Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Un Pie Sobre el Vacío


 

 

Jean Pierre y Luc Dardenne – El Matrimonio de Lorna (Le Silence of Lorna, 2008) 

 

Los hermanos Dardenne son un proyecto común, uno que se extiende desde sus leit motiv temáticos —esa idea de completar un fresco de los bajos fondos belgas—, pasando por un tratamiento formal común —el estilo sumamente emotivo con una paradójica apariencia documental—, hasta llegar al hecho de trabajar siempre con la misma gente —al drogadicto de El matrimonio de Lorna lo interpreta Jérémie Renier, el actor que en La promesa (1996) fue un niño trabajador y que en El niño (2005) hizo de un vago que vende a su hijo, por ejemplo—.

De manera que la idea parece ser, no realizar una película, sino un conjunto de ellas, cada cual como una entrada distinta, un matiz particular, dependiente, no obstante, de su relación con el conjunto. Y así habrá que entrarle…

El matrimonio de Lorna (Le silence de Lorna, 2008) se construye de a pocos. Otro rasgo distintivo en las películas de los hermanos Dardenne, por cierto. Como un documental, asistimos a la realidad. Es decir, obviamente no se trata de la realidad, sino de una puesta en escena más o menos espontánea (a veces filman sin ensayos, la intención queda clara).

Mediante una cámara por momentos muy cercana, intrusa en algunos casos, penetramos en la intimidad de Lorna, una chica que trabaja para ganarse la vida. Llega a su casa, donde la espera un tipo de aspecto deplorable a quien ella trata muy mal…  

Poco a poco armaremos de qué va todo: Lorna es albanesa, se ha casado con el yonqui belga, tiene un novio llamado Sokol, con quien quiere poner un bar, pero para eso necesitan plata, y entonces entra el ruso, que les dará mucho dinero por la recién adquirida nacionalidad de Lorna.

Es decir, quiere casarse con ella. Luego las cosas se complicarán, su equilibrio siempre fue precario, por decirlo menos. Sin embargo, la progresión no es la del guión clásico, no se ajusta necesariamente a una causa-efecto que pugna por ser comprendida con la mayor claridad, sino más bien parece acercarse al azar del documental. Ok, no lo es, pero parece que lo fuera. Ahí está la gracia. Palma de Oro al mejor guión, dicen.

Los hermanos Dardenne vienen ganando bastante en Cannes y cabría preguntarse por qué. Siempre hacen básicamente lo mismo… ¿Será que hay fórmulas que no se gastan? O: ¿que justamente sus películas funcionan por acumulación, que no basta con una sino con varias, que necesitas más para asomarte a ese panorama tan particular que ellos te están ofreciendo?

En parte se debe a que a los franceses les encanta este cine “social”, pero el otro sentido se refiere a la segunda pregunta. Como las papitas lays o el maní o cualquier otro tipo de snack, si te comes una, quieres otra y otra, y otra…

Y otra pregunta: ¿para qué la máquina funcione las películas deben mantenerse bajo estándares de calidad medios? Quiero decir: así como no puede haber ningún bajón tampoco resulta posible destacar, el minimalismo y el juego entre la sequedad de los recursos y lo emotivo del discurso, la marca registrada Dardenne, ¿se torna un corsé? Como el Dogma 95, que nadie cumplió ni siguió al pie de la letra y que por eso dio alguna que otra buena película, los Dardenne deberían abandonar el método pese a todo.

El problema con El matrimonio de Lorna es su final. Los primeros tres cuartos de película cumplen con todos los requisitos típicamente Dardenne, pero poco a poco la ambigüedad crece hasta coparlo todo. Lorna, la protagonista, se aleja emotivamente de la realidad. Empieza a desear lo que no existe con una fuerza que tampoco existe.

Si las películas de los Dardenne se caracterizan por lo gris y mediocre de los sentimientos de sus personajes, en Lorna destacan por su pureza. Un momento epifánico, cerca del final, a primera vista otro de sus rasgos clásicos, pero que se les va de la mano, ya no parece real, ya no parece documental, se ha tornado lírico, y en tal contexto luce cursi, excesivo. La empatía, al final de otros filmes suyos tan fácil, ahora se quiebra.

Entonces lo precedente, normalmente sublimado por la escena final, pierde el norte. Lorna luce demasiado impactada, ya no convence… No quiero decir que se trate de una película fallida, sino que falla en el contexto Dardenne, que cuando escapa del molde, nos parece fea. La intención ya no es el juego de equilibrista entre emotividad y sequedad, lo lírico e irreal ha ganado la batalla.

Se ha inclinado de pronto y uno siente miedo ante el desequilibrio que no conoce. Tal vez, de no ser una película marca Dardenne, la impresión hubiese sido otra. Hay que abandonar esa maldita tendencia al equilibrio, no temerle al exceso y dejarle los proyectos de largo aliento a Dios o a los presidentes.

 

Por Eugenio Vidal

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