Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Ya ni el sexo nos quedará


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Hal Hartley – The Girl From Monday (La Chica del Lunes, 2005)

Mi primer contacto con el cine de Hal Hartley (Nueva York, 1959) se dio hace cinco años cuando llegó a mis manos una de las historias de amor más tiernas que haya visto: Trust (1990). A partir de entonces me empeñé en conseguir la mayor cantidad posible de filmes de este director, uno de los últimos realizadores indie por antonomasia.

Sus historias están impresas de una cautivadora melancolía y sus personajes, solitarios todos ellos, se convierten en compañeros de toda la vida. Es inevitable no sentirse identificado, de alguna u otra forma, con uno de ellos. Se puede diferenciar a la obra de Hartley en dos partes bastante marcadas, donde su primera temporada que va desde The Unbelievable Truth (1989) hasta Henry Fool (1997) resulta siendo la más consistente y la de mayor calidad.

A partir de entonces dio un giro en sus tramas y en su forma de dirigir que empezó con la enigmática The Book of Life (1998) y que ha concluido, hasta el momento, con Fay Grim (2006), a la postre su último trabajo en los largometrajes.

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The Girl From Monday (2005) está ubicado en este segundo pelotón, precisamente el grupo de películas que ha generado la mayor desazón por parte de los críticos y de su legión de seguidores que sienten una magia perdida. Yo quiero pensar que se trata de una etapa de transición, más no de un agotamiento de ideas.

Hartley bordea apenas los 50 años y no creo que ya lo haya dado todo. Es más, se trata de un realizador que se siente en su hábitat con los cortos y es allí donde vive trabajando con mayor énfasis. Sus últimos trabajos los ha dedicado a construir historias entre futuristas y de denuncia, dejando un poco de lado sus temas preferidos como el amor, la desesperanza, los problemas y los deseos.

The Girl From Monday cuenta la historia de una bella mujer nacida en una constelación lejana y que cae en la Tierra en búsqueda de uno de los suyos, un espíritu libre que llega a nuestro planeta para ayudar a un grupo de rebeldes que luchaban contra un sistema opresor.

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Y es que el planeta en el que cae la chica de la historia se encuentra en su etapa más penosa de deshumanización: la corporación Triple M ha instaurado una revolución con la única misión de incrementar sus ingresos, convirtiendo a los seres humanos en seres anodinos, sin alma, sin sentimientos y con la consigna de radicalizar la sociedad de consumo.

Los partisanos, el grupo rebelde en mención, se ubican como la resistencia contra el monopolio que domina cada una de las instituciones y que utiliza procedimientos para detectar qué es lo que desean los hombres para convertirlos en meras máquinas de consumo.

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La metáfora más desoladora de despersonalización es que cada humano poseía un código de barra, lo que implicaba que podía cotizar en la bolsa. La forma más común era tener relaciones sexuales de forma mecánica lo que otorgaba un crecimiento en las ganancias. En este futuro al que podríamos llamar apocalíptico el sexo consistía en la simple frotación de cuerpos para ganar puntos y así moverse económicamente.

Ya aquí ni la vieja paradoja entre el sexo por amor y el sexo por deseo tiene sentido. La sociedad de consumo le quitó todo el encanto a las relaciones sexuales. Ni erotismo, ni deseo. Cambió los jadeos en la cama por el frio sonido de un cajero automático.

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Nada de libros (un guiño a Fahrenheit 451 (1966), la novela de Ray Bradbury llevada al cine por François Truffaut), nada de pensar, nada de cuestionar, nada de preguntar. Los chicos son sometidos a sesiones de realidad virtual y drogas en los colegios para saber qué producto nuevo sacar al mercado.

Todo este horror nos es narrado por el protagonista, un destacable Bill Sage (que toma el lugar del actor fetiche de Hartley, Martin Donovan) que encabeza el grupo contrarrevolucionario de los partisanos. Su encuentro con la chica llegada de la constelación Monday (quien cae en las aguas del océano) lo hará darse cuenta que él también era llegado de un planeta distinto al nuestro.

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Es allí que entendemos que la visión de un extraterrestre es la única que puede hacernos tomar conciencia de lo que se está viviendo. Estos dos “inmigrantes” observan con estupor la avasallante estupidización a la que ha sido sometida la humanidad.

Un Hal Hartley en su vena más política. Como adelantándose al descalabro económico que vive el planeta por un sistema que ha dado todas las señales de haber fracasado, donde las grandes multinacionales no han logrado conseguir su propósito. O quizás si: empobrecer a la gente.

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Sólo un grupo de jóvenes idealistas parecen ser los únicos capaces de oponer resistencia, junto a una mujer que decide entregarse a los placeres del sexo sin cotizar en la bolsa, enfrentando el poder económico y político del monopolio más vil. Todo aquel que era atrapado boicoteando el sistema sería desterrado a la Luna.

Una trama bastante visceral que toma muchos elementos de 1984, la monumental novela de George Orwell. ¿Se trata de un filme político o de ciencia ficción? En el caso del primero es muy claro, en cuanto a lo segundo la puesta en escena tan discreta podría hacernos dudar, sin embargo luce como un cabal futuro y esto gracias al virtuosismo del director. ¡Qué desolador panorama! Tan sólo pensar que a medida que el tiempo paso, ni siquiera el sexo nos quedará como refugio.

Por Fernando Vega Jácome

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