Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

XIII Festival de Cine de Lima: Las Críticas


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Tiro en la Cabeza de Jaime Rosales

 

Ernesto Sábato, mi padre

¿Qué puede salir de un documental dirigido por un hijo sobre su padre? Más allá de que el trabajo lo realice la persona que más conoce al personaje de su proyecto, puede llevar a cabo un material que se ame o que se odie. Felizmente lo hecho por Mario Sábato produce lo primero. Corre un riesgo un hijo cuando centra su película en el padre, más aún si el progenitor es famoso y peor si el cineasta en cuestión no se considera preparado o apto para ejecutar una obra digna, resaltante. Uno de los temores de Mario era ése, también advertía que su cinta no se empeñaba en brindar la imagen intelectual, literaria de Ernesto Sábato; sino todo lo contrario, ofrecer a la persona tal cual la visualizaba e identificaba él.

Yo sólo indico que eso no debe ser visto como un lastre per se. Incluso después de apreciar la película, estimo que ese enfoque y planteamiento que parte del guión y luego se plasma en la filmación, resulta sobresaliente, gratificante, ya que nos otorga la ocasión de observar facetas desconocidas del autor de Sobre héroes y tumbas y, lo que es más importante, nos hace descubrir su lado humano.

De esa forma, Mario nos conduce a una trayectoria vital rica en experiencias, poseedora de muchas anécdotas familiares, desarrollada en diversos campos y aficiones (somos testigos de la poca difundida obra pictórica de don Ernesto), su activismo social y su rol como defensor de los derechos humanos, etc. En fin, conocemos al padre y éste se nos presenta sensible, capaz de conciliar y unir en sus intereses y background las nociones muchas veces rivales de lo culto con lo popular y, obviamente,  en varios pasajes nos encontramos privilegiados con las reflexiones inteligentes o precisas que expresa.

Por Alfonso González Vigil

 

Gasolina

Esta cinta guatemalteca desde su gestación (había ganado la categoría Cine en Construcción del Festival de San Sebastián) ya generaba polémica y polarización en el juicio valorativo de la obra. Ya exhibida la cosa no cesó; al contrario, ha aumentado al nivel de suscitar en algunos espectadores que se deteste lo visto o que se lo admire. Pareciera que si Gasolina produce extremas, encendidas y diferenciadas apreciaciones, se debe entonces a que contiene alguna genialidad el filme. No me atrevería a llamarle genial, pero algunos aportes, méritos, solvencia y virtud ofrece esta trama sencilla que explora los conflictos y experiencias límites a las que se entregan tres adolescentes.

Muchachos que no se plantean ningún dilema moral en gozar la vida; por ello no es de extrañar que roben gasolina, la cual utilizan para suministrar de combustible al auto con el que se movilizan por las noches. El auto no es un transporte cualquiera, en primer lugar es el auto de mamá y en segundo lugar, sin él no podrían buscar distracciones. Con justicia a estos chicos se les consideraría inconscientes, pues se adentran en el mundo nocturno sin medir las consecuencias. Cada situación riesgosa que se les presenta, pone a prueba la amistad de este grupo, evidencia las debilidades de uno y otro pero manifiesta un concepto positivo entre ellos: la solidaridad, aunque el sentido de ésta no queda libre de particularidad y de exigencia que contempla visos suicidas o de posible abnegación.

Lo rescatable radica en la soltura de la trama con momentos que acontecen de manera desenfadada, incluso dinámica. La narración también brinda a ratos esa atractiva energía. El defecto es que nunca termina por mantener un tono en conjunto. No sabe equilibrar los tiempos muertos con los de acción. Irrumpe, se percibe abrupto con cada registro.

Por Alfonso González Vigil

 

Huacho

La película del chileno Alejandro Fernández nos cuenta de un modo peculiar un día en la vida de una familia habituada al campo. Vemos las actividades que desarrolla una familia de cuatro miembros para subsistir o para superarse como personas. La abuela Clemira que vende quesos, el abuelo Cornelio que recolecta madera en los rincones naturales del campo, la mamá Alejandra que cocina para un local turístico y su hijo Manuel que siempre emprende un largo recorrido para llegar a la escuela. El ambiente rural donde provienen los personajes está ubicado a orillas de Chillán, al sur de Chile. El filme de manera osada, astuta y, sin caer en la fácil denuncia o un discurso maniqueo, expone las diferencias entre el campo y la ciudad; las necesidades que exige un medio abandonado frente a la ciudad consumista.

La tradición y la modernidad se enfrentan. Mientras el abuelo evoca con espontaneidad y no exento de orgullo sus vivencias ligadas a la zona rural; el nieto, en cambio, desea un futuro distinto. Se ve presionado en parte porque en su clase se le trata distinto por no pertenecer a la ciudad y despectivamente le señalan que debe realizar actividades propias del campo. Ese tipo de confrontación generacional, además del enfoque social (y prejuicio) registra Huacho. Mientras las imágenes bucólicas resultan tediosas, lentas para el espectador, las de la ciudad se contraponen como tomas ágiles, de mayor vértigo; pero ello no le exime de mostrar ciertos defectos y vicios al medio moderno.

El humilde termina aspirando a lo que poseen la mayoría de gente en esta era globalizada. No importa que sean objetos frívolos o sofisticados, el reclamo radica en la posibilidad de adquirirlos y en el merecimiento de obtenerlos, ya que son clase trabajadora que se faja en sus labores cotidianas.

Por Alfonso González Vigil

 

La Nana

Es una comedia dramática preocupada por enseñarnos lo variable de las emociones, las reacciones que se suceden cuando una persona ve peligrado su puesto de trabajo en una casa y la conformidad frente a una existencia rutinaria y sin sobresaltos. Raquel, la protagonista, lleva trabajando veintitrés años de nana para la familia Valdés, perteneciente a la clase alta. Es una mujer dedicada hasta el detalle en su trabajo diario; asimismo, muestra una personalidad introvertida, una actitud distante.

Sintomática resulta una de las escenas del inicio donde se le festeja su cumpleaños. Raquel luce apática, quizás intuyendo que sus patrones sólo le celebran por agradecimiento mas no por genuino afecto. Aunque la familia se empeñe en transmitirle estima y que ya se le considera alguien especial en el hogar; de todas maneras se evidencia que los roles y espacios están bien definidos y difícilmente pueden franquearse. Su situación en la casa corre riesgo cuando se entera que la señora Pilar contrató a una nana para que le sirva de asistente.

Desde ese instante, Raquel le declara la guerra a toda aquella que intente ocupar un sitio en lo que considera su territorio. Logra deshacerse de dos empleadas, en su lucha por eliminarlas como competencia no duda en infringirles perversos e infantiles maltratos psicológicos. Esos abusos, sumándose otros factores ayudan a que Raquel siga firme en su puesto, pero no se percata que eso mismo la aleja de sentimientos tales como la compasión. Todo cambia con Lucy, la tercera nana; ella es provinciana, tiene sentido del humor y trata de ver positivamente las cosas. Consigue que Raquel se reconozca en ella (las dos son provincianas, extrañan a sus familias) y aprecie aquel lado ignorado de la vida: la calidez humana y que uno no se endurezca de forma permanente.

Por Alfonso González Vigil

 

La separación

Relata la complicada situación que atraviesa una pareja. Afrontan una doble separación: la del matrimonio en sí, y la que sobreviene con sus hijos. Este buen largometraje se programó con motivo del Homenaje a la actriz Isabelle Huppert y cuenta con una de las mejores interpretaciones de la carrera de la artista francesa. Presenciamos el desmoronamiento de un ambiente familiar, la existencia apacible y predecible sufre una ruptura precisamente porque ya se evidencia que acabó el sentido de la relación. Con sutileza y perspicacia, el director Christian Vincent nos detalla la desintegración del amor que padecen Pierre (Daniel Auteuil) y Anne (Isabelle Huppert). La mención del ambiente que se destruye o desvanece no resulta gratuita, puesto que Vincent da relevancia a las atmósferas en su puesta en escena y en su propuesta dramatúrgica.

Al contrario de otros filmes que tratan historias de rupturas conyugales y los cuales se amparan en demasiadas explicaciones o frases dichas en voz alta, La separación opta por describir atmósferas, ya sean las de un orden derrumbado, ya sean las de individuos que intentan superar el mal momento y apostar por un nuevo destino. Esto lo maneja con delicadeza Vincent concediendo la oportunidad de que los actores transmitan de modo verosímil las vicisitudes interiores que experimentan. El tema del espacio ocasiona que las peripecias nombradas se vean acentuadas, difíciles de digerir o soportar en algunos casos.

Anne es la que se atreve a buscar una razón para salir adelante. A pesar de que con su marido se producen reconciliaciones pasajeras, ello no dura e invade con fuerza  nuevamente el fantasma de la crisis matrimonial. Los efectos que traen esos manotazos de ahogado, no hacen más que provocar desgarros y resignación. Aunque parezca increíble, Anne se sobrepondrá, pero únicamente jugándosela por un nuevo amor.

Por Alfonso González Vigil

 

La Tigra, Chaco

Película de Federico Godfrid y Juan Sasiaín que habla sobre un reencuentro largamente postergado entre un padre y un hijo. El lugar central que se retrata es una villa apacible del norte de la Argentina. Lo filmado por Godfrid y Sasiaín recurrió a cierto naturalismo en las imágenes y en la participación de habitantes de la zona para encarnar los roles secundarios de la cinta. La sensacional Ana Allende que asumió el papel de la tía de Esteban, el protagonista de la historia, abandera al grupo de espontáneos lugareños que actuaron en La Tigra, Chaco.

Esteban llega después de varios años de ausencia a la tierra que alguna vez lo cobijó; no obstante, su padre, con quien anhelaba encontrarse, ha viajado por motivos laborales y, mientras aguarda su retorno, el joven acostumbrado a la capital comienza a conocer y tratar a la nueva familia que formó su padre. Con quien sí se reencuentra de forma inmediata es con Vero, una amiga de la niñez que ahora luce hermosa y simpática. El amor a primera vista asoma. El inconveniente es que ella tiene novio. No es de extrañar entonces que el triángulo amoroso se desate y depare más de un enredo.

Los dos directores apelan a una crónica pueblerina que no se limita a enseñar los atractivos naturales del medio que les rodea, sino que también remarca la melancolía y la importancia de ésta cuando se la utiliza cual catalizador de frustraciones y de épocas idas que no van a regresar y no merecen que uno se aferre ciegamente a ellas. Las contradicciones y diferencias iniciales que se originan entre el muchacho citadino y la gente campechana acaban por disolverse cuando nace una empatía del porteño hacia “los otros” que, al igual que él, sienten, sufren, recapitulan, se enamoran.

Por Alfonso González Vigil

 

Muriel o el tiempo de mi regreso

Una merecida retrospectiva del realizador galo Alain Resnais se efectuó en el Festival de Cine de Lima. Esta cinta constituye una de las obras maestras del cineasta interesado por una propuesta de los sentidos, una estética que plasme los temas de la memoria, los recuerdos y el pasado que muchas veces uno reconstruye al rememorar. Al igual que en Hiroshima Mon Amour, una persona muerta, un amor perdido en el plano físico inquieta al protagonista. Bernard es hijo adoptivo de Helène, una dueña de un negocio de antigüedades. Bernard es quien sufre por el recuerdo de Muriel, una chica argelina que falleciera torturada en la Guerra de Argelia.

El problema reside en que Bernard no ha olvidado a Muriel por más que ya no esté entre nosotros; Helène, que ha enviudado y cuida fervorosamente al muchacho, adolece algo parecido. Ella también tiene perenne en su memoria a un amor de juventud. Y ahora que se halla viuda no ve impedimento para buscar a su amado de antaño. El guión escrito por el intelectual Jean Cayrol enfatiza en la idea de que el tiempo no da tregua, demostrando lo implacable que puede ser y subrayando que con el correr de los años, lo que fuera idóneo ya se convierte en irrepetible. Y ese es tan sólo uno de los temas que se desprenden de esa trama; del mismo modo podemos concluir que la guerra destruye lazos afectivos.

Helène se percata que en la vida las cosas cambian y Alphonse, a quien amó hace veinte años atrás, ya no es el mismo y, más allá de los esfuerzos, la relación se torna imposible. Una presencia que signa el destino de varios, tejiendo una revisión sentida y lúcida de episodios de la historia contemporánea.

Por Alfonso González Vigil

 

Continental, una película sin armas

Este año, el festival nos sorprendió anunciando que de aquí en adelante el cine de Quebec tendrá un apartado permanente dentro de sus muestras paralelas, gracias al apoyo de la Société de Développement des Entreprises Culturelles (SODEC). Esto resulta curioso dadas las pocas referencias que tenemos de tal cinematografía; sin embargo, grata fue nuestra sorpresa al encontrarnos con algunos filmes interesantes entre los seis que formaron parte de dicha sección. De hecho, fue allí donde encontramos una de las mayores sorpresas del festival: Continental, una película sin armas, ganadora de diversos premios en su país, entre los que se incluyen mejor película del año y mejor ópera prima del año.

Las vidas de cuatro personajes —un anciano ex músico y ludópata que está separado de su esposa, una anciana que ha “perdido” a su marido pero no pierde la esperanza de encontrarlo, un hombre maduro que por cuestiones de trabajo se  tuvo que mudar de ciudad, alejándose de su familia, y una joven recepcionista de hotel urgida de afecto— se entrecruzan a causa de la “desaparición” de un hombre.

En tiempos en los que en esta parte de la región se debate acerca de la validez de ciertos modelos estéticos que priorizan el minimalismo y la austeridad por encima de la espectacularidad visual o de representaciones narrativas clásicas, nos llega un filme del otro lado del continente que demuestra que más allá de las fórmulas están las historias bien contadas y los personajes ‘verídicos’. El director Stéphane Lafleur registra el devenir de un grupo de individuos ‘desarmados’ por las circunstancias, pero lo hace de forma natural (no es casualidad que estemos hablando de un cineasta con un amplio background como documentalista), sin que medie ningún tipo de artificio argumental, dejando que las imágenes respiren lo suficiente como para mostrar que en estos tiempos de nula privacidad y agobiante soledad la libertad también se puede obtener internándose en un bosque en medio de la oscuridad.

Por Diego Cabrera

 

Gigante

En medio del debate sobre la corriente minimalista del cine latinoamericano, Gigante, opera prima del bonaerense Adrián Biniez, es una buena muestra de las posibilidades expresivas de ese tipo de cine. Estamos ante un personaje que permanece la mayor parte del metraje en un ambiente oscuro, claustrofóbico y dotado de una perspectiva privilegiada, desde la cual se comunica con el exterior a distancia, de modo casi virtual, a través de un circuito cerrado de cámaras de seguridad.

Pero ese “exterior” es en realidad un área relativamente pequeña -y más aún el espacio de su restrictivo y platónico punto de interés-, una locación interior, más amplia y abierta, pero adyacente y parte de la misma construcción, un supermercado donde Jara se toma en serio el oficio de vigilante. Él vigila al personal, que es capaz de cometer algún robo; sigue a Julia, joven empleada por la que siente una obsesión voyeurista; y también vigila al supervisor que amenaza la estabilidad laboral de ésta.

La eficacia de la puesta en escena pasa entonces por la justeza de los encuadres de Jara, parapetado en su pedestal, y de los observados, que no son conscientes de estar en el centro de la mirada de este silente transgresor; pero también por los escapes a ese entorno constreñido, en las salidas a la calle que van acentuando la alienación del protagonista y su propensión a la violencia. Biniez hace, con evidente afecto por sus criaturas, una parábola del hermetismo y la incomunicación, la cual concluye justamente cuando estos elementos parecen declinar y nos dejan una optimista imagen de asertividad.

Por Gabriel Quispe Medina

 

Excursiones

Excursiones, tercer largo del argentino Ezequiel Acuña, permite recordar que una buena opción para la obra de un realizador, es hacer varias películas de cualquier metraje sobre un mismo personaje, o más de uno. Resulta una especie de seguimiento vital, que en el documental cobra mayor dimensión porque se trata de momentos de la vida de una persona real –por más que la “realidad” y el “realismo” sean inasibles y relativos–, pero en la ficción también sirve como natural progresión dramática y base de una línea autoral, pues esta posibilidad suele desarrollarse desde los primeros pasos de una filmografía (y justamente Acuña busca una naturalidad casi documental, como consecuencia del ensayo y algunas correspondencias entre sus obras y las vivencias del grupo).

El caso emblemático es Antoine Doinel, el alter ego de François Truffaut interpretado por Jean Pierre Léaud en Los cuatrocientos golpes, y que apareció en tres largos posteriores y un mediometraje que a la vez integró un filme colectivo. Acuña retoma a Marcos y Martín, los ex compañeros de colegio de su corto Rocío (1999), que dejaron de verse una década y se reencuentran dedicados al quehacer artístico y deseosos de trabajar juntos. Se crea un clima de familiaridad en una puesta en escena muy cómoda, que aborda con la misma espontaneidad los momentos lúdicos, afectivos, nerviosos y tensos.

El diálogo está hecho de balbuceos, murmullos, interrupciones, silencios y réplicas simultáneas, que se registra con una cámara íntima pero que nunca parece invadir sus espacios, en un blanco y negro que potencia la nostalgia y acerca el pasado, en una suerte de prolongación indefinida de la adolescencia. Excursiones encuentra en la modestia su principal virtud y logra bellos momentos poéticos sin un ápice de solemnidad, y sin renunciar a un tono muy personal.

Por Gabriel Quispe Medina

 

Tiro en la cabeza

Un tiro en la cabeza, de Jaime Rosales, molesta y desconcierta a un sector del público –incluidos algunos críticos–, que se siente estafado ante la obra y hasta, en algunos casos, reclama al personal de la sala por una supuesta falla técnica. Es muy interesante enfrentarse a esta película, porque en un contexto de debate sobre el minimalismo en el cine latinoamericano, que ocurrió luego del palmarés del Festival de Lima, constituye otra apuesta extrema por una narración singular, en el énfasis de la distancia del punto de vista en la construcción de la puesta en escena, que es tan contemplativa que juega con la capacidad auditiva del ser humano: nunca escucha(mos) un diálogo fluido entre sus citadinos personajes.

Existe el sonido ambiental, captado de modo directo, pero todo está observado de lejos, en planos generales o en planos más cerrados que tienen puertas y ventanas de por medio. En esa sostenida atmósfera semisilente, ¿qué muestra Rosales? Registra la cotidianidad más transparente de la gente: consumiendo, conversando, pensando, coordinando, amando; y recoge gestos de hastío, calma, preocupación, placer o alegría; en el marco de una metrópoli que realiza maquinalmente sus actividades, especialmente las consumistas, y no mira a su alrededor.

Ese “no pasar nada” se ve súbitamente alterado por el vuelco del personaje más recurrente en esa mirada lejana, un hombre cuarentón, grueso y barbudo, que no llama mucho la atención pero que repentinamente provoca un vuelco en la “trama”, que sólo es precedido por conversaciones algo tensas con varias personas, ligeramente diferenciadas del clima general apacible y liviano.

Aunque es difícil entusiasmarse con Un tiro en la cabeza, que además acusa cierto cansancio por momentos, nos parece una propuesta válida, que el autor disfruta en su limpieza narrativa y en cómo construye imperceptiblemente una historia “sacada de la nada”.

Por Gabriel Quispe Medina

 

Los Paranoicos

Se trata de un relato cautivante que desde los primeros minutos imprime un tono perturbador, en correspondencia con la naturaleza culposa, depresiva y paranoica del personaje de Luciano Gauna (Daniel Hendler, en notable actuación). En ese sentido, Los Paranoicos (2008) se despliega a partir de una narrativa briosa y un clasicismo que porta con orgullo marcas de géneros bien aprendidos. Gabriel Medina, su joven director, debuta nada menos que con una comedia que tiene algo de romántica, algo de nocturna, algo de camino a la adultez, algo de manifiesto contra el vacío y la desidia y algo de reflexión sobre ciertas ficciones argentinas (pobladas de super perdedores).

Y un protagonista inolvidable, ubicado y nombrado con precisión en un relato que le permite enfrentarse a la euforia de la música y la velocidad, y al vértigo de tomar decisiones. Esta también es una película joven sobre gente joven (como Excursiones) pero con otra catadura y otro gusto; que habla en sordina sobre asuntos de la sociedad moderna; que habla de Gauna, un tipo de unos treinta y tantos años; que anima fiestas infantiles junto a un amigo de infancia, para ganar algo de dinero. Y vive preocupado. Teme algún contagio.

Y hace mucho que está escribiendo (o más bien no está escribiendo) un guión. Es alguien a punto de estallar, o a punto de no arrancar nunca. Y entonces llega su amigo Manuel desde España. Manuel es un “ganador” global y Luciano es un compendio de imposibilidades (pero en algún momento Gauna se suelta, y baila solo en una escena impactante). Y aparece Sofía, la novia de Manuel: el componente curativo de la historia; y el virus paranoico –hacia el final- que Manuel termina por inocularse. Una de las mejores cintas argentinas de 2008.

Por Óscar Contreras

 

Parque Vía

Parque Vía (2007) de Enrique Rivero es una ópera prima con muchos valores cinematográficos aunque carente de dos componentes fundamentales y concomitantes: emoción y poder hipnótico. Producto fronterizo entre la ficción y el documental, Parque Vía está centrado en la vida solitaria, silenciosa y monótona de Beto, el guardián de un caserón deshabitado en la Ciudad de México, que se encuentra a la venta. Beto es un ser común y corriente, sin mayores aspiraciones en la vida, que se siente a gusto en su soledad, en esa casa que es su verdadero leit motiv.

Para Beto no existe nada importante más allá del umbral de la puerta del caserón; solo el vacío existencial (de una vida pasada que desconocemos) y un mundo exterior amenazante. Beto sigue una estricta rutina: todos los días se levanta, se baña en silencio, limpia de modo exhaustivo cada uno de los rincones de la casa; come, dormita y ocupa algo de su tiempo en ver televisión para medio enterarse de lo que ocurre en el mundo circundante; y también lee periódicos atrasados que le trae el chofer de la señora.

Se relaciona de un modo cercano, pero no tan efectivo con dos mujeres: la patrona a quien obedece y respeta y a Lupe una prostituta del Salón Bombay, que es su confidente y su amante ocasional, que le resuelve necesidades sexuales. Como indicábamos, Parque Vía tiene una realización muy cuidada, buenos encuadres, planos secuencia funcionales, primeros planos que registran la mirada opaca de Beto (cansada y desilusionada), por momentos una sonrisa congelada en el rostro.

No obstante, los escasos diálogos, el tedio existencial, el sonido directo que refuerza el sentido de ostracismo y destrucción, devienen en “chiches” externos que no coadyuvan a la instalación de un componente importante en la progresión dramática del filme: la decadencia del personaje. Creemos que Rivero se equivoca al registrar vivamente hacia el final una pulsión criminal; cuando previamente debió sugerir o rodear las circunstancias de esa sociopatía.

Por Óscar Contreras

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