Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Hospedando la crónica manera de hacer sentir espanto


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Roman Polanski – El inquilino (The Tenant, 1976)

La vida de Roman Polanski siempre ha estado marcada por el horror, el cual puesto en sus películas  lo ha llevado a ser reconocido como uno de los mejores creativos del género de suspenso: el thriller psicológico; y esta película, The Tenant, pone en certero manifiesto con limpios pavores que Polanski es el experto.

Y es así porque Polanski no sólo se remite a las sensaciones psicológicas como el miedo, la claustrofobia, la paranoia, la desesperación y miles de estados emocionales que danzan en libre albedrío mientras uno ve la película en sentido de detectarlas en los personajes y en la trama, como en darnos cuenta que cada aspecto tal cual nos involucra directamente. No sólo eso, Polanski apunta a toda nuestra anatomía, desde el pulso cardíaco hasta la náusea y los mareos reales de un cuadro clínico.

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La primera vez que vi esta película era mediodía y terminé con un malestar general que involucraba desde un dolor de cabeza desmedido hasta la inapetencia incluso sensaciones de asco y vértigo. Lo primero que pensé sin duda era qué genialidad de película acaba de ver que no sólo se limitaba al tiempo frente a la pantalla sino que sus efectos duraban más allá en extensiones mentales y físicas reales. Lo segundo que pensé fue la gran suerte que tuve de haberla vista a  la luz del día, a pesar de que con eso no disfruté del todo sus fotografía, pero algo me hacía temer que si el ambiente hubiera sido más propenso para el terror, yo hubiera quedado postrada a la cama bajo una sábana, sudando frío tal como Treskovsky, personaje de la película.

Antes de empezar a escribir esto la vi otra vez, ahora sí de noche. Mi idea fue la siguiente: como era la segunda vez que la veía, a pesar que ya habían pasado años, supuse que los efectos no serían los mismos, que todo lo manejaría superficialmente sin dejar de disfrutarla. Error. Eso me dejó pensando que quizás Polanski tenía algún hechizo clave para lograr este efecto, como digo no sólo viendo la película (que incluso viéndola no se siente tanto) sino al pararse luego de haberla terminado.

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The Tenant es, en principio, un supuesto final a una trilogía empezada por Polanski con su película Repulsión, trilogía que intenta recrear el miedo que se va incubando dentro del ser humano a pesar y también en conjunto con agentes externos reales o no, que dejan en claro la debilidad de la mente humana, la franja delgada de la sugestión y las interrogantes existenciales que generan tantos mitos y creencias místicas que hacen aún más propenso el pánico dentro de sus personajes.

Esta “trilogía de departamentos” (la cual incluye sin duda una de las más reconocidas obras de este director polaco: Rosemary’s Baby) llega a su máximo horror con The Tenant, pieza limpia y más que bien definida, pulida en cada detalle que no sólo involucra el terror sugestionado hasta la locura sino que Polanski lo envuelve bien con cierto humor negro pincelando la Ciudad de la Luz que anida prejuicios y códigos absurdos trazando posibilidades de oposiciones y riesgos.

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Treskovsky, interpretado por el propio Polanski es una muestra clara en sus características de rol, de lo que el director rescatando de la novela original de  Roland Topor (artista francés caracterizado por su elegante humor negro y su naturaleza surrealista) ha podido plantear con lujo en cuanto a los contrastes de lo cotidiano en un personaje casual sin mayores problemas dejando en claro que a veces la ingenuidad y el equilibrio pueden convertirse, en parte, en el enemigo imprevisto de un terror heredado de las circunstancias menos reveladoras.

Y aquí Polanski maneja en técnica tres aspectos fundamentales para lograr este thriller bizarro: la percepción psicológica, el simbolismo y la disonancia narrativa cada cual en temas que van desarrollando la historia desde un pasillo, escaleras, ventanas, cada parte de un todo que genera el concepto de forastero al tiempo de acceder la opción en un estado mínimo de sentirse en las mismas coordenadas. Para esto el personaje Treskovsky es visualmente una clave del proceso psicológico, el cursor que va llevando entre claves del guión, los símbolos de una historia enigmática donde los finales suelen disfrazarse de círculos comienzos que indican las características del ser humano revolcándolas hasta el paroxismo de lo lógico y familiar, situación que se transfiere mágicamente hasta nosotros.

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Técnicamente la película está en el punto ideal con el equilibrio entre la fotografía y cámara. Los colores en tono sugeridos en un nivel que encontrándose corrientes sugieren el misterio y lo tétrico de aquél extraño edificio en conjunto con las sombras y contrastes de la vista de sus demás inquilinos. En sí Polanski hace de París un lugar a semitonos que sugiere más lo ordinario del día a día y aún más remarcado a la visión de un simple ciudadano extranjero. Aquél ambiente que logra relucir con su tiniebla es cuadro convexo para sus personajes que sobresalen con sus actitudes engañosas y macabras entre tanto en contraparte de los personajes externos de ese mundo habitacional se muestran en tono antagonista dando pizcas de una vida en rebelión con todo el concepto que Polanski incluye en el cuarto de Treskovsky con sus ambientes y experiencias.

No sólo el director se luce en la interpretación de este papel atormentado, sino también Isabelle Adjani demuestra una claridad asombrosa con su personaje entre su estar y estar a medias, igual  Melvyn Douglas y Shelley Winters (en el papel de casero y portera, respectivamente) logran un estado sombrío, turbio resultando pérfidos y ásperos hasta el extremo. A su vez cada uno sabe manejar aquél punto intermedio de las situaciones habituales y exageradas de los compromisos que lo atan a sus enmascaradas intenciones. Así esta película entre detalles múltiples incluido los silencios, punzadas sonoras y aullidos penetrantes nos generan la sensación de pesadilla y lo increíble que resulta el poder de la paranoia.

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Polanski luego de eso ha entregado distintas películas, incluso una ganadora del Oscar, pero no cabe duda que esta época marcada por sus intenciones de dejar plasmado sus inquietudes con los comportamientos humanos dentro de la sociedad, partiendo del nido principal en la mente de cada quién sugestionada a símbolos inscritos por el propio ciudadano, nos ha dejado una muestra de un cine extraordinario a pesar de la mala experiencia física al verlas (aunque con el mayor placer de experimentarlas) un estilo que talla y deja la marca en la historia del cine.

Por Beatriz Torres

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