Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Un Tornatore Desconocido


 

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Giuseppe Tornatore – La Desconocida (La Sconosciuta, 2006)

 

¿Quién es Irena? ¿Quién es aquella mujer que viene de ninguna parte? ¿Qué se esconde en ese pasado de fragmentos inconexos cuya sola remembranza descompone su rostro en una arcada de angustia? ¿Qué hay en esa mirada acechante, cubierta por una máscara de látex o de desconfianza? ¿Qué busca Irena en su aparente sumisión, en el cumplimiento diligente de un empleo miserable, en un seno familiar que nunca será el suyo, en el cabello de una niña que no la conoce?

Es impresionante la cantidad de preguntas capaces de formular veinte minutos de imágenes, al cabo de los cuales  la intriga está plenamente enraizada y las piezas del pasado de nuestra protagonista, a todas luces sórdido y cruel, empiezan a tomar forma. Una forma que en definitiva no queremos ver.

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Un pasado atroz del cual será muy difícil desprenderse por completo, al cual nos asomamos apenas iniciada la cinta, merced a tétricas escenas donde un personaje oscuro y siniestro selecciona mujeres con el rostro cubierto, como si se tratara de ganado.

El último trabajo de Tornatore sorprende primero por su inmediatez. Por la cantidad de información e interrogantes sembradas en apenas los momentos iniciales del film, pero manejados con tal prolijidad que no confunde al espectador, sino que lo adentra e el drama de la protagonista, lo hace partícipe de su odisea y lo hace cómplice de los pecados que comete en su búsqueda.

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Es asimismo una aproximación al cine de intriga y suspenso inédita en su autor, que lleva a buen puerto este proyecto desde su particular punto de vista. Artesano experto, el director no deja cabo sin atar.

Cada elemento del engranaje ha sido sembrado con premeditada cautela. La escalera interminable y vertiginosa. La niña nacida sin reflejos de supervivencia. La revisión metódica e imperturbable de la basura de otros. No hay piezas sobrantes ni diálogos soltados al aire. Todo tiene su razón de ser.

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Curiosamente, es en esta etapa de planificación de los hechos que precipitan el desenlace, magistralmente contenidos, en que la cinta encuentra su fortaleza, ante la que ceden los acontecimientos explícitos de la tercera y última parte de la historia, donde se revelan en detalle todos los misterios relacionados al pasado de Irena, algunos de los cuales tal vez debieron quedar simplemente sugeridos.

Asimismo resultan forzados algunos giros finales del argumento, o tal vez opacados por la brillantez de las primeras escenas. En su afán de cerrar por completo el círculo y contestar a todas y cada una de las cuestiones planteadas, desluce el producto final trasgrediendo la esencia del género de suspenso: dejar al espectador con las ganas de saber más.

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Gran parte del éxito de la cinta, que ha cosechado gran número de premios en su Roma natal, se debe al trabajo intachable de sus actores principales. La rusa Xenia Rappoport, de quien quedamos deudores de consultar más piezas de su filmografía, lleva las riendas del drama con absoluta credibilidad, llegando a hacer que las demás interpretaciones, más que correctas en conjunto, resulten deslucidas en comparación a su magistral interpretación del personaje principal. Mujer cuya fortaleza va más allá de la supervivencia. Movida por impulsos que mezclan la venganza, el amor de madre, el anhelo de una vida apacible que probablemente nunca podrá alcanzar.

Mención aparte la música de Ennio Morricone, uno de los pocos compositores cuya sola mención es capaz de atraer espectadores a las salas de cine, impecable en el trasfondo de los hechos narrados, pero que no acaba de encontrar su lugar ni de obtener una personalidad identificable con la obra que acompaña, como sí lo logró en la premiada Cinema Paradiso, imponiendo una de las más hermosas melodías que los cinéfilos estaremos silbando hasta la tumba.

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Digna de buscarse y disfrutarse, esta película promete no dejar indiferente al espectador, así como de proporcionar un thriller que no decae en momento alguno, y de cuyo manejo, si bien imperfecto, tienen mucho que aprender los fabricantes de sustos de la maquinaria hollywoodense.

 

Por Gonzalo del Carpio Bellido

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