Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Mercancias


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Ulrich Seidl – Import/Export (2007)

Si pensamos en la idea que tenemos de Europa, vendrán a nuestra cabeza un gran número de imágenes desasogantes de películas fabricadas bajo la etiqueta de cine de autor. La imagen de Europa ha sido esculpida a conciencia en nuestra contemporaneidad por un sin fin de autores desde un posicionamiento que trata de hacernos descubrir lo que el continente tiene debajo de la alfombra. Lo que sabemos que está y no queremos ver, son esas realidades que el cine de autor viene representándonos de forma sistemática para desvelarnos lo que es obviado en la propia realidad.

Autores tan dispares como Michael Haneke, Bruno Dumont o los hermanos Dardenne han conseguido construir una imagen que presenta un panorama desolador del viejo continente desde diferentes puntos de vista y planteamientos formales. Bien sea a partir de planos fijos asumiendo un cierta distancia, o cámara en mano persiguiendo a los personajes de forma incansable, el cine de autor ha tratado de revelarnos lo que no queremos ver. 

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Aunque las tácticas utilizadas hayan sido tan dispares como sus autores, todas comparten el haberse aproximado a la realidad desde una fotografía muy concreta, con tonos fríos, apagados, eligiendo paletas de colores azules, grises y negros, conformando lo que parece ser una especie de pacto no escrito que buscara el respetar el sustrato del que recogen muestras para no banalizarlo aún más. 

Ulrich Seidl, con sus dos películas de ficción, Dog Days (2001) e Import/Export (2007) ha tratado de saltarse esté último tabú del cine de autor para desarrollar un mecanismo formal basado en el colorido. Seidl utiliza una gama de colores rojos, verdes y amarillos, todos muy chillones, para conferir a la imagen un estatus hiperealista, que choque con esa imagen sacralizada del cine contemporáneo. Seidl con ese choque busca resucitar a la imagen de su oscurantismo y presentarla como algo a profanar. Porque es la imagen misma lo que trasmite lo que no podemos ver, y por eso mismo tiene que ser atravesada para que pueda ser visto.

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Import/Export amplificará más la imagen hiperrealista que ya esbozaba Dog Days, presentándonos un viaje por los lugares comunes de la Europa apocalíptica de las imágenes. Para ello, Seidl construye dos historias a partir de dos viajes en sentido inverso. El de Olga, una enfermera Ucraniana, que en sus ratos libres trabaja como striper en un video-chat X, hacia Viena. Y el de Pauli, un joven desempleado que junto con su padrastro irá desde Viena hacia los países periféricos (como así se denomina a los no ricos), a hacer negocio con la venta de maquinas recreativas y expendedoras de caramelos.

Ambos viajes no están concebidos como el típico viaje en sí donde el personaje descubre su identidad a la vez que construye la historia a fuerza de vagabundear. Más bien son viajes por esos lugares comunes que se han utilizado para construir esa imagen Europea de la desolación. Barrios marginales, pubs decadentes, casas con regusto kitch, hospitales, parkings o calles desoladas y tremendamente sucias, constituyen la imagen de esos lugares en los que desarrollaran su vida los dos personajes protagonistas.

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Las dos historias aunque narran sentidos contrarios, gracias al montaje paralelo utilizado por Seidl, tratan de dibujarnos un paisaje moral que nace de la fricción entre los bloques de imágenes que acompañan a cada personaje. Cada pequeño momento de un personaje chocará con otro pequeño momento de su contrario, resbalando entre sí y produciendo una fricción entre imágenes que desagarran a las propias imágenes, para abrir el verdadero viaje de la película a través de las imágenes e ideas que se encuentran detrás de la imagen hiperrealista construida por Seidl.

La imagen abierta en canal, desgarrada, nos deja ver en un primer vistazo las promesas incumplidas de los dos sistemas políticos que polarizaron Europa. La caída del muro de Berlín fue el punto de inicio del derrumbe de las fronteras físicas que compartimentaban Europa. A la vez que caían se iba desvelando la carencia e impotencia de cada sistema para cohesionar una población en su totalidad y ofrecerla la consumación de lo propuesto por su imagen de ideología.

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Seidl busca esta idea situándose en una de las últimas fronteras en caer para buscar otra nueva fricción subterránea entre el mundo capitalista moderno fracasado (Europa) y un mundo en el que ha funcionado la ideología hasta hace bien poco (Ucrania, antiguos países del Este). De esa fricción saldrá una nueva imagen, invisible por ser subliminal, pero que se erigirá como el verdadero objeto de estudio para Seidl.

Esa imagen es la que ha pervivido a todos los sistemas políticos, es la que atraviesa el tiempo y todas las fronteras, encarnándose en los cuerpos para hacerles desplazarse buscando la propia imagen. Y esta es la paradoja de esa imagen subliminal, hacer olvidar al que la busca que la imagen ya está en uno mismo. Un olvido que propicia ese movimiento de importación/exportación de cuerpos que transmiten ya en si mismos la imagen.

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Así nos lo deja ver Olga, vistiendo bajo los preceptos de la imagen que llegó de más allá de la frontera bajo la promesa de prosperidad, siendo en si misma pura imagen, que irá hacia la Europa económicamente desarrollada buscando la imagen que vende esa imagen que viste. Mismo lugar donde Pauli vive bajo la forma de esa imagen en estado avanzado, en el que la imagen está ya dentro de si mismo.

Donde la imagen le hace repetir acciones mecánicas imitando gestos de boxeo todas las mañanas en una simulación de ejercicio. Se puede decir que Olga todavía no ha interiorizado la imagen, no sabe de su existencia porque todavía no se ha introducido en ella, mientras que Pauli, ya ha descubierto que le ha poseído y que nunca podrá expulsarla de si.

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Una vez la imagen ha quedado abierta, profanada, Seidl se introduce a través de ella para plantearnos la problemática de lo que hay detrás: absolutamente nada. No existe ese lugar hacia el que va Olga y del que huye Pauli. Ya no quedan puntos de emisión de imágenes. Solo queda el vacío dejado por la ideología y los centros que fueron de poder, alrededor de los cuales giran cuerpos buscando o huyendo de lo que ya no existe.

Únicamente queda el eco que ha convertido a la imagen en portátil y descontrolada. Seidl asume esa portabilidad y su encarnación en los individuos para tratar de fijar nuestra mirada en el flujo de esas imágenes, que si bien son portátiles, también son fácilmente reconocibles. Para ello engarza las historias de Olga y Pauli en una sola, construyendo un hilo de posibilidad con los flujos de imagen que provoca su devenir.

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Un hilo entre imágenes que ya no son nada más que residuos de un pasado, pero que por su alto grado de visibilidad, permiten su seguimiento. Entre esas imágenes es donde Seidl propone depositar la mirada, para que las imágenes de las que no nos podemos liberar, no nos conviertan (por la inercia que provocan en los cuerpos) en lo que son ellas en si mismas. Pura mercancía de importación/exportación.

 

Por Ricardo Adalia Martin

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Una respuesta

  1. josep m. fernández

    Aunque a mucha gente le irrita a mí personalmente me encanta el uso de la música que hace Seidl.

    mayo 11, 2009 en 2:25 pm

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