Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

El Guerrero y su Ocaso


 

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Darren Aronofsky – El Luchador (The Wrestler, 2008)

 

Llegar al final del camino con un puñado de recuerdos y dos monedas en el bolsillo es un drama de todos los días en todos los lugares del mundo, en una época donde la vejez genera mayor pánico que la muerte. Afrontar la vida en sus minutos suplementarios es una prueba de resistencia física y emocional que podría resumir toda la entereza y capacidad del individuo.

El personaje central de la película que nos ocupa atraviesa esta etapa agobiado por el peso de las viejas glorias, una adicción a los anabólicos y una hija que no lo quiere ver. El viejo luchador, cuyo cuerpo es víctima de los excesos propios de su actividad, busca en el ocaso de sus días ser lo que nunca pudo: tener un empleo “normal”, ser amante, ser padre.

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En éste su mejor trabajo, el director Darren Aronofsky deja de lado el realismo extremo y despiadado (Requiem for a Dream, 2000) y los delirios de grandeza (The Fountain, 2006) para entregarnos un recorrido observacional, libre de mayores adornos técnicos, del hombre al final de su vida, enfrentado a las consecuencias de sus propios actos.

A veinte años de sus momentos de gloria, Randy “The Ram” Robinson mantiene su discreto ritmo de vida entre combates de segunda, merchandising para aficionados y antiguos seguidores, y un empleo mediocre donde no es tan mortificado por los maltratos de su superior, como por las personas que creen reconocerlo detrás de las arrugas y el uniforme de supermercado.

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 El difícil anonimato para quien alguna vez estuvo en la cima, parece ser uno de los temas del film, o tal vez la soledad, representada por las largas caminatas por una Norteamérica marginal y por los juegos de video que comparte nuestro personaje con los niños del barrio, a cuyos ojos se revela aburrido, caduco, desadaptado. El cuadrilátero es paradójicamente el único lugar donde Randy encuentra la paz, así sea ésta envuelta en alambres de púa o administrada a golpes, que por falsos no parecen doler menos, por un contrincante décadas más joven.

Uno de los atractivos de la cinta constituye la rica descripción del entorno de la lucha libre. A pesar de que la falsedad de la misma no es ninguna novedad, los detalles en la escenificación, más emparentada con lo teatral que lo deportivo, en la preparación de los púgiles y de los elementos de contundencia a emplearse en el espectáculo, así como en la relación de hermandad entre los luchadores son los que enriquecen este drama humano y lo hacen atractivo a la gran pantalla.

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Está previsto el tipo de combate a efectuarse, cuáles objetos se habrán de emplear, y en qué momento habrán de romperse en el rostro del contendor, el cual deberá sangrar expropósito hacia el final del encuentro, sobre todo si va a ser el “ganador”. No está previsto el daño real de las acrobacias a largo plazo, ni de los fármacos que los luchadores ingieren para mantener su musculatura.

Estos factores se asumen como parte de la profesión y los riesgos se corren con el estoicismo del que sabe que el público aplaude y demanda cada una de esas pequeñas mentiras.

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Se cuenta que la elección del actor principal (que en algún momento estuvo a punto de ser personificado por Nicholas Cage) tuvo un proceso más que accidentado, debido principalmente a las objeciones del estudio con respecto a un actor cuya conducta autodestructiva lo mantenía alejado del mainstream desde hacía casi quince años.

Se dice también que el director mantuvo su decisión a riesgo de ser despedido, habiendo tenido seria conversación con Mickey Rourke, donde éste se comprometía a brindar la performance de su vida.

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Al margen de la veracidad de estos rumores, lo cierto es que su desempeño, apoyado o no en sus propias vivencias, es sobresaliente. Enmarcado en un desgastado cuerpo de atleta permanentemente bronceado y en un rostro que es la imagen de la resignación, el galán de Nueve Semanas y Media vuelve en el otoño de su carrera con una interpretación muy difícil de superar.

Un gran acierto en la campaña de difusión de la película es haberla propuesto como una historia de redención, de esas que hacen falta en los tiempos de futuro incierto que vive gringolandia, cuando lo que finalmente se entrega en pantalla es, apenas con tenues resquicios de optimismo, la caída de un héroe de acción envejecido en una suerte de cuenta regresiva  con los latidos de su malogrado corazón, el cual puede detenerse en cualquier instante mientras Randy intenta recoger los trozos de su vida: la relación con su hija, que en algún momento parece ver un horizonte; o con la bailarina de pole dance (espléndida Marisa Tomei), con quien comparte un drama similar que podría (o no) llegar a algo más.

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Es sólo al final de la cinta cuando el luchador, a puertas de su destino trágico e ineludible,  descubre su verdadero propósito, su lugar en el mundo, y es nuevamente grande y glorioso, dejándonos una última imagen, espectacularmente conmovedora, antes de la pantalla negra, que llegará sin duda a convertirse en uno de esos cuadros icónicos de la historia del cine. Esto es lo que hago. Esto es lo que he hecho toda mi vida. Y no hay lugar para más. Una reverencia al amable público, un adiós y cierre de telón. 

 

Por Gonzalo del Csrpio Bellido

 

Por Gonzalo del Carpio

 

 

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