Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Volver a Ver


 

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Kalil Joreige  y Joana Hadjintomas – Voy a Ver (Je Veux Voir, 2008)

 

Aunque Kalil Joreige y Joana Hadjintomas llevaran desarrollando una obra multidisciplinar durante diez años en la que cabe cine, video, fotografía, artes plásticas e instalaciones, su anonimato era completo hasta que en el pasado festival de Gijón se les dedicara una retrospectiva, con su libro correspondiente (El blanco de los orígenes: Cuaderno de Textos e imágenes sobre el cine de Joana Hadjithomas y Khalil Joreige. Gonzalo de Lucas (Editor), Festival de Gijón, 2008)  y se concediera el premio a como mejor película de no-ficción a Je veux voir. Su tercer largometraje.

A diferencia del resto de su obra, en el que el punto de partida radica en como aceptar las ruinas y vivir con sus fantasmas, la idea de Je veux voir surge de la experiencia vivida en 2006, cuando tras formar parte del FID de Marsella, no pueden regresar a su país porque acababa de estallar la Segunda Guerra del Líbano. Contemplarla desde las imágenes que ofrecía la televisión francesa supuso una experiencia tan impactante, al comprobar su naturaleza simplista, simplificadora y propagandística, que al finalizar los treinta y tres días que duro el conflicto, volvieron al Líbano con la intención de intentar construir imágenes distintas a las que habían presenciado.

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La esencia de su búsqueda giró entorno a preguntas como ¿Qué puede hacer el cine? o ¿Qué puede hacer la ficción en estos momentos? Por esta razón Je veux voir, no es una película sobre un desastre humanitario o sobre sus victimas. Sino sobre las imágenes que recibimos aquí desde otro lugar. Sobre cómo escapar de las imágenes informativas que  registran de igual manera un acontecimiento deportivo que un desastre humanitario. Y sobre todo en como construir nuevas imágenes que tengan identidad propia.

Para esta tarea escogieron a un icono de la cinematografía mundial como Catherine Deneuve por contener sobre su propia imagen una Historia. Que es precisamente lo que le falta al Líbano. A base de ser bombardeado mediaticamente ha perdido su imagen y ha delegado su Historia en la narración de los países que acudieron a informar de lo que allí estaba pasando. La forma de volver a restituirla supone insertar, en ese territorio todavía por narrar por algún Libanés, a una extranjera que contiene todas las posibilidades de Historia para que transmita en el viaje documentado que emprenderá con el actor Libanés Rabih Mroué una narración que posibilite el dar relieve a las ruinas en las en que ha quedado el país tras la citada guerra.

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Desde luego que Deneuve no guarda en secreto ninguna capacidad especial para enfrentarse a este acontecimiento. Pero sin embargo posee un deseo, que expresa en voz alta en el momento inicial del metraje con la frase que da titulo a la película. “Quiero ver”. Ese deseo es el que la hace seguir a Rabih tanto por las calles de Beirut, como por lugares alejados de la capital por donde la conducirá. Haciéndola ver. Para que ella haga ver a los directores y para que los directores nos hagan ver a nosotros. Sin buscar una delegación de la mirada. Dándonos la posibilidad de hacerlo junto con ellos.

Estamos acostumbrados a cierto tipo de cine social, donde un director acude a un lugar en conflicto, dibuja un escenario, identifica a los buenos y los malos, construye una fábula moral,  y acaba por lanzarnos el mensaje para concienciarnos de algo sobre lo que solamente podremos estar a favor, porque sino seremos poco menos que unos fascistas.

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En Je veux voir se rompe con esta idea monolítica de afrontar un problema del presente acudiendo a él con la necesidad en un otro. Los directores, aún siendo originarios del lugar, necesitan de otro que les enseñe a ver de nuevo. Evitan caer en el punto de vista único, y hacen ver a través de la relación con un tercero lo que ni siquiera ellos saben que está ahí. Lo intuyen, sienten su latencia, pero no saben lo que se van a encontrar.

Hay una escena muy hermosa que ejemplifica este sistema. Rabih y Catherine llegan a la aldea donde nació el primero. Los dos deambulan por la zona (ni siquiera hay calles). Deneuve no ejerce de embajadora impostando un falso interés. Tampoco se recogen testimonios de la gente que vive allí. Simplemente caminan por el lugar, siendo la imagen de Deneuve algo inmanente a las miradas de las gentes del lugar. Centrada la atención sobre ella, la cámara quedará libre para registrar (sin alterar lo real) las reacciones, expresiones y comportamientos espontáneos e improvisados de las gentes mientras miran.

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Si construir ninguna ficción, se nos revela el miedo y la desconfianza ante la figura extraña. Sus sentimientos son recogidos de forma real, gracias a este sistema de lo indirecto.

Lo que se ha construido en esa escena es la misma contingencia de la mirada que servirá para cuestionar, en otras paradas del viaje, lugares del imaginario informativo donde se construyeron las imágenes que vieron millones de personas, a través de la propia imagen. Con imágenes que se cuestionan a si mismas para huir de ese juego de la unilateralidad que ofrece tanto la imagen informativa como el cine social contagiado por la actualidad. (Pienso en películas como Camino a Guantánamo, Los Limoneros).

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Como ocurre en la primera parada de su viaje. En un edificio en ruinas utilizado miles de veces por los periodistas como ejemplo de lugar sobre el que se cebaron los ataques enemigos (Israelitas). Allí, con una serie zooms y cortes en la continuidad debidos a que un supuesto soldado (al que oímos en fuera de campo) trata de impedir filmar al equipo de rodaje, se cuestiona esa imagen del imaginario colectivo a través del propio lenguaje cinematográfico.

Nos hacen ver de una manera nueva lo que vimos en los informativos durante gran parte de los treinta y tres días que duró la guerra. Como posteriormente sabremos, ese edificio no recibió ninguna bala y su estado ruinoso solo correspondía al paso del tiempo y a la dejadez de sus propietarios

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Por último cabe destacar que en el año 2008 se estrenaba Vals con Bashir (Ari Folman), primer documental animado en el que un soldado trataba de recobrar la memoria de lo que había pasado en la Primera Guerra del Líbano de 1982 a través de sus compañeros en el ejército. Si sorprende que las dos películas acudan a el Líbano y que además recurran a la otroreidad para tratar de hacernos ver lo que permanece latente, aún lo es más su impulso de crear nuevas imágenes con las que acercarse a un estado de excepción, huyendo de mejorar lo real con su representación, para intentar  crear una contingencia en la que sea posible una relación entre espectador e imagen de forma sincera, donde no haya cabida para la propaganda, la obligación de tomar posición ni un juicio por acusación.

 

 Por Ricardo Adalia Martín

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