Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Encierro roto por la imaginación


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“Acabo de darme cuenta de que, aparte de mi ojo, hay dos cosas que no están paralizadas. Mi imaginación, mi memoria. La imaginación y la memoria son los dos únicos medios de escaparme de mi escafandra”. Jean-Dominique Bauby

Julian Schnabel – La Escafandra y la Mariposa (La Scaphandre et le Papillion, 2007)

Es 1985 y Jean-Dominique Bauby, redactor jefe de la revista francesa Elle, acaba de despertar de un coma, tras una embolia que le robó la movilidad del cuerpo. La cámara funge de párpado para acercarnos a esa sensación claustrofóbica que recién empieza a sentir Jean-Do. Además de ese ojo, sólo le quedan intactos la imaginación y la memoria para escapar de ese encierro.

Así lo confesaría más tarde en su libro “La escafandra y la mariposa”, escrito a punta de parpadeos y gracias a un sistema de alfabeto especial (pero lento hasta la frustración). Cuántas veces la imaginación ha ido en nuestro rescate para salvarnos de otros encierros, incluso de esos en que nos hace caer la rutina y que muchas veces no percibimos.

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El pintor neoyorquino Julian Schnabel no tardó en sentir ese grito silenciado al leer el libro y quiso plasmar uno de sus mejores cuadros en el lienzo de un celuloide. El resultado es una poesía escrita con luz, que logra transmitir más que imágenes azarosas de una agonía, emociones que van desde el asombro que produce redescubrir la vida hasta el ahogo absoluto del cautiverio del cuerpo, pasando por la belleza de la liberación onírica de la que ‘Jean-Do’ (Mathieu Amalric) se alimenta para no terminar de morir.

Desde las primeras escenas, podemos percibir que la historia de Schnabel no es una reiteración de Mar adentro, película en la que Alejandro Amenabar se vale de otra historia real -la del tetrapléjico Ramón Sampedro (interpretado por Javier Bardem)- para reflexionar sobre el derecho a la eutanasia. No. “La escafandra y la mariposa” habla del ser humano encerrado, de lo que pudo ser el mundo interno de alguien que ni siquiera tuvo el privilegio del habla.

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Y nadie mejor que un artista para arriesgarse a hablar de la subjetividad de otro individuo, para rebuscar en el inconciente ajeno, y para mirar a través de sus ojos lo que las palabras (del libro) a veces no logran decir.

Su única arma será la empatía y justamente es eso lo que logra trasladar a los espectadores con primeros planos bien logrados, desenfoques fotográficos y elementos sonoros que logran transmitir la confusión y la inquietud del encierro.

Las alegorías del hombre que se hunde en el mar o la mariposa que se desnuda de su capullo se convierten también en recursos que viajan directamente a nuestro inconsciente para contarnos del miedo constante, de la oscuridad, del desamparo que envuelven a Jean-Do.

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Para Schnabel, sólo la sensualidad podría haberle rescatado del infierno y haberle devuelto una sonrisa muda. Por eso, la presencia de la fisioterapeuta o la logopeda, o incluso de la “madre de sus hijos”, se llenan de erotismo, de placer visual que atenúa el dolor de la incapacidad. Su talento para la ironía será otra arma que Schnabel toma del libro en su rescate.

Los diálogos de sus visitantes, las reacciones de amigos y familiares, la contrastante vitalidad de sus hijos, las lágrimas de su padre son un resumen de las penurias que Jean-Do tendrá que compartir con su ironía innata y su habilidad de reírse de sí mismo en los momentos en que uno está a punto del llanto (sólo hay que recordar cuando la carcajada imaginaria de Jean-Do suaviza la cruel observación de dos empleados que deben instalarle un teléfono con altavoz “a un enfermo que no puede hablar”).

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Ese es otro acierto del director de “Antes que anochezca”, pues de este modo nos lleva de la mano por caminos que rozan el estremecimiento pero que no impiden una mirada más limpia del arte (sin melodramas).

Sin duda una película llena de arte cinematográfico, fortalecida con la sobresaliente fotografía de Janusz Kaminski, el guión de Ronald Harwood (La lista de Schlindler), que ha sabido sacar del libro los puntos que debía unir con la imaginación, y el equilibrado montaje de Juliette Welfing, que en el momento justo supo cuándo transportarnos al pasado y cuándo evitarnos la lágrima con el ardid del símbolo. O incluso la enérgica música de Paul Cantelón.

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Se extrañaba en nuestras salas una película que con sutileza nos echara en cara lo dormida que anda nuestra mente y el cautiverio que nos encierra por darle tanto protagonismo al cuerpo. Jean Dominique Bauby empezó a volar cuando su cuerpo se quedó dormido, y ese vuelo, que nos recordó que la existencia iba mucho más allá que tener éxito laboral o familiar, nos lo transmitió Schnabel, cuando estábamos “paralizados” en nuestras butacas.

Por Claudia Ugarte

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