Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Renovando los géneros y olvidando las fórmulas


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Martin McDonagh – Unas Vacaciones Diferentes (In Brugges, 2008)

Brujas, “la ciudad medieval mejor conservada de Europa”, se convierte en protagonista y en inigualable escenario natural para el primer largo del dramaturgo Martin McDonagh. Escondida en el norte de Bélgica, la pintoresca ciudad que albergará a dos asesinos londinenses va revelándose en un primer momento como una reliquia turística que invade los diálogos para luego prestar sus góticos canales a una película que se pasea con maestría entre diversos géneros cinematográficos.

Cuando amenaza con convertirse, durante los primeros metros, en un documental turístico poco convencional aparece la comedia negra, el thriller reflexivo, la anécdota surrealista, el romance y todo ello se entremezcla con un tono gansteriano y un hilo reflexivo que encajan sin desentonarse.

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McDonagh pone en Brujas a Ken (Brendan Gleeson) y Ray (Colin Farrell), dos personajes que a partir de los prototipos disímiles del viejo sosegado y el joven impetuoso van trazando conductas más complejas y entrelazadas. Ambas personalidades se van manifestando bajo la fórmula de conversaciones ramplonas pero cargadas de un garboso humor negro.

Tal vez el arranque se hace lento y arriesgado pero es necesario sumergirse de a pocos en la psique de dos matones que el propio cine se ha encargado de hacer indiferente.Allí están Ken y Ray conciliando sus diferencias en una ciudad que a uno le parece salida de un cuento de hadas y al otro simplemente una mierda.

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Mientras esperan las indicaciones de su jefe Harry (Ralph Fiennes) el espectador se convierte en un turista más de los secretos y la arquitectura gótica de la vieja ciudad europea, pero también se entera de los remordimientos de Ray por una operación fallida en la que fue víctima un niño.

Sólo más tarde sabremos que ese martirio será la piedra angular de la propuesta (donde Dostoievski se hace presente por momentos para luego dar paso a un tímido Fellini y a un más atrevido Shakepeare).

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En tanto van apareciendo otros personajes, algunos salidos de la noche y otros de las circunstancias. El guión no deja nada al azar. Conocen a un actor enano (Jordan Prentice), a Chloë (Clémence Poésy), por quien Ray se siente de inmediato atraído, a un cabezarapada, y todos dan pie a reacciones, comentarios y reflexiones sobre temas como la muerte, la culpa, el racismo, las oportunidades, la violencia inútil, el bien, el mal. El lenguaje, como ya lo dijimos, proviene de la calle, de las vivencias que no detalla.

Pero es Harry, el jefe que pasa del anonimato al antagonismo, quien va a darle un giro violento y va a reconducir no sólo la historia sino el ritmo y la atmósfera. Brujas deja su encanto diurno para convertirse en un purgatorio siniestro, donde el único escape puede ser la muerte. Y aquí también hay un acierto del director británico.

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El escenario medieval de puentes y canales que en algunos policiales ha servido para crear histriónicos efectos especiales (con saltos imposibles o bombas y tiroteos propios de un juego de video) es usado aquí con naturalidad, las persecuciones son más humanas y por tanto más inquietantes. El paisaje se torna sombrío y surrealista, pues el recurso de usar un rodaje local dentro de otro funciona con inteligencia.

Los personajes de aquella filmación son de fantasía y no sólo le dan un decorado fantasmagórico a la persecución final, sino que, después de entremezclarse por unos segundos, reescriben el desenlace. Nada queda a la deriva, el sello europeo salta a la vista en la meticulosidad del guión, y en él se pueden desenvolver los actores con osadía.

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Hay que ver a Colin Farell entregarse a un papel que, aunque recuerda a sus personajes pasados (por sus demasiadas muecas), esta vez se siente sincero, con alma, y a un Brendan Gleeson que está en su punto, sostenido y a la vez destemplado, al igual que el sorprendente Fiennes, quien se ha ‘paseado’ con su personaje de malo hasta la risa.

McDonagh, quien ya guarda una estatuilla de la Academia por su corto “Six Shooter” (también protagonizado por Gleeson), se ha aventurado en el metraje largo con una nueva fórmula que ha sabido combinar con una narración a cuentagotas pues es poco lo que se sabe y mucho lo que se sospecha de la historia, la cual se va construyendo a medida que las siluetas de los personajes se hacen más claras y a medida que el espectador va fantaseando posibilidades.

Sin duda, esta es una deliciosa película que tal vez peca por su larga entrada y su apurado y pistolero desenlace, pero que aún así no pierde su gran interés (sobre todo por su acertada originalidad) en nuestra siempre desalentada cartelera.

Por Claudia Ugarte

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