Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Convergencias/Divergencias: Dioses


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Convergencia: Rodrigo Bedoya

La Riqueza de la Superficie

Es muy fácil hacer escarnio de una película como “Dioses”. Algunos pensarán que se trata de una película que nunca se la juega por criticar frontalmente a la clase alta, mientras que otros considerarán que el mensaje social de la misma es muy evidente, y que otra vez se cae en ciertos estereotipos sobre la clase alta.


Lo cierto es que muchas veces el prejuicio no permite ver los méritos de una película arriesgada, compleja, apasionada por las superficies pero que, a partir de ellas, explora todo un mundo y crea u discurso sobre el mismo. “Dioses” no es un alegato en contra de la clase alta ni un testimonio con conciencia social, y eso es algo que ha descuadrado a más de uno.


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Dioses se centra en Diego, (Sergio Gjurinovich) que está enamorado de su hermana, Andrea. El padre de ambos, Agustín (Edgar Saba) tiene una nueva novia, Elisa (mariciello Effio), de condición social más bajka, y que busca entrar como sea al nuevo mundo en el cual la han introducido. A partir de estas dos historias, el director Josué Méndez arma una película que no busca criticar a gritos, sino simplemente mostrar un mundo.

Si en “días de Santiago”, la puesta en escena era más bien fragmentada, a partir de saltos en el tiempo y de cambios de colores que buscaban remarcar la visión algo distorsionada de la realidad del protagonista, aquí por el contrario se busca hacer otra cosa.

La cámara se dedica a pasearse, a mirar como los personajes se comportan y se van desenvolviendo en el mundo. Méndez contempla, como si la cámara estuviera descubriendo por primera vez un mundo que aparece extraño, distante, frío. La longitud de los planos y la distancia que el director plantea entre su cámara y el lugar donde ocurren las acciones producen la sensación de estar viendo un mundo extraño y distante.


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Pero justamente ese estilo de filmar, que para algunos podrá ser superficial, en realidad tiene una fuerte visión sobre lo que se está mostrando. Méndez es alguien que parece fascinado por las superficies, por los espacios y por como sus personajes se van desenvolviendo.

No importa tanto la sicología ni las explicaciones que pueden tener sobre tal o cual conducta: importan las conductas en sí, lo que los personajes hacen dentro de la acción. ¿Por qué Diego está enamorado de su hermana? ¿Por qué éste decide irse a la periferia? ¿Por qué Andrea nunca reacciona ante los avances sexuales de su hermano? ¿Por qué estos, de la nada, comienzan a jugar con al comida? ¿Por qué, de pronto, las empleadas hablan en quechua?


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Nada de esto importa (y quizá por eso la única escena que chirría es el sueño de Elisa, que resulta demasiado explicativo): lo que importa es que Méndez lo filma todo de forma igual, con la distancia de aquel que va descubriendo un mundo en el cual nada parece importar demasiado: ni la risa, ni el llanto, ni la impotencia, ni la indignación son elementos que tenga un valor especial dentro del mundo que retrata Méndez.

Nada parece conmover ni indignar a los personajes ni al mundo en el cual viven, y eso se nota a partir de una puesta en escena. Decir que Méndez no tiene una posición sobre el mundo que retrata es falso: a partir de su puesta en escena, el director justamente plantea un mundo impotente, aburrido, desmotivado, donde cada acto pareciera no tener la menor importancia.


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Dioses no es una película que grite su visión política: pro el contrario, su forma de ver el mundo se define a partir de su propia distancia, de su propia apatía, de su propio interés por las formas, por las texturas. Ese placer por los decorados, por lo espacios y por los personajes moviéndose y desplazándose, sin importar mucho la psicología de ellos, resulta muy interesante. Llega un punto en el cual los personajes secundarios aparecen como intercambiables: podrían cambiar de cabezas y ser exactamente la misma persona. Ese mundo indefinido, donde todo (hasta las personas) son iguales es la base de una puesta en escena lograda.

Mucho se ha hablado ya de la actuación de Maricielo Effio, que resulta muy buena. La actriz consigue darle los matices y contradicciones necesarios a Elisa. Anahí de Cárdena está muy bien también: la antipática Andrea, con todo su alpinchismo y su parquedad, resulta ser un buen logro actoral. Sergio Gjurinovich también consigue dotarle al personaje de cierta intensidad, aunque quizá el personaje resulte un tanto redundante e su obsesión. De la misma forma, Agustín resulta ser el personaje más flojo de todos, al ser demasiado caricaturizado en su prototipo de padre pituco.


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De los estrenos nacionales estrenados este 2008, Dioses se muestra como el más sólido, como aquel que de verdad nos muestra un realizador en cada uno de sus planos. La forma de mirar el mundo que tiene Josué Méndez es distinta y arriesgada, y permite albergar esperanzas en él. Hay que seguir atentos.


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Divergencia: Daniel Vidal Toche

La China Tudela en el Cine

El cine peruano tienen sus respiros muy poco usuales y Josué Méndez ha sabido dárselos con Días de Santiago, la película logró divorciarse de la clásica propaganda socialona y darnos a los espectadores una buena historia bien contada. Dioses, su última producción, ha sido engendrada con el apoyo de Stephen Frears, el realizador de High Fidelity, gracias a la beca Rolex, que patrocina proyectos vinculados al arte en todo el mundo, parte del premio es pactar una reunión Mentor discípulo entre los elegidos y uno de ellos fue Méndez.


Dioses es la historia de Diego (Sergio Gjurinovic) un atormentado adolescente que siente una incontenible atracción sexual por su hermana, Andrea (Anahí de Cárdenas), quien a su vez es el estereotipo de las “huecas limeñas” que viven en un eterno e ininterrumpido carpe diem. El padre de ambos es Agustín (Edgar Saba), quien lleva a casa a una novia nueva, una mujer de otra condición social y racial, Elisa (Maricielo Effio).


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Las cuatro historias se entrecruzan mostrando un retrato cotidiano de la clase alta limeña, que es definida por Méndez como una clase automarginada. Lo que en lima solemos nombrar como “vive en su burbuja”. Los méritos del filme son gigantescos. El manejo de la cámara del director de Días de Santiago, es impecable, por más estereotipado que estén los personajes, la cámara sabe tomar distancia y observarlo todo sin involucrarse demasiado, precisamente como si fuésemos parte del ritual de un voyeur que se mete en los lugares que nadie quieren que sean vistos.


Pero todo esto cae un error clave: La película es sobre Lima y en Lima nadie quiere que algo quede en secreto salvo el que detenta el secreto y en ese individualismo extremo, todos saben lo de todos. Lima es una ciudad Goffmaniana en el sentido que todo lo que vivimos pertenece al ámbito de la superficie, de lo instantáneo. Los grandes placeres del limeño son la comida, el habla y el trago, tres elementos que guardan en común su corta duración, que se extinguen sobre la marcha. Es entonces cuando la mayoría de espectadores de la película sienten que la han visto mil veces, que es una historia pasada.


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Porque lo han vivido, porque ha sido motivo de cadenas, de humor negro, porque nos investimos de ello, porque es un tema harto tratado y porque los tópicos que se manejan ahí son incluso parte de la agenda pública: la exclusión, las diferencias de clases, el racismo. Entonces nos encontramos con una película que nos repite un discurso desgastado.


Cada personaje es un estereotipo que a cualquier limeño le tomaría segundos resumir: Diego, el típico chibolo cagado por su viejo que es un cuadriculado medio milico y que para todo el día fuera de casa, y encima, con una vieja adicta al Alprazolam que lo dejo de chibolo; Andrea, la típica huequita villamariana que ha vivido toda su vida reemplazando los afectos humanos por los materiales y no puede mantener un sentamiento estable, a penas aflora lo humano, huye; Elisa, la clase de arribista que está dispuesta a todo por dejar el mundo de privaciones en el que vivió, por el mundo de riqueza que siempre soñó, al precio que sea y en contra de ella misma si es necesario; Edgar, el típico viejo machista a quien le importa perpetuar el apellido, multiplicar el dinero y tirarse a una chibola que esté rica para sentirse más joven.


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Claro que todos estos estereotipos se esfuman con mayor facilidad en otras latitudes, no digo que no los vayan a reconocer como figuras de la sociedad, pero no los sentirán tan cotidianos.Ahora, nada malo hay con los estereotipos y con trabajarlos en el cine, pero quizá el error es pretender hacer un retrato de una sociedad a base de estereotipos.


Es decir, es una exageración que uno de los personajes le pida a la empleada el Soy sauce, en lugar del Sillao, que lo conoce hasta la más pituca de los Berckemeyer de Osma, eso fue como ver a la china Tudela en versión cine, con ello no digo que no exista gente así en el Perú, pero ese no es un discurso local y preciso, sino universal, gente a la que le apesta todo hay hasta en el África subsahariana.


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Por otro lado, algunas de las actuaciones no llegan a convencer, sobre todo la de Sergio Gjurinovic, quien tenía uno de los papeles más importantes. El recuerdo del filme es una sola mueca de desconcierto, no se notaron variaciones en sus gestos, es como si hubiese mantenido una máscara inamovible durante todo el filme. Sin embargo, la actuación de Maricielo Effio fue de lejos la mejor, impecable, lograba convencerte de su papel, lograba que olvides el mismo estereotipo y te centres en su visión.


Vale la pena destacar una escena en particular, en realidad dos, pero la otra es la escena final y es mejor que se reserve para cuando el público la vea. La escena a la que hago referencia es aquella en que Diego, acompañado de la cámara, va en busca de su hermana a una imponente casa digna de alguna isla griega.


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La cámara es algo inestable y va registrando los vestigios de una juerga demencial con el mar en el horizonte, pero sin detenerse sobre los detalles, atenta a encontrar el objeto de deseo. Esa cámara logra que uno se mantenga fijo, que se olvide de la casa y del paisaje y piense nada más que en el sentimiento de Diego, clara evidencia de que la maestría de Méndez no se va a extinguir tras un solo golpe de suerte.


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Una respuesta

  1. Pingback: » Pedro Salinas: “Detrás de Dioses se agazapa un revolucionario” » Cinencuentro - No podemos parar de hablar de cine

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