Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Historias Emocionales


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Sandra Gugliotta – Las Vidas Posibles (2007)

Una búsqueda que encuentra su objeto transformado en otra persona, una mujer que ama a un extraño, dos hombres idénticos pero igualmente perdidos, como si el sur de Argentina fuera una suerte de dimensión desconocida emocional.Las vidas posibles (2006) sigue un camino emotivo. Las pulsaciones del recuerdo organizan su trama, las dudas o los celos dan cuerpo a personajes, poco le importa el mundo real a Carla (Ana Celentano), poco le importa también a Sandra Gugliotta, la directora.

 

La realidad se entremete, pero no llama suficiente la atención. Frente al vacío de una pérdida, poco puede hacer por llenarlo. La realidad de un cadáver no dice nada cuando tienes a tu esposo desaparecido cara a cara, que te desconoce, porque ahora ocupa otra vida, una vida posible. Hay que aclarar el argumento. Carla y Luciano (Germán Palacios) son un matrimonio feliz, digamos. Se los ven en una fiesta, donde celebran el cumpleaños de Luciano. Al día siguiente, éste partirá de viaje a la Patagonia. Nunca volverá.

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Entonces ella irá en su búsqueda y encontrará un hombre idéntico, pero que no es él: Luis (otra vez Germán Palacios). La historia virará a un torbellino de emociones y dudas, que así como en las actuaciones, quedará expresada en la progresiva mutación del argumento. Las vidas posibles es un film de sentimientos, de pocos actores, de espacios o cerrados o tan amplios y fríos que igual encierran. Los paisajes patagónicos no evocan sino el vacío. Transforma ambiente y argumento en un mecanismo para hablar de las emociones de sus personajes.

 

El asunto parte con Carla, quien en principio parece algo loca ahí sola en medio de la nada. Uno imagina que la pérdida la ha trastornado un poco, hasta que encuentra al tal Luis. Entonces se piensa que se trata de un relato de dobles, de personas que se repiten porque así es la suerte, pero no: se repiten porque Carla no puede perderlos o porque Luciano quiere huir pero no del todo.

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Tal vez resulte un poco complejo. La trama ya no es la que manda, ni siquiera los personajes producen los hechos como efecto de sus acciones, son las emociones de éstos las que se imponen.

 

Es la misma razón por la que las motivaciones de los protagonistas no se comprenden del todo. Las básicas, sí: Carla quiere encontrar a su marido. Pero eso no es todo. Se trata apenas de un punto de partida. Más tarde, ella se relacionará con Luis con una fluidez como si se conocieran de años, y lo más loco de todo: Marcia (Natalia Oreiro), mujer de Luis, lo intuirá, no por algún tipo de indicio de infidelidad que hallase por ahí, sino simplemente porque forma parte del triángulo.

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En este sentido, tres aspectos constituirían los soportes del film: las actuaciones, el argumento y el espacio, en un segundo plano. Las actuaciones como primer referente de las emociones de los personajes, por su deambular extraviado, por sus gestos mínimos, de mirada vacía y solitaria. En cualquier película funciona así: los primeros en contarnos lo que los personajes sienten son los propios personajes.

 

Por eso, la audacia de Gugliotta se corona cuando la propia trama empieza a cumplir la misma función. Además, el film ya es otro, la noción de búsqueda se llena de nuevas resonancias: ésta ya no es para encontrar, sino para perderse, para difuminarse. El tercer eje responde al uso del espacio. Los lugares abiertos y los cerrados dan lo mismo. El paisaje puede ser bello, pero no dice nada. O habla de vacío.

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Sin embargo, lo emocional no copa el film. Se hace necesaria alguna tensión, que aparece encarnada en Helena (Marina Glezer) —hermana de Carla—, Gutiérrez (Guillerno Arengo) —el detective engargado del caso— e incluso el conserje del hotel (Osmar Nuñez) donde se hospeda la protagonista. Éstos llevan a cabo la búsqueda efectiva y, como suele ocurrir en la realidad, encuentran el auto que Luciano había alquilado y un muerto hinchado en el fondo de un lago. La pesquisa queda resuelta: ahí está el cuerpo, también se halla el celular de la víctima.

 

Ellos intentan convencer a Carla, extraerla de donde sea que su mente hubiera llegado. Y encarnan la realidad que la propia Carla, Luciano o Luis y Marcia pretenden negar. Se trata de dos fuerzas que conviven en un mismo film, ambas necesarias para su apariencia fronteriza, marginal a la lógica, emocional antes que lineal.

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Es como si hubiera dos búsquedas de la misma persona, así como dos personas de alguna manera son una sola, por lo menos a los ojos de Carla. Y la propia Carla, la primera en ansiar hallar a su marido, se pierde. No físicamente. Simplemente, para su hermana o el detective, ya no está ahí. El final mantendrá el tenor de toda la historia. No es tiempo de explicaciones. Hay que intuir el término del relato. Es la única manera.

 

Por Eugenio Vidal

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