Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

¿CÓMO VIVIR DESPUÉS DE SOBREVIVIR?


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Stefan Ruzowitzsky – Los Falsificadores  (Die Falschier, 2007)

Con cierto retraso y total desinterés de los grandes medios de difusión es que llega a nuestras pantallas la ganadora del Oscar a mejor película extranjera, reconocimiento por el cual fue posible verla algunos días en dos o tres salas de nuestra capital.

Se trata de una coproduccion alemana austriaca que aborda de una manera diferente y atractiva el manido tema de la masacre de los judíos a manos de la locura en su más terrible expresión. Con diferentes resultados, pero siempre con la misma intención denunciante y moralizadora, una docena de filmes ya se han aproximado a este episodio nefasto en la historia de la estupidez humana. La Lista de Schindler nos distancia de la violencia por medio del blanco y negro, La Vida es Bella por medio de la comedia (una idea bastante mala, dentro de una película plagada de malas ideas). Es precisamente el hecho de no incidir en los acontecimientos por demás conocidos lo que brinda interés a este nuevo trabajo, el hecho de poner al holocausto como telón de fondo para una serie de sucesos derivados del mismo, con un desarrollo paralelo, pero que apunta hacia una historia particular.

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Seis millones de judíos serían seis millones de relatos diferentes. El que nos ocupa comprende la semblanza del judío-ruso Salomón Sorowitsch, personaje extraído de la vida real, encarnado por el eficiente Kart Marcovics, que lo convierte en el pilar del que se sostiene toda la historia, y a la película, en casi un vehículo de lucimiento para su intérprete principal: un artista sublime que lleva sus habilidades al otro lado de la ley. Se da inicio con una antesala donde nuestro personaje apuesta extensas sumas de dinero en un lujoso casino, de manera ajena e impasible. Pocos momentos después, Salomón es capturado y llevado a un campo de concentración, infierno del que es transferido junto con otros prisioneros de distintas habilidades, a dos barracas donde se les proporcionan una serie de privilegios, entre ellos camas blandas, dejarlos vivos y una mesa de Ping Pong. La tarea que se les encomienda será falsificar monedas propias y de los países beligerantes, en un intento por paliar la economía alemana, mermada por la guerra, en lo que se conoció como la Operación Bernhard.

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En medio de este episodio histórico, es que Marcovics compone un personaje muy bien logrado. Falsamente inexpresivo, práctico, observante y oscuro, un sobreviviente al fin, en lidia y contraste con el personaje Burger (en la vida real, autor del libro en el cual está basada la película), su contraparte torpe e idealista, cuyas ansias de revolución no miden el riesgo de hacer matar a sus compañeros o a sí mismo.

Sorowitsch y sus colegas sobreviven trabajando al servicio de los asesinos de su gente, y desde sus suaves colchones pueden oír los lamentos de los menos afortunados y el estruendo de los disparos dirigidos a quienes se atreven a escapar del infierno y sus cancerberos. La labor encomendada se vuelve la única vía de escape a la realidad escalofriante por la que pasan este grupo de profesionales en las diferentes disciplinas de las artes gráficas. Su trabajo impecable es apreciado por sus captores, pero no ganan respeto ni consideración alguna. Los pocos intentos de preservar su dignidad son sofocados por las carcajadas o la indiferencia.

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Interesante relato llevado con buen pulso, con un sobrio manejo de los recursos técnicos que logran una correcta ambientación siempre al servicio de lo que se está narrando. El cierre del filme con las perturbadoras escenas que muestran el contraste con el resto de prisioneros del campo, pone punto final a un filme que demuestra cómo un tema constantemente abordado puede aún generar propuestas originales.

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El conflicto moral nunca se enuncia como tal, pero está presente a lo largo de todo el film. Como el ser humano sensible que debe hacer de sus talentos una herramienta de maldad, en pos de un mañana que al menor tropiezo puede desaparecer. ¿Cómo llegan al final del camino estas personas? ¿Hasta cuánto pueden doblarse sus valores sin romperse del todo? Otras piezas indispensables como The Black Book (Paul Verhoeven) se han preguntado lo mismo: si es posible salir incólume y volver a ver la luz del sol de la misma manera cuando se ha escapado de la desgracia a través de un túnel estrecho y lleno de mierda. Son preguntas que probablemente nunca tendrán una respuesta. O tal vez la tengan, pero ésta sea tan cruel que la vida en el engaño o en la duda siempre será más tolerable.

Por Gonzalo del Carpio Bellido

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