Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

lo que ha estado ahí, al parecer, siempre.


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Joel y Ethan Coen – El Hombre que Nunca Estuvo (The Man Who Wasn’t There, 2001)

Lo que ha estado ahí, al parecer, siempre.

A veces uno se pregunta de dónde nacen ciertas ideas, ciertas preocupaciones extraordinarias que generan, en este caso, un cine crónico como enfermedad delirante y a la final, majestuosa. ¿Es acaso que lo primero puede ser en realidad lo primero, es así que sólo se establece por un orden cronológico habitual? ¿Por qué tanta pregunta ante esto? Pues muchos han escuchado, leído  e incluso ya vieron la última película estrenada de los Hermanos Coen. También quizás muchos conocen su trayectoria además de haberla visto de pies a cabeza, o quizás otros solamente por el Oscar, se estén dando cuenta de lo que siempre ha estado allí.

Hace unas semanas fui a ver Burn After Reading la cual me dejó en claro, recordando otras películas de los Coen, cuál era el estilo de estos curiosos más no del todo cuál era su motivación. Motivación que puede verse evidente en casi todo lo que se propone, sí. Pero eso, ahora que retomé The Man who wasn’t there, una película que hace ya bastantes meses no concreté, llego a darme cuenta de ciertos detalles que alimentaron, no sólo mis expectativas al verla, sino también el recuerdo de la genialidad de la última que han estrenado. ¿Entonces acaso fue ésta, la que estuvo en cartelera, la última en realidad, es decir, si hablamos de momentos de creación? Puede ser que no.

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Qué tal enredo ya es éste. Pero necesitaba plantear este punto en particular, pues, aunque parezca confuso e insignificante, tiene en una transmirada, algo que puede dar más claves no sólo para encontrar un perfil en el arte Coen, sino también para disfrutar aún más de su cine que cada vez va brillando con mayor potencia entre lo oscuro de lo que ellos mismos proponen.

The Man who wasn’t there gira muy bien estructurada con bases de un guión que establece patrones como la del cine policial de los años 50, por lo mismo que no es coincidencia que la película esté planteada en blanco y negro, como también que esté ambientada en esa época. Se podría decir que los hermanos Coen decidieron estos detalles a modo de homenaje a un cine, que es en principio su tendencia, el cine noir. Existen ciertos patrones en relación a ciertas claves de la historia que deben darse, pero sabiendo darlas para generar el suspenso y la atracción necesaria, ingredientes indispensables para que las dos horas de película no duerman a nadie. En eso hay que tener habilidad, la cual sin dudarlo, los Coen la tienen bien entrenada.

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Lo primero que puede capturar es lo elegante de cada toma, los claroscuros, las siluetas y los cambios entre escenas. La brillante fotografía de un blanco y negro bien conseguido y ahí la técnica precisa de haber sido filmada a color para en el post haberla pasado al estilo de antaño. No cabe duda que no sólo es mostrar un claroscuro que profundice aún más el misterio, la intriga y mantenga a flote la expectativa de ver lo siguiente, de ver en este caso qué es lo que puede girar alrededor de aquel escenario primario, tan supuesto tranquilo como es una barbería y claro de los barberos. Añadido a eso está la creatividad puesta en las distintas tomas de la cámara, generando más de una vez, encuadres como si fueran en su pausa, algún cuadro expresionista, pues en todo momento vemos no tan solo al protagonista, sino a su alrededor, como la extensión de él mismo en sentido a su psicología.

No hubo mejor rostro logrado para trasmitir todo lo que aquél personaje dejaba transcurrir en su monotonía y mecanizada actitud de cierto desamparo, que la de Billy Bob Thornton, quién logra de manera estupenda este rol principal, contagiando su extraña actitud pasiva al observar pero que no lo deja del todo inactivo, no, por lo contrario, eso mismo que en él está gris sirve para luego llevarlo a la luz. Un antihéroe al reverso donde es difícil tener en claro los límites de lo bueno o malo, cuando los actos van en contraparte de un objetivo primario, llevando así como es clásico en los Coen, un llavero con tantas llaves que van abriendo al paso circunstancias que a simple vista pueden no tener sentido, pero que son esas mismas las que involucran luego a todo lo anterior y de una manera a veces salpicada de sarcasmo con tentativas a lo absurdo e inexplicable.

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Así es como uno siente los hechos, están ahí a punto de ser descubierto, lo más evidente puede ser oculto por el hecho de la razón, de la misma lógica. Y a este ritmo va la película entre las acciones y los pensamientos de este barbero que se encuentra en medio de un todo lleno de nada, intentando en sus cotidianos monólogos introspectivos, filosofar acerca de él mismo jalando como con tentáculos cada extracto de su alrededor, desde su esposa, interpretada por una Frances McDormand con un desarrollo del personaje sobre sus propios cimientos de serenidad y desentendimiento que equilibran a buen gusto esta pareja entre infidelidades y disonancias.

A su vez no dejan de poner aquél personaje, posible secundario, quién encarna para este desdichado barbero, la dulzura de la esperanza a la que él no quiere renunciar, sintiendo en ella, su motivación para lograr algo cuando todo está de cabeza y girando cada vez más en sentido contrario. Las oportunidades están dadas en formas extrañas y a manera real, alcanzables, pero es como si por ahí, caminando existiera esa pared que transita entre el no saber y el vivir pensando que sí se sabe algo,  en contraparte de quién está del otro lado, en el secreto, sin poder descifrarlo y en eso mismo sentir cierta libertad que anuda las consecuencias.

The Man who wasn’t there está hecha de desenlaces, esos que circulan ante los nuevos comienzos con un buen suspenso el que genera aquellas expresiones de sorpresa cuando lo que uno puede creer que pasará e imagina que es eso precisamente lo que no, es quizás así pero diferente como pasa. Y así se vuelve una película clásica en su estilo además de su exquisita producción que deslumbra en un final que se esperaba quizás, en fondo y forma, como la mejor manera de escribir un fin a la vida entre claroscuros. Y entonces, sigue en pie la pregunta: Burn after? Who first?

Beatriz Torres

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