Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

la prisionera


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Clint Eastwood – El Sustituto (Changeling, 2008)

Tal vez la esperanza sea lo último que se pierda, pero también es cierto que no se trata de un buen consejo. No siempre, en todo caso. Porque algunas veces ésta puede terminar convirtiéndose en una cárcel, como en el caso de la Christine Collins concebida por Clint Eastwood, presa de su propio amor maternal.

El Sustituto (Changeling, 2008) se basa en una serie de homicidios infantiles acaecidos en Los Angeles hacia finales de los años veinte, conocidos como “Los asesinatos del gallinero de Wineville”. Gordon Stewart Northcott fue condenado a la horca por torturar, abusar sexualmente y matar a veinte niños entre el periodo que va de 1928 a 1930. Uno de de los cuales fue Walter Collins, el hijo de Christine.

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El film de Eastwood toma su historia como punto de partida para develar un sistema envilecido, capaz de destruir a una mujer inocente antes que de admitir un error. Porque, luego de varios meses, la Policía de Los Angeles le devuelve a Christine Collins un niño que no es su hijo, pero que neciamente afirma serlo. Como es obvio, la mujer reclama, pero resulta primero ignorada y después abusivamente silenciada.

Se trata de una película que, al mismo tiempo que retrata la profunda corrupción que reinaba durante ese periodo en Los Angeles, exhibe la fortaleza de un personaje absolutamente actual: una mujer que se enfrenta a su medio como ninguna otra en su época se hubiera atrevido, con una entereza de carácter de heroína de este tiempo. Pues El Sustituto rebasa los límites de la recreación del pasado y constantemente establece relaciones con el presente. Un film que desde su apariencia anacrónica apunta a miras más bien contemporáneas.

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El Sustituto se inscribe en el género del melodrama, pero esquivando el elemento sensiblero, en una variante moderna más contenida y seca, opresiva en lugar de emocional. Al igual que en Río Místico (Mystic River, 2003), la melancolía resulta interna y oprime a los personajes. Alcanza el exterior como si se tratara de un contagio: la frialdad de los tonos monocromáticos de la imagen no refleja otra cosa que la impotencia de sus protagonistas, y la cámara contempla pacientemente su enajenación progresiva, a manos de sus propios traumas.

Para Christine Collins el trauma es la esperanza. A lo largo de todo el film, aprovecha cada uno de sus descansos en el trabajo para llamar al Departamento de Personas Perdidas y preguntar si hay noticias de su hijo. Nunca dejará de hacerlo. Nunca descasará. Porque, aunque logre abatir el sistema infecto, aunque ella y su hijo se conviertan en héroes para otras personas, de nada vale sin la tranquilidad de su conciencia, sin saber si su hijo se encuentra vivo o muerto.

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Acertadamente, Clint Eastwood elude el hecho de la posterior confesión de la madre de Stewart Northcott, quien admitiría la responsabilidad del asesinato de Walter Collins. Simplemente, su versión termina antes, se cierra en la indeterminación. Pues concibe a una Christine Collins prisionera de su conciencia, cuya esperanza y amor maternal la conducen a una búsqueda que, de justificada y compresible.

Esta búsqueda se torna una obsesión cada vez con menos sentido. En principio su motivación resulta perfectamente accesible, la madre que desea recuperar a su hijo, pero luego comienza a parecer una causa perdida. Cuando todo el mundo le dice que continúe con su vida, ella, no obstante, mantiene la esperanza del primer día. Sutilmente, el personaje inicia su enajenación progresiva.

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El carácter contemporáneo del film reside, justamente, en esta variación del género. Se trata de un melodrama del encierro, de la opresión de la conciencia, que da un paso más adelante en relación con otros trabajos similares del autor: la obsesión y la enajenación ya no son generados por la culpa o los traumas del pasado, sino por un sentimiento supuestamente redentor: la esperanza. Christine Collins es una prisionera de su propia esperanza. Nunca descansará sencillamente porque no pierde la fe.

El Sustituto luce anacrónico en sus formas. Encima, se encuentra ambientado en el pasado. Sin embargo, apunta claramente hacia el presente: su tema y su protagonista son propios de este tiempo. Constituye una mirada contemporánea de un hecho ocurrido hace muchos años. Y sobre todo, su conclusión no sólo se libera a la indeterminación, sino que descubre un matiz distinto, marginal: la esperanza como cárcel, lo opresivo como motor del melodrama.

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La motivación de Christine Collins siempre es la misma: nunca deja de buscar a su hijo. No obstante, el personaje se enajena, poco a poco se pierde, porque cuando su misión se vuelve vana, cuando ya no tiene sentido seguir buscando, su esperanza se mantiene intacta, pero ya con un cierto resabio de obsesión irracional. Hay dos imágenes particularmente ilustrativas.

La primera: Christine se reúne con el asesino en el día de su ejecución, lo enfrenta fuera de sí, y el oficial encargado de protegerla se ve obligado a llevarse al criminal, dejándola encerrada, asomándose desesperada detrás de los barrotes, como si los roles se hubieran invertido y la prisionera fuera ella.

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La otra: más sencilla aunque no menos significativa, lo único que hace Christine es llamar al Departamento de Personas Perdidas preguntando por su hijo, exactamente igual que al inicio, sólo que, bajo la luz de todo lo que ha ocurrido, la acción se antoja inútil, su comportamiento irracional, como el de una prisionera de su propia esperanza.

Por Eugenio Vidal

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