Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

OVEJAS ZOMBIES


 

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Jonathan King – Ovejas Asesinas (Black Sheep, 2006)

 

 

Ovejas asesinas (Black sheep, 2006), de Jonathan King, se incluye en el terreno de gore, pero en esa variante del género que hace de la sangre y las vísceras motivo de risa. De ahí que esta vez los zombies sean ovejas, por la misma razón que cada uno de los personajes encarna un arquetipo patético y cómico al mismo tiempo, o cómico por su patetismo.

 

Los tres encargados de enfrentar a los lanudos monstruos son un hombre con fobia a las ovejas, una activista de los derechos de los animales demasiado radical y un granjero que al parecer disfruta reventando ovejas zombies a balazos.

 

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Los personajes secundarios tampoco se quedan atrás: el novio de la chica que defiende a los animales, que está aún más loco, la doctora que parece nazi y a la que le encanta jugar con la genética, o mrs. Mac, una anciana acostumbrada recibir a los invitados con los cañones de una escopeta doble. Historia excesiva, personajes bizarros, todos inscritos en film tan jalado de los pelos que transforma las pacíficas y verdes praderas neozelandesas en el escenario de una carnicería.

 

Ovejas asesinas transforma lo disparatado en funcional. A partir de una serie de premisas un tanto idiotas, configura una historia que se va tomando cuerpo de a pocos, donde las ovejas son las verdaderas protagonistas, porque si bien al inicio tenemos el conflicto entre los hermanos Angus (Peter Feeny) y Henry (Nathan Meister) Oldfield, éste se produce debido a las ovejas, y luego, quince años después, ambos adultos, vuelven las ovejas, esta vez con los experimentos genéticos que terminan por crear la plaga de zombies. Como dicta el canon, lo que importa es ver cómo el zombie se come a la gente o como muere de la manera más sangrienta posible. El argumento deviene accesorio, un pretexto para mostrar sangre, vísceras y cerebros.

 

 

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Se trata de una historia bien contada, que cumple en su ritmo y cuyo final intuimos, aunque eso no significa un defecto. Al contrario: esperamos que acabe así, en una gran matanza, donde incluso la sangre salpique la cámara. Tal es la idea. Porque sin matanza final, no hay gore.

 

De manera que lo que se debe evaluar es qué tan asquerosa fue. Gran parte mérito de la película viene de cambiar los zombies humanos por ovejas: se muda lo mismo de siempre por algo que refuerza el concepto inicial. Si antes la gracia se encontraba en enfrentarnos con las personas comunes y corrientes convertidas en muertos vivientes, ahora uno de los animales de apariencia más inofensivos está encargado de comernos el cerebro.

 

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En este punto entra a tallar también Weta Workshop, la compañía de efectos especiales de Peter Jackson, con unas ovejas que recuerdan a los torpes y hambrientos protagonistas de Bad taste (1987). Porque King también escoge la sátira y la asunción de la propia inverosimilitud como recurso.

 

Como tal vez nadie se tragaría la historia de unas ovejas zombies si la contara de una manera “seria”, opta por la burla de sí mismo: sus ovejas tienen mucha personalidad, lo único que les queda de oveja es la lana. Es más, si algún día de verdad nos atacaran las ovejas zombies, definitivamente no serían como las suyas, porque eso ya luciría demasiado irreal.

 

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Justamente este ganado exagerado logra que la película finalmente capture. Desde un inicio la línea trazada es de las que se escapan de los márgenes. Se logra extraer risa de una cruenta carnicería, lo que no resulta casual ni tampoco fácil. Ése fue uno de los motivos, por ejemplo, que convirtieron a Bad taste en una película de culto.

 

Ovejas asesinas constituye una variación interesante del género, en la medida en que se burla de sí misma y le aporta un nuevo aspecto a los zombies de siempre. Cada elemento se encuentra dispuesto al servicio de su idea base: hacer reír a partir del asco.

 

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Desde la premisa argumental hasta el más secundario de sus personajes son bizarros, pero de manera tan extrema que terminan por provocar risas. Incluso la elección de las locaciones: qué mejor lugar para una matanza que los pacíficos campos de Nueva Zelanda. O qué mejor héroe que un tipo con fobia a las ovejas. Una historia así no puede acabar mal. O tal vez sí, pero es un hecho que resultará asquerosamente divertida.

 

 

Por Eugenio Vidal

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