Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

A Cuchillazos Aprendimos


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Abel Ferrara – El Asesino del Taladro (The Driller Killer, 1979) 

 

The driller killer (1979) es un slasher film. Observa la transformación de su protagonista en un monstruo asesino, uno que debe emplear algún tipo de arma punzo-cortante. Pues estos dos aspectos constituyen los rasgos fundamentales del género: la  mutación psicopática y el cuchillo. En The driller killer, un pintor enloquece y comienza a matar vagabundos con un taladro.

Abel Ferrara, el director, también es Reno, el pintor asesino. Uno a uno, cada suceso o símbolo nuevo lo volverá un poco más loco, hasta que eventualmente se precipite en su vorágine homicida, que a la postre es lo que esperamos ver. Así son los géneros: predecibles, pero justamente en esas convenciones reside la gracia, como decir “veamos quién lo puede hacer mejor”.

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La primera ocurrencia se da en una iglesia, donde un viejo de barba que parecía rezar le agarra de improviso la mano, a lo que Reno sale corriendo, llevándose a su novia, Carol, que se halla a la entrada. Luego en un taxi niega conocerlo, a pesar de que el tipo tenía un papel con su nombre y teléfono. Reno cree que se trata de su padre perdido, pero le grita a Carol que simplemente era un vagabundo.

Apenas empezado el film, un acto de paranoia desconcierta. Pero será únicamente el primero. Poco a poco, las fantasías homicidas de Reno comenzarán a tomar forma y a absorberlo por completo. A la mañana siguiente, Pamela, la otra chica que vive con ellos, intenta hacer un agujero en la pared con un taladro. Pero como la chica es una yonqui que siempre parece encontrarse pasada, Reno lo hace por ella. Y más tarde, soñará con el poder del taladro y con un misterioso hombre de barba.

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Por otro lado, Reno se queja de los vagabundos que viven alrededor de su edificio. No los soporta. Además, las deudas lo agobian. Debe terminar un cuadro que lo obsesiona, porque mientras no lo haga no tendrá dinero. Le pide un adelanto a Dalton, un gay dueño de una galería de arte, pero éste se lo niega, arguyendo que ya le ha prestado bastante dinero. Ya en este punto, Reno vive en constante desesperación, y tres variables dan vueltas en su cabeza: taladro, vagabundos y sangre.

Al día siguiente, Tony Coca-Cola y los Roosters, una banda de punk-rock de amigos de Pamela, se mudan al edificio de Reno. Entonces, aparece una nueva obsesión que no deja descansar a Reno: la bulla que éstos hacen con sus ensayos. Y sin dinero, no puede salir de casa. De manera que Carol, Pamela y Reno se la pasan viendo televisión y un comercial llama particularmente la atención de este último: promocionan un cinturón de baterías, que convierte en portátil cualquier aparato eléctrico, como por ejemplo un taladro.

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Más tarde, a las dos de la madrugada, Reno trata de pintar, pero no logra concentrarse por el ruido de la banda. Entonces llega el primer colapso: se imagina a sí mismo cubierto de sangre, una imagen que lo perseguirá constantemente. Decide salir para despejarse y encuentra un vagabundo y se le acerca. Pareciera que va a hacer algo, pero no. Una pandilla pasa a su lado y el laberinto lo disuade. Simplemente se jura a sí mismo nunca ser como ese vagabundo ni como su padre.

El guión va, pues, sembrando momentos o símbolos de su tránsito a la locura. Se conjeturan relaciones entre el padre de Reno y el odio de éste hacia los vagabundos. Además, elementos como el cinturón de baterías o el propio taladro aparecen como casualidades con mucho sentido. Sin embargo, el ansía asesina en Reno aún no queda del todo patente, no pasa de un flash en el que se ve cubierto de sangre, pero que rechaza. Hasta ahora.

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Porque su cólera, desesperación o locura resulta obvia cuando acuchilla el conejo que su casero le regala. En lugar de cocinarlo, lo acribilla. Porque su siguiente movimiento será comprar el cinturón de baterías, encontrar un vagabundo y taladrarle el pecho. Ahora sí, Reno es completamente el asesino del taladro. Pero debe matar más, el género así lo exige. El siguiente paso será la carnicería. Lo que importa es ver qué tal queda.

Esa misma noche, Carol, Pamela y Reno van a un concierto de The Roosters. Ahí Carol le reclama a Reno que ya no es el mismo. Le dice que antes, por ejemplo, disfrutaba los conciertos. Su relación se está desmoronando: un buen motivo para matar.

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Reno regresa a su apartamento, recoge el cinturón y el taladro y comienza a taladrar vagabundos a diestra y siniestra por las calles. Empieza con uno que duerme en el suelo, luego otro en la estación del metro, de ahí uno más que bebía en la calle.

Llega a una parada de bus donde hay un loco que molesta a dos personas que esperan. Una vez que éstas se van, taladra al loco por la espalda. Después ataca a otro vagabundo que duerme en el suelo, y finalmente, el último ya, cierra con una genial perforación en la frente en primer plano.

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La película no acaba ahí. Hay otros conflictos argumentales y otras buenas muertes. Sin embargo, nadie pretende contar el final y, sobre todo, en este punto se cumplen con los requerimientos del género slasher: ya asistimos a la transformación del hombre en monstruo, ya apreciamos el poder de su arma. Hora de darnos por satisfechos.

 

Por Eugenio Vidal 

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