Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Recetas Fallidas


 

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Bryan Bertino – Los Extraños (The Strangers, 2008)

 

Un género con una tradición tan amplia como el de terror con el tiempo ha fundado sus propios códigos y convenciones: la imagen ominosa, la del asesino psicópata o la del fantasma, detrás del protagonista; los cortes abruptos donde vemos por un segundo la figura del monstruo; siempre sombras siniestras y entrevistas, siempre cortes repentinos, como si existieran una serie de reglas infalibles para producir miedo.

 

Claro, esto no es verdad. Si bien existe cierto canon, no significa que se trate del único camino. Es más, en la misma tradición del cine de terror han sido los innovadores aquellos quienes han terminado por imponer las pautas que ahora seguimos.

 

 

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Y por la misma razón, los filmes que toman dichas pautas como si se tratara de una receta garantizada son los que justamente fracasan. Se tornan predecibles, su intención facilista de generar miedo se percibe de inmediato, a veces hasta el punto que resultar risibles.

 

Los Extraños (The Strangers, 2008), de Bryan Bertino, no parece ir mucho más allá. Encontramos, muchas veces, los tópicos del género: un encuadre amplio donde vemos en primer término a la protagonista, y en segundo, en una esquina, al asesino enmascarado; en otros, su rostro cubierto intenta sorprendernos tras una cortina violentamente descorrida. Durante una hora.

 

 

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Y el argumento es una excusa ínfima: basado en un hecho real, relata la sangrienta e inexplicable muerte de James Hoyt (Scott Speedman) y Kristen McKay (Liv Tyler), en su casa de campo. Desde este momento aparece la primera convención del género: el espacio cerrado y aislado, uno del cual los protagonistas o víctimas no pueden escapar ni donde tampoco sus gritos serán escuchados.

 

Luego, poco a poco, llegan los asesinos. Enmascarados como Jason, salvo que sin su gracia. Si el verdugo de Viernes 13 poseía algún carisma desde su torpeza y estupidez, los tres homicidas de Los Extraños lucen más bien desorientados, hasta el punto de responder a la pregunta de por qué hacen lo que hacen con un simple “porque estaban en casa”, que no convence a nadie.

 

 

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No parecen psicópatas, la parsimonia de sus movimientos no se explica por su monstruosidad, sólo son unos chicos que están jugando, que quieren ser crueles y no les sale. Se trata de un juego que les queda grande, porque finalmente nada más parecen unos monigotes.

 

La premisa de esta historia resulta similar a la de Funny Games (1997), de Michael Haneke—chicos que matan de una manera muy cruel, en un caso a una familia, en este a una pareja—, pero con una gran diferencia: el alemán opta no sólo por mostrar los rostros de los torturadores, sino delinea personajes, adolescentes vestidos con uniformes de tenis que dan miedo—sin ser precisamente una film de terror—, no porque lleven máscaras horribles, sino porque están realmente locos.  

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Los “extraños”, en cambio, son inexpresivos y pasivos. Están en todas partes, pero parecen maniquíes. Tampoco tienen un carisma como el de Jason porque no alcanzan el grado de monstruos. Parecen, más bien, una suerte de zombies.

 

El film se extiende por noventa minutos, la gran mayoría de los cuales se encuentran dedicados a estremecer a partir del empleo de las convenciones más manidas del género. Nada más importa que asustar, lo que no es malo —hasta puede ser ideal—, pero para lograrlo no hay que descuidar el resto del argumento. De lo contrario, la película lucirá hueca, en el peor de los casos provocará risas.

 

 

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En este sentido, Los Extraños peca doblemente. Por un lado, el terror se ampara demasiado en artificios muy gastados. Por otro, únicamente se concentra en este aspecto, como si un par de movimientos de cámara violentos y una máscara bastaran para espantar. El terror es mucho más que eso.

 

 

 

 

Por Eugenio Vidal

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