Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

jules dassin o el cine como manifiesto


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“A mediados de los 40′ un nombre comenzaba a surgir entre la negrura de las cintas de la época. Un estadounidense de ascendencia judía, que era capaz de reproducir con realismo el espíritu desencantado de la posguerra en películas con un alto espíritu social que le valieron una cobarde persecución macartista”.

Un 18 de diciembre de 1911, en el seno de una familia de inmigrantes rusos, nacía el inquieto Jules Dassin. Al terminar sus estudios secundarios en 1929, decide convertirse en actor, para años más tarde encontrar en la dirección, el camino que tanto había buscado para transmitir sus ideas y su visión de una realidad dura, esa que tanto había examinado recorriendo el Bronx cuando solo era un muchacho de escuela.

Con veintinueve años, llega a Hollywood, convirtiéndose en ayudante de Garson Kanin y Alfred Hitchcock. No obstante, es en 1941 que Jules Dassin empieza su travesía en la dirección cinematográfica, con el cortometraje “El Corazón Delator” (The Tell-Tale Heart), basado en el conocido relato de Edgar Allan Poe, en donde da una muestra de su pulso y manejo de la puesta en escena, así como de su arraigada conciencia social, haciendo de esa pieza de solo veinte minutos, una experiencia trepidante, en la que no se disminuye la tensión, aunque conozcamos el desenlace.

Ese auspicioso trabajo fue el inicio de una trayectoria de casi cuarenta años, la misma que se distinguiría en dos etapas, de las cuales hemos seleccionado sus cintas más representativas.

PRIMERA ETAPA: HOLLYWOOD Y LA PESADILLA MACARTISTA

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“Fuerza Bruta” (Brute Force, 1947)

El cine negro de esos años, estuvo evidentemente influenciado por el movimiento neorrealista italiano. Directores como Luchino Visconti y Roberto Rossellini, cosechaban la admiración de la crítica y los cineastas de la época. Y Jules Dassin que concebía el cine como un mecanismo que sirviera de espejo a los espectadores, no podía estar ajeno a esta corriente, filmando en 1947 “Fuerza Bruta”, una violenta crónica carcelaria.

La opresiva realidad penitenciaria es develada por la aguda mirada de Dassin, en esta película en la que el escape se convierte en la única esperanza, en el motivo que mantiene con vida a los reos. El inmenso bloque de concreto es testigo del desplazamiento desesperado de sus habitantes, hartos de una rutina de continuos maltratos y pisoteo de sus derechos más elementales.

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La cinta tiene una vigorosa e implacable fuerza narrativa. Mediante flashbacks de los personajes principales, Dassin nos permite ingresar a sus universos personales, plagados de pobreza, descontento e injusticia, que tras el encarcelamiento se corrompen más aún, mostrando la ineficiencia de un sistema que lejos de reformar a sus internos los hace más ruines.

Con un reparto liderado por Burt Lancaster, “Fuerza Bruta” se convirtió en el primer gran éxito del director, lo que le permitió seguir explorando senderos en los que su ojo crítico y racional sería el verdadero protagonista.

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La Ciudad Desnuda” (The Naked City, 1948)

A Nueva York, la ciudad mimada, el corazón estadounidense, Dassin no le rinde concesiones, ni alabanzas. El director mostró a la tradicional manzana en toda su dimensión, como un monstruo que engulle uno a uno a sus habitantes. Un lugar donde no existe espacio para la compasión o la fortuna.

La historia gira alrededor de la investigación del homicidio de una joven mujer. Somos testigos de cada una de las pesquisas policiales que desde el inicio de la película son acompañadas por la permanente voz en off de Mark Hellinger, uno de los productores del filme (quien se presenta a si mismo como tal), lo que refuerza la línea documental que quería plasmar el director, confeso admirador de Roberto Rossellini.

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Aunque la película tenga la máscara de trama criminal, es obvio que para Dassin no es importante que conozcamos la identidad del asesino de la muchacha. Pareciera que sí, ya que hemos asistido al descubrimiento de diversas pistas que nos acercan más a él. Sin embargo, lo que verdaderamente desea mostrar, es la radiografía de su sociedad. Una sociedad de personas indiferentes, en la que los medios de comunicación sacan provecho de un drama cualquiera para obtener un sabroso titular que se venderá por algunos días. El director denuncia, lo dice a la cara y en su lucidez, no cabe el optimismo.

En 1949, la Academia galardonó al largometraje con dos premios Oscar, uno a la mejor fotografía y otro a la mejor edición, además de ser nominada a mejor guión.

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“Mercado de Ladrones” (Thieves’ Highway, 1949)

Nick Garcos (Richard Conte) ha vuelto de un largo viaje de trabajo. Sin embargo, la felicidad de reencontrarse con su familia y su novia está a punto de desvanecerse. Su padre, comerciante de vegetales, ha perdido las piernas en un confuso accidente, luego de negociar la venta de una carga de tomates con Mike Figlia (Lee J. Cobb), un inescrupuloso sujeto que no habría pagado la suma pactada a su padre. Nick decide ir en búsqueda del dinero y la verdad.

Dassin que nunca ocultó su tendencia política, realiza con este filme, una certera crítica al sistema y sociedad de su país. Retrata la explotación que sufren los agricultores, así como la corrupción de los intermediarios, para los que el abuso es moneda corriente. En este “Mercado de Ladrones”, el engaño es plato de todos los días y una jugosa ganancia puede depender de qué tan rápido se acabe con la vida de alguien.

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De otro lado, el director dibuja el rostro de un E.E.U.U. fragmentado, que aún vivía los traumas de la reciente guerra y en el que los ciudadanos desamparados, prefieren hacerse cargo de sus problemas antes que acudir a sus autoridades e instituciones.

Plagada de momentos verdaderamente memorables, como la carrera vertiginosa de un camión destartalado y las diferentes escenas donde aparece el protagonista con el personaje de Rica (Valentina Cortese), en las que la tensión sexual traspasa la pantalla, “Mercado de Ladrones” es una pieza fundamental en la carrera de Jules Dassin, pues tras su realización, los miembros del paranoico gobierno estadounidense comenzaron a considerarlo un elemento peligroso dentro de la industria.

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“Noche en la Ciudad” (Night and the City, 1950)

“Noche en la Ciudad” fue la última película que Dassin realizó para un estudio hollywoodense (Twentieth Century- Fox), previamente a su autoexilio. Tuvo que ser rodada en Londres, debido a la persecución de la que ya estaba siendo víctima por parte del senador Joseph McCarthy, sobre todo luego que Edward Dmytryk mencionara su nombre en una de sus funestas audiencias.

Harry Fabian (Richard Widmark) un timador de poca monta que trabaja en un club nocturno, desea triunfar, ser reconocido, pero no encuentra el camino. De manera inesperada se le presenta la oportunidad de incursionar en el negocio de la lucha grecorromana, al que no dudará en ingresar, valiéndose de engaños.

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Los oscuros recovecos de Londres y su fauna más rabiosa se revelan ante los espectadores. En los barrios bajos solo existe la ley que el dinero puede comprar y los encargados de hacerla cumplir son los más sombríos personajes. En medio de ese infierno, se encuentra atrapado el iluso Harry Fabian por voluntad propia. Quiere mimetizarse, pues cree poseer la maldad suficiente, sin embargo, no parece darse cuenta que no cabe en ese orden, que no hay espacio para los soñadores. Lo que ha hecho hasta ahora es supervivir. Nos preguntamos por cuánto tiempo más y obtenemos la respuesta en esos pasos desesperados, en esa respiración agitada.

Dassin realiza esta adaptación de la novela homónima de Gerald Kersh, como una pesadilla sin escape posible, añadiendo más pasajes al retorcido laberinto en el que ha dispuesto a su protagonista. Para lograr ese clima se apoyó en la excelente fotografía de Mutz Greenbaum, que influenciado por el fotógrafo Arthur Felling, más conocido como WeeGee, supo imprimir el tono sórdido y desencantado, en el que la noche toma una dimensión monstruosa, de amenaza constante.

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Existen varias secuencias antológicas en esta maravilla noir, pero si hay alguna que merece mayor recordación es el de un combate cuerpo a cuerpo en un ring de lucha. El magnetismo con el que se cubre la pantalla es inigualable, repleta de planos detalle que aumentan el nivel de una violencia que de por si es subyugante.

SEGUNDA ETAPA: EL AUTOEXILIO EUROPEO

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“Rififi” (Du rififi chez les hommes, 1955)

Luego de ser incluido en la lista negra del inefable McCarthy, Dassin tuvo que abandonar definitivamente su suelo natal. En ese contexto de exilio y tras cinco años de involuntario receso, realiza en Francia, “Du rififi chez les hommes”, más conocida como “Rififi”, obra por la que fue reconocido como mejor director en el Festival de Cannes de 1955.

Tony Le Stephanois (Jean Servais) acaba de salir de la cárcel y la ansiada libertad no es nada maravillosa, no tiene trabajo, ni dinero y su amada Mado (Marie Sabouret) lo ha abandonado. Lo acoge su amigo Jo (Carl Möhner), quien le propone realizar el “atraco perfecto” junto a un par de compinches más, Mario Ferrati (Robert Manuel) y César (el mismo Jules Dassin). El blanco es una joyería y la experiencia les dice que no será difícil, que con el botín podrán retirarse de la vida criminal. La experiencia lo dice, sin embargo ¿es tan fácil salir del infierno?

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Como buen filme negro, los personajes están marcados por una suerte guiada por la fatalidad, configurándose un terrible escenario de arenas movedizas, en el que vagan primero con calma y después con desesperación al notar que el hundimiento es inexorable. No obstante, el único que parece presentir esto es el protagonista quien refleja en su rostro adusto y en cada movimiento una mezcla de extrañeza y tristeza. Sentimientos que de seguro también embargaban al director en su condición de exiliado.

El halo de pesar que cubre “Rififi”, hace que apreciemos el espectáculo, como a través de un vidrio roto. Incluso la vivacidad del número de music-hall, que aparentemente es un respiro refrescante en la cinta, es por contradicción el punto de partida de la tragedia, que curiosamente tendrá como responsable al personaje que interpreta el Jules Dassin.

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La secuencia del robo es magistral. Durante veinte minutos, cada paso de lo planeado es filmado sin diálogos, ni música, logrando que nos concentremos en los gestos y angustia de los personajes, incrementando así el suspenso, que con un ritmo in crescendo, cada vez más infartante, nos conducirá a un epílogo vertiginoso,  con el deterioro del protagonista en una alocada carrera, desarrollando una catarsis en la que solo la inocencia quedará a salvo.

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“Nunca en Domingo” (Pote tin Kiryaki, 1960)

Con un guión de su autoría, Dassin lleva a la pantalla esta cinta en la que además actúa. El director dio vida al estadounidense Homero Thrace, filósofo que se traslada a Grecia, en su anhelo de pisar la cuna del conocimiento y la civilización. Al llegar conoce a Ilya (Melina Mercouri) una despreocupada y alegre prostituta que para él encarna toda la belleza de la cultura griega, por lo que intentará redimir su camino.

El director reflexiona sobre el combate de la libertad y las ganas de vivir contra las afectaciones intelectuales y el absurdo moralismo, a través de sus personajes principales: Ilya y Homero. La primera concibe el mundo desde su perspectiva orientada a los placeres físicos y el optimismo, incluso en su imaginario ni las famosas tragedias griegas, contienen elementos dramáticos (el final de “Medea”, es uno en el que Jason y su feliz familia, se encaminan a un día de playa). Mientras Homero, es una caricatura del intelectual, que no es capaz de asimilar una idea de felicidad alejada del conocimiento y la virtud.

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“Nunca en domingo” es de esas comedias que siempre se van a llevar en la memoria, por su alegría y vitalidad, por sus canciones y sobre todo por Melina Mercouri que hace el papel de una de las desvergonzadas más bellas, carismáticas e ingenuas del cine, hecho que además le valió compartir el premio a mejor actriz en el Festival de Cannes con otra gloria, la gran Jeanne Moreau.

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Topkapi (1964)

Ante todo, “Topkapi” es divertimento puro, una delicia que disfrutar, un ejemplo de que se puede hacer una heist movie sin grandes efectos y rollos argumentativos, pero con bastante inteligencia, humor y un claro sentido del suspenso.

“Topkapi” es el nombre del museo que pretende atracar un equipo de amateurs, liderado por dos expertos: Elizabeth Lipp (Melina Mercouri) y William Walter (Maximiliam Schell), para apoderarse de una valiosísima daga que es uno de los tesoros máximos de Turquía.

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Las dificultades por las que atraviesan estos ladrones para llevar a cabo su plan, hace que los espectadores padezcamos junto a ellos una tensión constante que Dassin hábilmente libera con dosis de un humor bastante cargado (generalmente a cargo del personaje de Peter Ustinov), a diferencia de “Rififi” que era una pesadilla pura.

Y ya que mencionamos a la cinta noir, debemos decir que en “Topkapi” la secuencia del atraco también es de una dimensión espectacular y de un suspenso que corre por la frente, cual sudor frío. Además, al igual que “Rififi” serviría de modelo para otras películas del género, claro, que algunos las adaptarían con más o menos fortuna, como hiciera Brian de Palma en su “Misión Imposible” de 1996.

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Noche de Verano (10.30 pm, Summer, 1966)

Fuertes palmas al son de un taconeo español, adornan los créditos iniciales de esta película, que es pasión en esencia, como era de esperarse de la adaptación de una novela de Marguerite Duras, quien además colaboró en la realización del guión.

“Noche de Verano” es una historia de amor, desengaño, abandono y crimen. Viajamos por la catarsis del personaje principal (Melina Mercouri) a través de paisajes rurales españoles que nada tienen de sublimes y si mucho de hostiles. Una catarsis que involucra también la pérdida de la fe en los sentimientos, en lo que puede quedar en los humanos al fin y al cabo.  El alcohol, acompañado del frenesí y melancolía, son los mecanismos que utiliza la protagonista para aferrarse a una vida que le duele por postiza, pero que desea mantener, a pesar que su alma ya no resista más y prefiera perderse en la inmensidad de una ciudad.

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Jules Dassin partió el 31 de marzo del año pasado, a los 96 años, dejando un legado de obras que indiscutiblemente aportaron maestría y temple. Una herencia que merece ser atesorada junto con otras que escribieron con letras mayúsculas la historia y grandeza del séptimo arte.

Por Leny Fernández

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2 comentarios

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