Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Balas Sobre Bogotá


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Andrés Baiz – Satanás, 2007
Una madre culpable porque no tiene cómo darle de comer a sus tres hijos tiene la fatal solución: asesinarlos y así liberarlos de la mala decisión de traerlos al mundo. Un cura impotente al no poder hacer nada para ayudar a su feligresa expurga sus demonios y los muestra convertidos en el deseo por el cuerpo del ama de llaves de la iglesia. Así se inicia “Satanás” (2007), la ópera prima de Andrés Baiz que ya había podido ser apreciada el año pasado en el país con motivo del Festival de Cine de Lima.

La película transita por los conocidos bajos fondos de cualquier ciudad latinoamericana, donde la violencia, el sexo y la delincuencia son moneda corriente. Se trata, además, de un filme coral que muestra tres historias de gente que tiene mucho en común, sobre todo, el infortunio de vivir en un mundo en el que parecen no encajar, situación que los atormenta y los hace sentirse como únicos en su especie, mientras todas las demás personas viven en este mismo infierno sumidos en la más absoluta indiferencia.

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Eliseo (un solvente Damián Alcázar) es un ex militar que sirvió para los Estados Unidos en la guerra de Vietnam y que vive atormentado por la sordidez de una sociedad que lo asquea, mientras tanto, imparte clases particulares de inglés a la hija de una familia acomodada, muchacha que lo inquieta y lo repele.

Paola (Marcela Mar) es una bella y solitaria chica que, sin un trabajo fijo, decide meterse en el oficio de estafadora de hombre ricos, mostrando todo su rechazo hacia una sociedad machista a la que siempre detestó. Finalmente, el padre Ernesto (Blas Jaramillo) vive atormentado por encontrarse bajo el disfraz de sacerdote, cuando su cuerpo explota en deseo por su sirvienta y teme ser descubierto por una sociedad que lo cuestionaría si descubre la verdad.

Y sí, es la sociedad la que resulta siendo la gran responsable en este cóctel de culpas, miedos, venganza, sexo, dolor y violencia. El sólo hecho de ver la primera escena ya nos mostraba el camino por el que iba a transitar un filme que consiguió varios reconocimientos en los diversos festivales en los que fue presentado.

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Satanás es todo cuestionamiento: el sufrimiento parece salir de la pantalla y dejarnos manchados. Andrés Baiz se muestra como un fiel seguidor de Alejandro González Iñárritu, quien con “Amores Perros” (2000) abrió la puerta para que muchos realizadores, con diferentes resultados, vieran la posibilidad de contar la aparente vida normal de los ciudadanos en esta parte del mundo.

La mítica novela de Robert Louis Stevenson, “El Doctor Jekyll y Mister Hyde”, es uno de los elementos presentes en la película, y busca explicarnos que el hombre esconde un ámbito oscuro y demencial que muchas veces termina siendo el que determina su vida. En cualquier momento ese “otro yo” saldrá a flote, llevándose todo consigo.

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Eliseo es el que parece darse mayor cuenta de esto y es en él donde se sostiene el filme (gracias a una sólida actuación de Damián Alcázar); el ex combatiente representa ese tipo de personajes transformados por su paso en una guerra y que lo lleva a alcanzar un nivel de sensibilidad que terminará por hacerlo cometer una locura. Desde “Taxi Driver” (1976), pasando por la peruana “Días de Santiago” (2004), estos seres deformados por la barbarie son devueltos a la sociedad convertidos en una suerte de antihéroes desquiciados.

Basada en un hecho monstruoso que conmocionó a Colombia en 1986, donde un hombre asesinó a balazos a más de veinte personas en medio día, el escritor Mario Mendoza compuso una laureada novela que tiene a Bogotá como telón de fondo. Baiz tomó la historia, la adaptó al cine y mostró a una capital colombiana oscura y siniestra con seres sin moral, viviendo vidas falsas.

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Su mayor acierto es haber sabido utilizar de forma correcta los pocos elementos con los que contaba, ya que la puesta en escena bastante sobria le otorga fluidez al relato, más no así la sobrecargada banda sonora que termina por martillar el cerebro. Los escenarios son recorridos con bastante propiedad y ninguna calle se torna artificial dotando de naturalidad a la narración.

Era inevitable tener que finalizar la película con la reunión de los personajes en un solo ambiente, pero la idea de un filme coral donde la casualidad termina siendo fundamental no fue bien desarrollada por el realizador. Todo concluye siendo forzado y sin alma.

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Satanás termina con un exceso de sufrimiento imposible de llevar, como si los espectadores también tuvieran que cargar esas culpas. Tanta desdicha termina por hacerse intragable. Esa primera escena ya nos lo había advertido, así que había que atenerse a las consecuencias.

Por Fernando Vega Jácome

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