Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

La Infancia Suspendida


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Andrei  Zvyagintzev – El Regreso (Возвращение, 2003)

 

El regreso, la primera película del director ruso Andrei Zvyagintsev, fue lanzada en el 2003, y se hizo acreedora del León de Oro del Festival de Venecia. Hecha con un presupuesto mínimo, fue sin embargo un éxito relativo, y fue reconocida por los críticos alrededor del mundo. Su trama es sencilla: dos niños ven regresar a su padre tras una inexplicada ausencia de doce años, y consienten con que él, también sin excusa, se los lleve de paseo a una isla lejana. ¿Por qué vuelve? ¿Adónde los lleva? ¿De qué se trata, al fin, el filme? Como toda gran obra, El regreso no se presta para interpretaciones únicas. En su ambigüedad residen su belleza y su poder.

La película empieza suspendida en el tiempo y el espacio. Una imagen de agua en movimiento, un paseo bajo el agua sobre una barca hundida. Niños nadando. Imágenes que parecen del fin del mundo: una playa larga y rocosa, un faro al final. El espacio está vacío y la pantalla se llena únicamente con imágenes de fluidez, vaivén del agua. Un niño que se niega a saltar de una torre abandonada, teme, se queda allí cuando ya todos los demás se han ido. Su madre llega para ayudarlo, lo consuela. La escena de los títulos: se nos introduce a los dos hermanos, que corren desde la nada y hacia nada. Están perfectamente suspendidos en el tiempo y en el espacio, y ese de este punto que parte toda la película. Precisamente, es la suspensión el mayor valor de El regreso, lo cual detallaré más adelante.

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Ambos niños están en la irresolución con respecto a su vida, no hay respuestas para muchas preguntas que apenas se atreven a formularse. Su madre está apenas conectada con ellos, aunque los ama y los cuida; está convencida de que necesitan un padre, con suerte aquel que los dejó desde un principio. Hasta entonces, hay que recordar, solo había sido una postal envejecida guardada en el ático, un vestigio de una época recordada a medias por los hermanos. El menor, Iván, se aferra más a esta memoria, la conserva como un tesoro y una esperanza, y siente que toda su inseguridad (no querer saltar es solo un síntoma más) se vería aniquilada por el padre mítico que ha construido con su hermano.

Cuando aparece el hombre real, lo hace de forma misteriosa, en una escena bellísima que como muchos han señalado, se inspira en el Cristo Muerto de Mantegna, tendido sobre la cama de la que fue su casa, en silencio, dormido. Esta asociación con Cristo no es, por supuesto, accidental, menos aún tomando en consideración que esta vuelta del padre es prácticamente una resurrección, una vuelta de un pasado sumido en la oscuridad absoluta. Los hijos no se atreven a molestarlo. Desde ya el padre se presenta como una figura alusiva y enigmática, fundamentada sobre la inestabilidad y la incertidumbre (el viento hace volar una pluma sobre su cuerpo; la luz lo baña como agua).

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Sin embargo, el padre es recibido prácticamente con los brazos abiertos, a pesar de protestas inferidas por parte de la abuela de los niños y uno de los hermanos. Él llega y se sienta en la cabecera de la mesa, es a quien le sirven, quien reparte la comida, quien se arroba derechos por sobre los demás como condición fundamental de ser el padre, aunque haya en teoría renunciado a esa posición. Su denominación y su condición biológica, y sobre todo la ausencia real de cualquier figura que pudiera cuestionarlo realmente, hacen que sus actitudes sean permitidas y toleradas, vistas como naturales.

Incluso, deseables por los niños impresionados, que necesitan de una figura fuerte como él y que han siempre anhelado su regreso. Que el hombre material no sea tan avasallador ni benigno como se habían figurado el del recuerdo no importa, porque ha venido, ha impuesto su orden, ha repartido la comida él. A través de sus manos, ellos reciben la comida, aunque él no la ha ganado, no ha aportado nada a la casa en la que se celebra este banquete por el regreso. Se queda en la casa sin que sepan por qué.

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Los niños están felices cuando se les propone hacer un viaje con su padre. Su casa es pobre, aunque estable, situada en medio de un paisaje en ruinas. La localidad se pinta como un sitio olvidado por el tiempo, un vestigio de la Rusia soviética en medio de la nada, olvidada por el tiempo. Así que salir de ello, romper con la monotonía de los paisajes internos y externos, se hace muy atrayente para ambos niños.

Aunque Iván lo hace con reservas, no está dispuesto a entregarse al padre que ha regresado, duda. Quiere viajar, claro, y lleva su cámara para capturar momentos al azar de paisajes que nunca ha tenido la oportunidad de conocer. Pero duda de su padre, cuestiona su realidad, sobre todo porque no se parece mucho a la idea que se había forjado de él, en muchos aspectos.

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El viaje da inicio, y será un poco accidentado. Una serie de “ritos de pasaje” aparecerán en medio del camino para ambos chicos, que serán abandonados a su suerte en estas pruebas por su padre, quien ve desde lejos, desde la distancia de su anonimato y sus propósitos indefinidos. Aquí es cuando el relato se convierte en una especie de fábula, relato intemporal que apela a todos y a ninguno, en su generalidad.

 Todos hemos sido padres así, hijos así, o nos hemos sentido así. Por ello las interpretaciones sobre el padre son varias: hay quienes ven en él el fantasma del comunismo, una figura del patriarcado ruso, y en las mujeres y los niños la nueva Rusia, la nueva generación que ve sin reconocer las ruinas de su pasado desastroso. A través de las carreteras solitarias y los lagos interminables, los niños crecen poco a poco enfrentados con pruebas que estar junto a su padre les impone.

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 En una escena muy tensa, el automóvil en que viajan se atasca en el lodo, y entre los tres hombres deben sacarlo. El hijo mayor se entrega con presteza a las direcciones de su padre, pero el menor, Iván, que ha resentido todo el tiempo éste regreso imprevisto, desobedece, no cumple. Así que es castigado, se le deja al lado de la carretera en medio de la lluvia, pues manifiesta que no quiere continuar el viaje así. Aquí, la infancia entra definitivamente en un limbo. Es decir, Iván no quiere y no puede dejar de ser un niño; le falta mucho para madurar, no es valiente, no es fuerte.

Desea hacerlo para complacer a un padre que no merece realmente que lo complazcan. Queda suspendido entre dos posibilidades: abandonar al padre y todo su recuerdo (lo único estable en su vida, aunque paradójicamente sea un recuerdo difuso y una serie de sueños), sumergirse en la orfandad, o entregarse a una masculinidad incierta, forzosa y dudosamente fundamentada en el padre misterioso. Por ello le incomoda la rapidez con la que su hermano mayor toma su decisión, porque no puede creer que a alguien se le haga tan fácil.

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Esta suspensión del tiempo, de la edad mental, y de los deseos de los personajes se representa en todas las formas cinematográficas. A través del relato, sí, pero también a través de la composición de las escenas y la edición. El encuadre tiende al vacío, tiende a la rarefacción del espacio, a empujar fuera de sí todo elemento aparte de los personajes. El paisaje desocupado y en movimiento refleja la cuerda floja sobre la que caminan la trama y los personajes, como una inseguridad sobre hacia dónde avanzar (no hay a qué aferrarse).

Aquí, como las imágenes-tiempo de Gilles Deleuze, las imágenes dejan de estar solo en el presente. Tienen una densidad temporal, un pasado detrás de ellas y un futuro también. Pero aquí el presente está en ese estado de suspensión al que me he referido antes, y es a la vez una imposibilidad y una amalgama de posibilidades, de opciones, de sensaciones intemporales. Es decir, Iván sigue esperando a su padre estando a su lado; los hermanos siguen estando solos cuando acampan con el hombre; Iván se sienta a llorar esperando que el padre llegue cuando el padre lo ha dejado junto al puente. Es darse cuenta de la barrera con la que ha topado, la necesidad de decisión, lo que le derrota y diluye su interior.

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Más aún, como habla Deleuze, precisamente, se viaja en el tiempo pero no en el espacio, aunque sea un viaje por la carretera. El viaje es volver a vivir los doce años de ausencia más que dirigirse a un espacio físico determinado (de hecho, a nadie le importa adónde los lleva). La percepción de Iván se vuelve una y otra vez sobre su padre, expandiendo su memoria y sus deseos, sus sueños y sus frustraciones, de modo que el avance en el camino no lleva a ninguna parte más allá de lo que Iván permite. Es como si cerrara los ojos al mundo por un momento para entrar a su mundo interior. De hecho, el director introduce otro elemento que funciona como enigma, como agujero negro, como abismo separador entre la infancia y el futuro incierto de los niños: la caja misteriosa que encontrará el padre en la etapa final del viaje.

Es una promesa de explicación, una expectativa de respuesta que no se verá cumplida en su totalidad. Es una no-respuesta que actúa como respuesta; al menos, rellena el espacio y facilita el salto de Iván hacia una decisión. Una decisión sorpresiva, claro, un final cataclísmico en el cual la infancia hasta ahora suspendida habrá de hacer su salto definitivo hacia una decisión, la que sea. Iván se fortalece a través de lo que debería destruirlo. No hay necesidad de describir las escenas finales, que además simplificarían demasiado la trama y banalizarían esta sensación de vivencia en el tiempo y neutralizarían la fluidez del filme. Tras el final, todo queda devastado adentro y afuera.

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Fragmentos del viaje, representados por las fotografías que ha tomado Iván (por otra parte bellísimas imágenes finales), son el puente a través del cual se neutraliza el abismo, se salta definitivamente desde el pasado y se hace el viaje final, desde ser un niño hasta ser un adulto. Uno muy diferente del que querían el padre, la madre, el otro hermano. Uno propio y único a Iván. Zvyagintsev ha descrito el filme como el viaje del alma desde la Madre hasta el Padre. Esto es, desde un estado primario, pasivo, indeciso, a uno estable, firme, activo, o al menos, así interpreto yo estas palabras y el viaje de Iván a través de sí mismo.

Hay que ver, experimentar El regreso, porque su propuesta es ser una experiencia individual para cada espectador. Vista “desde afuera”, revelará inconsistencias de trama, debilidades de personajes, errores de producción, demás cosas que enturbian la pureza del filme. Experimentada desde adentro, es un viaje; no a través de la hora y media de filme, sino a través del interior de los personajes, bajo el agua misma de nosotros también. Explora en lugares de nuestra mente que solo el cine puede alcanzar en esta forma.

 

 Por Fernando Chaves Espinach  

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