Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

DAVID VERSUS EL GOLIATH EMPRESARIAL


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Tom Twyker  – Agente Internacional (The International, 2009)

El subgénero del espionaje ha gozado, y seguirá gozando probablemente dentro de cincuenta años, de un amplio atractivo por parte de diferentes sectores del público, motivo por el cual continúa siendo un referente para los productores del cine de entretenimiento. 

Los diferentes aspectos argumentales, que abarcan el cuento de suspenso y aventura, la intriga política e internacional, el romance, la ciencia ficción (los aparatos y gadgets que emplean los héroes del film son siempre interesantes), la comedia y la acción entendida como secuencias de espectaculares persecuciones o combates cuerpo a cuerpo con variopintos enemigos, hacen que este tipo de productos tenga interés para casi cualquier espectador. 

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Otro punto a favor constituye la continua actualización del entorno, que si bien envuelve una trama universal (héroe versus complot a gran escala versus tiempo), por lo general se ubica en un panorama acorde a los sucesos en curso. Así tenemos al infaltable James Bond, Rusia y la guerra fría; a Jason Bourne y la omnipotencia de la CIA, a Jack Ryan (el de Juegos de Patriotas) y la amenaza terrorista, a Ethan Hawke (el de Misión Imposible) y la amenaza biológica, y a Austin Powers protagonizando jocosas aventuras mientras representaba con sorna los clichés creados por los personajes mencionados. 

Es precisamente este último “espía” quien empezó a poner en evidencia la caducidad de los héroes de antaño, así como de su estética, que hacia finales de los noventa, con el cinismo político y militar reinante, venía resultando poco creíble, incluso para la gran pantalla ([1]).

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En esta tendencia, y a la búsqueda de enemigos más cercanos a los del mundo real, la producción que nos ocupa ha enfocado al capitalismo (¿qué mejor, en un momento de inestabilidad económica mundial?), personificado en un Banco de influencia internacional, cuyas estrategias incluyen el asesinato de quienes pongan en riesgo sus intereses económicos. 

Aquí entra en escena el agente Louis Sallinger, encarnado por un eficiente Clive Owen (uno de los muchos actores voceados para el nuevo James Bond, allá por el 2006), atormentado miembro de la Policía Internacional, que debe seguir la pista y enfrentar, en una lucha enormemente desventajosa, a la raíz del mal, a su vez parte indispensable de la economía de su país.

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El director Tom Tykwer goza de cierta experiencia en el medio. Sus anteriores trabajos fluctuaron entre el argumento simple y lineal, a lo videojuego (Corre Lola Corre, 1998), y piezas virtualmente imposibles de llevar a la pantalla (los que han leído la obra El Perfume, saben de lo que hablo).

En esta ocasión lleva este trabajo de intrigas complejas y diálogos prolongados de forma irregular, con una puesta en escena impecable, rica en detalles y locaciones, como cuando las acciones transcurren en Milán, así como un excelente ritmo a la hora de las balas (con el tiroteo en el museo Guggenheim se despertaron todos y empezaron a preguntar de qué iba el asunto), pero con un desarrollo plano de los personajes, cuya recordación no pasa de la esforzada interpretación de los actores principales.

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Sallinger es un agente implacable, obsesivo y con un pasado que se menciona más de una vez pero que nunca se define con claridad. Su contraparte, Whitmore (poco inspirada Naomi Watts), es esposa, madre, y poco más que eso. No se han establecido nexos ni caracteres que permitan la identificación con el espectador. Para ello mejor descrito está el Banco, que de una manera subjetiva pero eficaz se muestra malévolo, inescrupuloso, todopoderoso, aún cuando su plan se reduzca a “controlar las deudas de estos dos países = dominar el mundo”, argumento que a pesar de la aparente complejidad de la intriga, es enunciado con cándida simpleza. 

En el intento por llevar al juzgado al banco más poderoso del mundo (tarea que apenas mencionada ya hace levantar una ceja al espectador), los agentes siguen una serie de pistas a partir de las víctimas que los asesinos a sueldo van cobrando por encargo del mismo, elementos que mantienen el interés más o menos hasta el punto en que los personajes empiezan a explicar los pormenores de la trama y nos damos por enterados que el enemigo simplemente no puede ni podrá ser derrotado, media hora antes de que finalice la película.

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Probablemente el tropiezo fundamental de una película con muchas cualidades como ésta radique en que la realidad, tan restregada en el rostro, sobre todo en los créditos finales, no tiene porqué ser divertida. Los cuentos de espías son cuentos de héroes, y estos deben ganarle, por lo menos una mano, al enemigo si quieren ser recordados como tales. Sallinger y compañía, a pesar de sus encomiables esfuerzos, son llevados al fracaso por un adversario al que nadie puede ni podrá ganarle nunca: el dinero. Y esto es algo que no es grato para nadie. Incluyendo un gentil espectador.

Por Gonzalo del Carpio Bellido


[1] Es un hecho que el último Bond ha dejado de lado el Martini agitado y ha adoptado una actitud más irónica, fría y violenta, ganando el favor de la crítica mundial.

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