Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

La Pasión y El Egoísmo en Estado Puro


 

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Martin Scorsese – Lecciones de Vida (Life Lessons, 1989) 

 

Un pintor enclaustrado en un departamento tiene allí todos los elementos que le permiten mantenerse con vida en un mundo que le merece la más absoluta indiferencia. Se trata de un monstruo creador, capaz de las más explosivas muestras de demencia artística, mientras disfruta de un viejo tocacintas, una pelota y un cesto de básquetbol y una hermosa mujer a la que tortura mentalmente y a la que necesita porque es lo único bello que puede observar.

Corría el año 1988 y Woody Allen buscaba desesperado a un par de directores que compartieran con él su idea de realizar una película colectiva con una serie de cortometrajes. Su historia “Edipo Reprimido” se le tornaba bastante seductora, pero no alcanzaba para llegar a ser un largo. Jamás se imaginó que sus productores lograran contar con genios de la talla de Francis Ford Coppola y Martin Scorsese para que acompañaran al creador de “Zelig” en esta ambiciosa apuesta que se titularía “Historias de Nueva York” (1989).

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Dentro de este colectivo destaca nítidamente el episodio escrito por Richard Price, quien tuvo la fortuna de contar con Scorsese como el brillante director de orquesta para relatar la historia de un neurótico pintor. Ambos ya habían trabajado juntos en “El color del dinero” y esta nueva aventura en la que se embarcaron alcanza picos de perfección muy difíciles de igualar.

“Lecciones de vida” es el capítulo que abre Historias de Nueva York y es el ingreso al mundo más íntimo de un artista. Lionel Dobie (un impagable Nick Nolte) es un respetadísimo pintor que vive obsesionado con su evangelio creativo que implica la “soledad acompañada”. Sucede que dentro de su etapa creativa tiene que sentir la presencia de alguna bella mujer en el interior de su piso, y lo hace con un viejo truco que implica la manipulación y las falsas esperanzas.

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Paulette (Rosanna Arquette) es una joven veinteañera que quedó atrapada por la voracidad artística de Dobie quien la convenció de que lo acompañe como una practicante a la que le daría “comida, alojamiento y un aprendizaje inestimable”. Una oferta imposible de rechazar para un espíritu curioso que no sabía muy bien qué hacer con su vida y con la idea de que el arte que recorría por sus venas era suficientemente fuerte como para sacarle provecho al mundo.

Nosotros presenciamos el ocaso de la relación entre el pintor y su aprendiz. No es necesario que hayamos asistido al inicio y desarrollo de su historia pues nos queda muy en claro que fue sumamente tormentosa producto del desmedido egoísmo de Dobie quien requería de esa especie de esclava a la que observaba hasta el punto de llegar a la obsesión.

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Scorsese filma en brillantes 40 minutos la historia de este hombre con un ego desmedido que es capaz de realizar las más insólitas concesiones con tal de no perder al objeto de su deseo. Pero llega el punto en el que Paulette se da cuenta de su mediocridad como pintora y de las falsas expectativas creadas a partir de los discursos sobre el arte que su maestro le daba.

Son fascinantes los travellings y los primeros planos donde se daba muestra de toda la destreza que desplegaba Dobie para trazar sus lienzos en momentos que remiten al mismo instante en el que un guitarrista furioso realiza algún solo magistral. La conducta del pintor sobre su obra y sobre las mujeres no hace más que explicarnos que esas eran sus únicas conexiones con el mundo. No necesitaba otras.

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La pasión y el egoísmo en estado puro. Eso representaba Lionel Dobie quien podía realizar oraciones magistrales en gigantescos cuadros, en instantes de intenso rito creativo que Scorsese filma con un virtuosismo admirable.

Y Paulette en el cuarto de arriba, harta de él que no puede dejar de observarla en todos sus elementos: en su ropa interior, desplegada en su cama mientras habla por teléfono o mostrando unos bellos pies, objeto de la capacidad visual de un pintor magistral. Y es que eso representaba para él Paulette: un mero objeto de inspiración con instantes de pulsión erótica que no tienen comparación.

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Excepcional la escena en la que, tras una discusión que versaba en torno a la creación artística y la consiguiente decepción de ella, Dobie se marcha a su sala a pintar al ritmo de Like a Rolling Stones interpretada por Jimmy Hendrix. Lo hace con tal pasión, con una contagiante vitalidad que ése solo momento basta para que Paulette cambie su expresión de decepción por el de admiración mientras observa la muñeca de Dobie en su estado de mayor intensidad.

Mención aparte merece la banda sonora. Nunca “A whiter shade of pale” de Procol Harum sonó tan bella, tan oportuna y tan melancólica para acompañar en los momentos de mayor soledad al artista. Un hombre tocado por la divinidad que se alimentaba de hermosas jovencitas que solo buscaban tocar su mano para ser contagiadas con algo de su talento divino.

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Muchos aseguran que este mediometraje es el trabajo más notable de Scorsese, por encima incluso de “Taxi Driver” o “Toro Salvaje”. Personalmente creo que se trata de una pequeña obrita maestra

 

Por Fernando Vega Jácome

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