una década de temas, y el cine americano perdió para siempre su inocencia». Porque, en palabras de Georges Sadoul, «Welles revolución o la técnica del film, volviendo a utilizar medios ya conocidos decorados con techo, imágenes en claroscuros, planos secuencia, profundidad de campo, vuelta atrás, etc.-, pero uniéndolos para darle un sentido nuevo. Faltaría algo al cine de no haber existido este niño prodigio a quien le gustaba caracterizarse de viejo».

Mariano Sánchez Soler, Tiempo, 22 de Oct de 1985

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