Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Las Buenas Intenciones de El Acuarelista


 

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Daniel Ró – El Acuarelista (2008)

 

El acuarelista (2008) de Daniel Ró (nombre artístico de Daniel Rodríguez) se trata de un estreno sin precedentes en el Perú en cuanto al género. Podríamos (enfatizo la conjugación pospretérita de ‘poder’) decir que se trata de una comedia negra con ciertos ribetes surreales. Hasta aquí todo suena bien, sin embargo, la película se queda en el plano de las buenas intenciones y he aquí algunas razones…

El acuarelista nos muestra las desventuras del señor T (así se llama), interpretado por un afanoso Miguel Iza, quien construye un personaje dedicado aunque torpe hasta la antipatía. El señor T decide abandonar la rutina del trabajo y dedicarse por completo a su arte (a pintar acuarelas), para ello, decide alquilar un departamento en el centro de una ciudad imaginaria (¿es así como uno busca relajarse?).

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En fin, tratando de no hacer antesala a la mezquindad, habría que decir que la película falla más por impetuosa que por carente de talento, después de todo, se trata de una ópera prima, además parece ser que Ró, en su inexperiencia con largometrajes, no sabía exactamente con qué se estaba metiendo.

Y me refiero, principalmente, a aquella pretensión de El acuarelista para con el género: la comedia negra es noble, sutil, INTELIGENTE, y no puede ser tomada a la ligera, el desafío fue demasiado.   

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Se denota, pues, un halo rimbombante que privilegia el aspecto meramente visual, y es que la producción de lo perceptible a los sentidos es la única gran cualidad en un contexto tan alicaído y ávido de auspiciadores como nuestro cine. La dirección de fotografía (a cargo del Tailandés Tanon Sattarujawong) resulta sobria, digna de la escuela asiática contemporánea, a pesar de privilegiar la dirección artística en el sentido del encuadre por sobre todas las cosas.

La animación es, en definitiva, uno de los elementos más rescatables y le brinda cierto dinamismo en los albores de la narración, y es que las acuarelas de Pastorelli resultan muy agradables a la vista, no obstante, este recurso no logra compenetrarse con la historia y se nos muestra advenedizo y forzado en función a los 88 minutos que se distienden gracias a la tamaña absurdidad gratuita de las situaciones que observaremos.

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Así pues, la utilización de la animación resulta, en principio, amena y colorida pero pierde razón de ser en tanto se rige en una insipiente pompa. La última gran utilización de animación que se me viene a la mente se da en The World de Jia Zhang Ke, aquí observamos una lección de animación como metáfora, una lección que Ró pudo aprovechar, pero mejor ni seguir con más ejemplos.

Volviendo a la película, podríamos decir que tiene un componente rescatable más (fuera de lo técnico) y se funda en un algo tan trascendente como lo es la propia historia, mejor dicho, la idea. La misma, como argumento, tiene bastante peso y gran potencial narrativo pero, lamentablemente, se va tornando anodina con el suceder de acciones cada vez más forzadas y la aparición de personajes arquetípicos, como queriendo ensalzar el paradigma de la época pero limitándolo con burdos y planos personajes.

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¿El culpable? Definitivamente el guión, escrito en conjunto por los cineastas Eduardo Mendoza, Álvaro Velarde y por el propio director, denuestan todas las convenciones básicas de la narrativa audiovisual, los personajes, deformados en su esquematismo, nos resultan marionetas impensantes de relleno, sólo están ahí para importunar a T, quien se deja llevar por antagonistas ínfimos y poco recordables.

 No es que queramos que Ró emule grandes delicias del género como Dr. Strangelove, El extraño viaje o After hours. Pero una tragicomedia no puede pecar de presuntuosa, se entiende la idea de ironizar un entorno adverso para el artista pero las situaciones se pudieron elegir con mayor sobriedad y eso es poco decir, la película se desborda tanto en carencia de ideas como de humildad.  

Crédito por el intento. Después de todo, dentro de tanta producción repetitiva, El acuarelista resulta un intento refrescante, aunque fallido, lamentablemente. Y como bien dijo Gide, no se hace buena literatura con buenas intenciones ni con buenos sentimientos, aplíquese la frase también para el cine, y en el caso de El acuarelista, para el cuidado del guión.   

 

Por Enrique Vidal

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