Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Culpa y Codicia


 

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Woody Allen – Sueños y Delitos (Cassandra´s Dream, 2007)

 

El nombre Sueños y delitos (Cassandra’s dream, 2007) recuerda a Crímenes y pecados (Crimes and misdemeanors, 1989). Más allá del verdadero origen de la traducción inexacta del reciente título de Woody Allen, no parece desacertado evocar el film de 1989, pues se trata de una variación del mismo tópico, de la misma disyuntiva moral: ¿si un crimen queda impune significa que nunca existió? Tal vez la culpa te atormente por un tiempo, pero pensando en el futuro, la vas a olvidar. ¿O no?

 

En Crímenes y pecados, Judah Rosenthal (Martin Landau) encarnaba el conflicto. Se debatía entre el remordimiento de conciencia y su propia sangre fría. El angelito y el diablito se encontraban en su cabeza. Ahora, el angelito y el diablito son los protagonistas: los hermanos Ian (Ewan McGregor) y Terry (Colin Farrell), quienes reaccionan de maneras opuestas frente al homicidio que cometen juntos. El asesinato los marca. Se trata de la situación extrema que los muestra tal como son, un momento tan crucial que divide la narración en dos.

 

 

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Casual, causal

 

 

 

En Woody Allen coexisten dos vertientes: una dramática, opresiva, reflexiva, y otra cómica, profundamente irónica, que se burla constantemente de sí misma. Y en los mejores casos ambas se nutren entre sí, como en Sueños y delitos.

 

El film se encuentra signado por la casualidad, pero por aquella tan alleniana, donde simplemente todo ocurre al revés. Sin embargo, se trata de un azar que impulsa hacia delante la acción. Cada quiebre narrativo resulta funcional. Los problemas se resuelven de manera inesperada y la historia avanza, siempre sorpresiva.

 

 

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Lo que, por ejemplo, en principio parecía la meta de los protagonistas, matar a Martin Burns, se transforma en el verdadero disparador del argumento, o de otro argumento. Porque las dos vertientes del cine de Allen se turnan a lo largo de esta película.

 

Al inicio tenemos la comicidad, donde el planeamiento de un homicidio, más que todo, genera risas. Los novatos Ian y Terry hasta se hacen amigos de la víctima cuando su intención era pasar desapercibidos. La narración se dilata en situaciones que ironizan una y otra vez sobre la capacidad y la suerte de los protagonistas. En la vertiente cómica de Woody Allen, existen los héroes, sólo que resultan casi inagotablemente torpes.

 

 

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Sin embargo, una vez llevado a cabo el homicidio, todo cambia. Como dice Terry, se ha cruzado una línea. El film reflexivo alleniano aparece, esa otra vertiente que en este caso afronta un problema ético desde las perspectivas de sus protagonistas. Han matado a alguien y de ahí no hay vuelta atrás, y cada cual escoge un camino distinto: mientras que Ian hace planes para aprovechar su nueva vida, esta vez exitosa, Terry se vuelve loco de la culpa.

 

El asesinato ha transformado la historia: antes eran compañeros en un proyecto común, ahora se revelan como oponentes, pues Woody Allen está planteando el mismo dilema moral que en Crímenes y pecados. La pregunta se repite: ¿qué hacer? ¿Fingir que nada ocurrió y aprovechar la suerte o aceptar las responsabilidades de nuestros actos, el castigo que en el fondo sabemos que merecemos?

 

 

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El relato de situaciones se convierte en historia de personajes, la comedia en drama, lo casual en causal. Las casualidades que se acumulan en la primera parte devienen en las causas de la segunda. Si el planeamiento del homicidio resultaba jocoso, la fuerza del hecho consumado se vuelve una sombra que oscurece la existencia de los protagonistas. Como dos historias que conviven juntas, una después de otra, y ambas giran en torno al homicidio.

 

Sin embargo, una cosa es pensar en matar y otra muy distinta hacerlo efectivamente. Por eso una resulta casi comedia y la otra un drama. Las consecuencias del homicidio develan otro lado de Ian y Terry, uno que ya no da risa. La historia acaba de tomar forma: como la vida, el cine está hecho de comedia y drama, que se impulsan mutuamente. Porque —parafraseando a Chaplin— en Sueños y delitos, la tragedia en plano general es comedia, y la comedia en primer plano, tragedia.

 

 

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Causal, casual

 

 

 

En Crímenes y pecados, Judah Rosenthal supera la culpa, opta por guardar silencio y finalmente vive tranquilo. Se da cuenta de que su vida y la de su familia estarán mejor si no hace nada. Una película moral con una lección de lo más amoral. Con un agrio final feliz.

 

En Sueños y delitos, la premisa es parecida, mas no su resolución. Esta vez el conflicto no se encuentra al interior de un personaje, sino representado en dos. La reacción frente al homicidio toma dos rumbos opuestos, la pregunta se fuerza: ¿cuál camino escoger? ¿Aprovechar el beneficio a cualquier costo o afrontar las consecuencias de los propios actos? ¿El dinero o la tranquilidad de conciencia? Woody Allen no responde.

 

 

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Si el film de 1989 resolvía por la pasividad, éste lo hace por el azar. Las respuestas absolutas no existen, la casualidad puede anularlas en cualquier momento. Al final, cuando queda claro que ambas posturas no pueden convivir juntas, se impone el tropiezo, el instante imprevisto que lo cambia todo, y todo queda como si nada. 

 

 

Por Eugenio Vidal

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