Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Bastardos sin Gloria


 

 

Quentin Tarantino – Bastardos sin Gloria (Inglourious Basterds, 2009)

 

“Érase una vez, en Francia ocupada por los nazis. 1941”

Sería mezquino de nuestra parte desmerecer los logros de ésta producción, que como mucho podríamos criticar de excesiva o grandilocuente, basándonos en la falta de rigurosidad histórica que derrocha. Sin embargo, y Tarantino subraya éste aspecto repetidas veces, no hay ninguna intención de describir los hechos tal como sucedieron.

La fantasía histórica es un tono perfectamente válido, y la tenemos presente desde la frase que da inicio a la farsa: Érase una vez un cuento de hadas para adultos, protagonizado por los personajes del título, una suerte de grupo de élite judío-americano comandados por Brad Pitt con bigote y actitud matrera, que dispensa a los alemanes un trato igualmente violento que el que ellos, esto sí históricamente comprobado, proporcionaron a quienes declararon enemigos de su nación, en un rapto de estupidez del cerebro afectado de sífilis (esto también, históricamente comprobado) de su líder absoluto.

Tarantino goza planificando, guionizando y dirigiendo sus filmes con la pasión cinéfila cultivada en sus años tras un mostrador de video club, donde seguramente tomaba nota mental del aluvión de referencias con que sazonaría sus trabajos, especialmente abundantes en éste último. Los curiosos podrán identificar alusiones a galanes de los años 50, estrellas del softporno, del blaxploitation, al cine francés, al cine propagandístico alemán, a los Doce del Patíbulo y al western de Sergio Leone; además de la sesuda cátedra entre los miembros de las fuerzas británicas, a mitad de la cinta, acerca de los brillantes realizadores de la época y sus films, que superó por completo mi pedestre entendimiento del cine europeo.

Su sexto largo hasta la fecha presenta un sentido maduro de la filmación. El arte cinemático se expresa con máximo brillo en memorables momentos de tensión como la secuencia inicial,  perfectamente construida, con la dosificación creciente de la angustia hasta que la víctima, al inicio impasible, es destruida en virtud a la astucia de uno de los mejores villanos de los últimos años. 

 

La meticulosa planificación de un tiroteo que dura menos de quince segundos es igualmente impecable, y sus actores logran desenrollar esos impresionantes guiones que versan entre lo irrelevante y la palabra inesperada que acciona los gatillos cuando el espectador menos lo espera. Es en esta cháchara (insoportable para algunos) deliciosamente natural y derivativa (para la mayoría) que encontramos uno de los más queridos tópicos del realizador, casi siempre introductorias a las escenas de acción, la cual son también marca de fábrica, así como su comprobada tendencia a inflar las situaciones hasta hacerlas explotar.

En determinado momento se publicitó la película como una aparente historia lineal de venganza, con grandes dosis de violencia y hemoglobina, al mejor estilo del autor de Kill Bill, como sin mayores palabras anunciaban los primeros posters ([1]).

 

A cambio hemos recibido una epopeya tan descaradamente falsa como fascinante, cuyas escenas de violencia (en ocasiones gratuita, todo hay que decirlo) se equiparan a magníficas representaciones de época, resaltando la exquisita sala de cine donde se proyecta aquella nefasta película alemana, así como actuaciones impecables que tienen su más celebrado ejemplo en la encarnación del oficial SS Hans Landa.

“Me ha devuelto mi película” – Respondía Tarantino en una entrevista algunos meses atrás, en referencia al actor Christoph Waltz, recientemente ganador del Premio al mejor actor del festival de Cannes, que lleva adelante un personaje extremadamente complejo de interpretar: Carismático y odioso por partes iguales. Malvado en más de tres lenguajes diferentes. Sabes que es más listo que tú y sabes que te ha atrapado en un solo gesto de su rostro, mientras no deja de sonreir. Es una suerte que este papel no haya caído en manos de Leonardo Di Caprio, como aseguran algunos medios estaba planificado.

Villanos como éste se han caracterizado en la historia del cine por eclipsar a los supuestos protagonistas, en este caso, de por sí bastante débiles, constituyendo éste el punto menos favorecido de la película (junto a un intruso cameo de Mike Myers, que daba la impresión de estar por romper a carcajadas en cualquier momento). Con excepción de su jefe, los bastardos son caracterizados con algunos trazos interesantes, pero en general resultan en extremo superficiales, y algunos lamentablemente innecesarios.

Aquellos por los que nos hemos interesado, a pesar de las pocas líneas proporcionadas en relación a su pasado o el origen de su cólera, desaparecen de escena demasiado rápido y sin haber intervenido de manera significativa en la trama. Esto no deja de ser una molesta piedra en el zapato, sobre todo para un film que lleva en el título el apelativo de estos personajes.

No es posible dejar de mencionar la música en la obra de Quentin Tarantino. Un sentido único de la oportunidad le permitió desde siempre mezclar cosas como una escena de tortura con un pegajoso tema pop de los 70 ([2]) y lograr siempre resultados sorprendentes.

Un poco más formal es la partitura escogida para este relato, iniciando con la que algunos reconocerán como la melodía introductoria de la película El Álamo de John Wayne, y enlazando con temas emparentados con el Western Italiano y Ennio Morricone ([3]) ¿Podemos pedir más?

Como es costumbre, la crítica se divide con los trabajos de Tarantino. Quienes lo denuncian autoindulgente e intrascendental, y quienes lo aplauden diez minutos de pie tras el estreno en Cannes. Para quien escribe, un autor con letras mayúsculas, que sabe extraer su arte tanto del más valioso y premiado material como de los géneros oscuros y menospreciados del cine, logrando un producto único y novedoso, rico en matices, deliberadamente imperfecto. Es por eso que seguimos esperando con impaciencia estos engendros extensos, abstractos  y tremendamente entretenidos que nos obsequia cada tres o cuatro años.

 

Por Gonzalo Del Carpio Bellido

 


[1] Para quienes no los conocen:

http://www.ozutto.com/blog/posters-inglorious-bastards-pelicula-quentin-tarantino/

[2] La canción “Stuck in the Middle with You” durante una de las escenas más gráficas de su ópera prima.

[3] Tarantino pretendía encargarle música original al afamado compositor, pero éste estaba demasiado ocupado en sus recientes colaboraciones con Giuseppe Tornatore.

 

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Una respuesta

  1. Leonardo

    Muy buena redaccion!

    abril 14, 2010 en 11:58 am

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