Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Réquiem para el hombre de las patadas voladoras


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Mabrouk El-Mechri – JCVD (2008)

Quienes crecimos en los ochenta podemos recordar el formato exacto de las producciones de artes marciales de la época. Un jovencito delgado, pusilánime y molestado por los matones del colegio, con el cual más o menos todos nos podíamos identificar, que es adiestrado en las artes milenarias de la defensa y el ataque orientales, por un maestro de metro y medio capaz de ejecutar a la perfección la patada voladora o el A-do-ken.

Este esquema repetido hasta la saciedad se mostró en su estado superlativo en el lejano 1985: el aprendiz era más torpe y bisoño que nunca, el maestro era nada menos que el espíritu de Bruce Lee, y el villano el tipo más malvado, despiadado y elástico del cine de molde de aquel entonces, encarnado por un actor belga que se hacía llamar Jean-Claude Van Damme, marcando lo que sería el factor común en sus películas: patadas, guiones elementales, patadas, dos o tres líneas de comedia fácil, una tendencia a mostrar los glúteos sin razón aparente, y algunas patadas más.

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Retroceder Nunca, Rendirse Jamás (No retreat – No surrender) significó el inicio de la carrera cinematográfica para un hombre que siempre fue más de lo que sus apariciones en pantalla hacían suponer. Campeón de Shotokan karate y número uno de fisicoculturismo en su país, Van Damme se embarcó en tareas tan dispares como aprender ballet y abrir su propio gimnasio antes de aventurarse en el cine palomitero, en el cual se ha sabido mantener, con bajos y más bajos, durante casi dos décadas, siendo éste un mérito importante en un medio donde, al menos en los ochenta, cada semana se pretendía lanzar al nuevo astro del arte de los golpes.

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La mayoría éxitos de taquilla más o menos hasta la nefasta Street Fighter (una bajada de pantalones para quienes amábamos el videojuego), sus cintas empezaron a caer en las preferencias del público desde entonces. Estos fracasos comerciales, junto a una vida personal desordenada sumieron la carrera del Músculo de Bruselas en el olvido y en las adicciones.

Hoy, recuperado y de la mano de un director francés de poco renombre, Jean Claude nos ha traído una pieza que nos desconcierta, conmueve y maravilla a partes iguales. Y si alguien decía que las vacas volarían antes de que una película de Van Damme sea comparada con obras de tipos como Godard, por mencionar uno de los comentarios de la crítica, más le vale empezar a mirar al cielo.

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De lejos el verdadero autor de la cinta, Van Damme deconstruye su fama mientras nos muestra, en un acto de desvergonzada honestidad, sus problemas financieros y familiares (poco alejados de la realidad, a decir de los entendidos), el desprecio que sufre de las productoras a las que alguna vez surtió de películas fáciles y enormemente rentables (quienes hemos visto la película, recordemos la estúpida razón por la que pierde un contrato con Steven Seagal, quienes no, no pierdan atención a este detalle), su llegada a la madurez y una humanidad inédita expuesta a lo largo de todo el film, en especial en aquel monólogo que se nos antoja una suerte de confesión de vida que precede lo inevitable.

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Poco menos que interpretándose a sí mismo (lo cual no es un pecado, teniendo en cuanta que Roberto Benigni sigue actuando y recibiendo premios por ello), la trama coloca al actor en el medio de un asalto frustrado a un banco, con toma de rehenes incluida, y precisamente donde Van Damme debería empezar a quebrar piernas y romper quijadas mientras neutraliza a los maleantes y salva el día una vez más, es dibujado como un ser humano lleno de problemas que sólo quiere salir vivo del asunto y abrazar a sus seres queridos, nada menos que una persona común. El mito destruido.

Las escenas previas al asalto definen al personaje a la perfección. El juicio por la custodia de su hija, la conversación en el taxi (casi totalmente improvisada), nos introducen al alma del astro y nos hace partícipes de sus angustias y su lidiar con la fama. No concuerdo con la crítica en un aspecto en particular: Esta película NO será apreciada por los fanáticos del actor.

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De ninguna manera. Aquellos cuyo concepto de la diversión radica en violencia de segundo de media y argumentos mínimos y descerebrados, seguramente se sentirán decepcionados. A quienes nos agrada el cine con todas sus letras, deberemos sortear la manera con que este estreno seguramente será manejado por las empresas del ocio.

Así que quedan advertidos: De llegar a los multicines, esta película será promocionada de manera idiota como una más de las producciones directas al video que el actor ha protagonizado en los últimos años, y se utilizarán las tomas de las dos patadas (una de ellas, falsa) que lanza en los 110 minutos de metraje para hacer pensar que se trata de una película “de acción”.

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No se dejen engañar. Estamos ante una pieza original, imperfecta, valiosa en todos los sentidos, donde el hombre que alguna vez estuvo bajo el disfraz de Depredador nos da, sin lugar a dudas, la actuación de su vida.

Gonzalo Del Carpio Bellido

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