Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

El fantasma o la crisis de la ciudad


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Kiyoshi Kurosawa – Los Fantasmas Nunca Olvidan (Sakebi, 2007)

Más allá de los motivos de los fantasmas que encajan en la iconografía del espectro del cine y la literatura japonesa, hay algo en las películas de Kiyoshi Kurosawa que tienta la tesis de las ciudades agotadas, de los espacios que se muestran moribundos, de posar la idea radical del fin de los procesos de urbanización. En el reciente cine de Kurosawa, Tokio no tiene la posibilidad de reinventarse.

Si en los casos del cine fantástico japonés de los 50 y 60, los fantasmas pertenecen a relatos ambientados en épocas dinásticas, imperiales y patriarcales, teniendo como marco de fondo escenarios bucólicos y rurales que acentúan la idea de conexión con la naturaleza (es más explícito en los episodios de Masaki Kobayashi como el de La mujer de la nieve en su filme El más allá), en el cine de Kurosawa, a diferencia de otras cintas del denominado J-horror, los fantasmas son signos de la decadencia de una modernidad que lleva al agotamiento. Son parte de la urbe que se resquebraja, de su rapidez y asimilación, de procesos voraces que terminan destruyendo lo que acaba de conformarse. Pero Kurosawa se mueve en universos alegóricos y las ciudades no son más que reflejo de quienes las habitan.

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Para Kurosawa, a diferencia de los filmes que marcaron hitos en la vertiente llamada Kwaidan (con Kobayashi a la cabeza como lo mencioné), los fantasmas no penan entre riachuelos del campo o en casas en poblados rurales en medio de la nieve. Los tiempos han cambiado y los reclamos del más allá ya no tienen que ver con venganzas personales. Ya no se trata de la Sadako de Ringu, ni de la Kayako de Ju-on, sino de venganzas colectivas a una existencia decadente, individualista y desconectada en medio de las metrópolis.

La ciudad ya no es lugar para vivir, solo hay restos y espacios inhabitables. En Kairo (2001), un par de sobrevivientes a una suerte de enfermedad de desolación, causada por el encuentro con fantasmas, huye en auto por las calles grises de un Tokio muerto. En Los Fantasmas Nunca Olvidan o Retribution (2006) (su título en inglés) el detective Yoshioka cruza una calle desierta y llena de basura, tras la revelación que lo deja cuasi en estado de shock, dejando entrever un Apocalipsis anunciado. Los fantasmas han tomado la ciudad.

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Tanto en Cure, Kairo o Retribution, por ejemplo, para mencionar sus filmes más significativos, yace esa frase explicita, que reiteran en varias oportunidades los personajes en alguno de sus filmes: oscilar entre los límites de la construcción y la destrucción. Los fantasmas en el limbo aparecen en escombros, en departamentos enmohecidos, en cuartos sellados con cinta aislante roja o en viejos hospitales abandonados por una nueva modernidad tecnologizada. Pero no es un motivo gratuito, los entes no son serial killers de ectoplasma, son seres palpables, con plenos sentidos, con comunes rostros humanos, espejo de los hombres y mujeres y reflejo de su solemnidad y autoencierro.

A lo largo de su filmografía, que no hemos visto completa, Kurosawa experimenta escapando de los parámetros del cine de género, para entremezclarlos y producir historias de suspenso o terror, a lo que siempre se le encasilla, con espíritu diferente al común del cine japonés actual. Como en el caso de Loft (2005) amalgama extraña de terror, drama y comedia de humor negro que tiene como hilo conductor el misterio de una momia; de Kairo, con elementos del terror puro conforma una pesadilla de ribetes existenciales, o Doppelganger (2003), donde explora el tema del doble en el marco del thriller y la comedia negra.

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En su reciente Tokio Sonata (2008) incursiona nuevamente en los terrenos del drama en torno a las relaciones filiales,  concordando con el trasfondo de su estupenda Bright future (2003), donde recuerdo una curiosa escena donde se ve a jóvenes en pandillas vestidos con polos del Che Guevara por las calles nocturnas de Tokio listos para robar.

El grito que no se escucha

En Retribution (estrenada inesperadamente en Lima como Los fantasmas no olvidan, lo que se agradece), Kurosawa, nacido en 1955 y  con debut en el largometraje en 1975, vuelve a las motivaciones que configuran el universo de Kairo: fantasmas que actúan como conciencia, manchas en las paredes que evidencian la muerte, ciudades colapsadas por la desaparición en masa de sus habitantes.

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Pero hay una gran diferencia, la ausencia de lo tecnológico como vía de infección. Yoshioka, un detective maduro que vive con su novia en un departamento en una zona en abandono, se ve perturbado por las evidencias en un escenario de un crimen, que en apariencia lo culpabilizan. Las huellas toman la corporeidad de una fantasma vestido de rojo (que según la tradición evoca a mujeres jóvenes solteras), que lo acusa como culpable de su muerte.

El policial se cruza con el filme de fantasmas, con esa vena donde las mujeres de cabellos lacios y negros se convierte en sujetos de poder: la mujer que acosa a Yoshioka es lo opuesto a la sumisión que despide la mujer que vive con él. El fantasma rompe paredes, provoca terremotos, logra que un hombre entre a la fuerza en un tazón de agua. La venganza es descomunal.

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Si en El más allá de Kobayashi, la irrupción del fantasma como ejecutor de venganzas por pena y tristeza responde a recobrar un lugar en una sociedad machista de samuráis y emperadores, en el cine de Kurosawa, las mujeres son fantasmas en apariencia pasivos, surgidos de asesinatos o suicidios, que propician crímenes amorosos, que salen de espejos y vuelan por los cielos pero que a la hora de hacer cumplir su misión no escatiman un choque brusco desde el techo.

Kurosawa es un director de planos fijos, cosa que se destaca en el plano inicial de la muerte de la mujer de rojo, con un logrado manejo del espacio y de la iluminación (punto común en todos sus filmes y en eso radica su maestría). Tiene un sello personal que se nota en los cortes bruscos, mucho mejor trabajados en Retribution o en Loft, por ejemplo, donde se tiene la sensación de escenas medidas, mostradas en su suficiencia.

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Encontrar Retribution en la cartelera limeña es un hecho excepcional. Se trata de una de las mejores películas de este director japonés, cuyo tema se mueve en una primera visión en el absurdo, pero más allá de esta superficialidad, encontramos a un director que elabora un filme donde confronta a través de un imaginario muy personal, el agotamiento de una apuesta de desarrollo avasallador que tiene como una de sus consecuencias sociales al aislamiento que se parece a un grito que nadie oye.

Por Mónica Delgado

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2 comentarios

  1. Oscar

    ¿No creen que a las películas de terror se les subvalora por ser de un “género menor”? Japón gana un Oscar con Departures pero ninguna de sus cintas de terror fue considerada al Oscar ni a ningún premio fuera de los festivales de cine fantástico. Para que la crítica tome en serio una película, debe ser un “drama humano”, sino es una cinta muy interesante pero ahí queda.

    febrero 27, 2009 en 12:20 am

  2. Cesar Espejo Tafur

    Personalmente esperaba un mejor final en esta pelicula, ya que en el transcurso de esta se preveia que algo bueno sucederia, pero sin embargo no fue asi, en total esta pelicula tiene una trama envolvente, pero si no se fijan en los detalles durante la pelicula sufriran una decepcion como yo.

    julio 30, 2009 en 4:09 pm

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