Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Una Película Desnuda


 

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Francisco Lombardi – Un Cuerpo Desnudo (2008)

 

Un cuerpo desnudo (2008) tiene buenas intenciones. Parte del thriller, para desviarse a las psicologías de sus protagonistas. La idea es que la tensión se mantenga, pero más que por el suspenso gracias a la profundización en los personajes. Al mismo tiempo que esbozan un retrato del machismo limeño, las historias personales y traumas deben ser lo que finalmente nos capture. La meta de Francisco Lombardi era crear personajes redondos, que representaran un rasgo social, pero que también cumplieran con generar la intriga propia del thriller.

 

Hasta ahí, todo bien. Por eso se trata una especie de “película de personajes”. Hombres distintos, que se juntan una vez al mes para jugar pokér y beber pisco hasta el amanecer. Tenemos al Capitán Burdeles (Gustavo Bueno), al Coraza (Haysen Percovich), al Negro (José Miguel Arbulú) y al Doctore (Gonzalo Torres), cada cual con una reacción distinta ante la presencia del cuerpo desnudo de Mariana (Carla Vallenas).

 

 

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El Negro llama a sus amigos y les dice que está en Chorrillos, que vengan urgente, que la ha cagado. Cuando aparecen éstos, se encuentran frente al cuerpo desnudo e inconsciente de Mariana. En este punto, empiezan los problemas, porque si bien el planteamiento argumental y las intenciones resultan acertados, no ocurre lo mismo con la puesta en práctica, donde un guión lleno de huecos impide que el espectador se interese realmente por los personajes.

 

El asunto empieza por la presentación de los mismos, su trasfondo no queda claro. Lucen un tanto desubicados. En Los amigos —el supuesto precedente de Un cuerpo desnudo—, el último episodio del film Cuentos inmorales (1978), la capacidad representativa de los personajes se sostiene en el hecho de que cada uno encarnaba una tipología distinta de la sociedad limeña.

 

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Ahí tenemos al provinciano enriquecido en la capital, al negro criollo y farandulero, al intelectual frustrado y fracasado, y al “lorna”, el mundo, el que no habla y sólo recibe las burlas. Y en conjunto, el variopinto grupo de compadres no sólo lucía como una viñeta de la época, sino que permitía develar traumas, miedos y complejos más o menos ocultos a la superficie. Uno entendía por qué eran amigos, se familiarizaba con ellos, los podías reconocer en la calle. Y el desenvolvimiento que seguía la trama se antojaba necesario.

 

En Un cuerpo desnudo, en cambio, hay muchos cabos sueltos. Si bien suprimir información constituye una opción narrativa, no lo es cuando impide comprender a los personajes: el rito del pisco parece un telón de fondo vacuo; la casa de la tía, el escenario en el que transcurre la acción y cuyas imágenes sirven de introducción, es dejado de lado; los propios traumas de los protagonistas son olvidados, en lugar de explotarse.

 

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Están las escenas de la necrofilia del Coraza, que se quedan como un secreto y encima duran poco. Ni impactan ni se relacionan con la trama. O la lacrimosa confesión del Capitán Burdeles, que minutos después pierde todo dramatismo cuando el Negro la transformar en una anécdota risible.

 

La película, con sus giros extraños, se niega a sí misma el suspenso. Crea intrigas que luego abandona. Los personajes ceden a una pasividad indolente que, si bien tal vez sea un rasgo de nuestra sociedad, no funciona como recurso narrativo. Y el machismo, la idea de ver a la mujer como objeto, como nada más que “un cuerpo desnudo”, tampoco queda demasiado clara, en la medida en que se confunde con esta apatía de los protagonistas que, frente al enorme problema que representa cargar con una muerta, optan por seguir chupando. Inverosímil.

 

 

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Se podría atribuir ese aire de indeterminación a la filiación teatral de la película, que toma prestados del teatro el minimalismo de personajes y de escenarios. Quizá Un cuerpo desnudo hubiera funcionado mejor sobre las tablas, pues para empezar sus personajes parecen encontrarse en un escenario.

 

El problema es que esto no se ajusta a la dinámica del cine, que puede emplear pocos personajes y una sola locación, pero que también requiere un registro actoral distinto. Además, el argumento se pierde en su propia evolución, no parece encontrar su norte, lo que en cualquier formato constituye un gran defecto.

 

 

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Un cuerpo desnudo tiene buenas intenciones, pero no pasa de ahí. Su punto de partida resulta interesante: la tradición machista limeña puesta en entredicho desde el suspenso. Sin embargo, todo queda como en el aire: un film desnudo de trasfondo y falto coherencia en su intriga.

 

Por Eugenio Vidal            

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