Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

Recorrido Sangriento: Una visión del Cine Gore


 

Ella fue la primera

 

Mostrar carne y sangre. Herschell Gordon Lewis, un periodista graduado de la Universidad de Illinois, había tenido relativo éxito produciendo y dirigiendo algunas nudies[1] junto a David F. Friedman. Un día, mientras veía una película de gángsters, pensó en lo poco realista que era ver caer acribillados a balazos a los personajes sin que éstos derramaran una gota de sangre. Fue allí donde nació la idea: las chicas corriendo desnudas por la pantalla estaban ya saturando a un público ávido de nuevas emociones. ¿Qué sucedería si de la piel se pasaba a mostrar las entrañas? Blood Feast (1963) se encargó de dar la respuesta.

 

Convertida hoy, junto con 2000 Maniacs (1964), en pieza de culto para los amantes del género, ambos filmes fueron generosos en mostrar mutilaciones, aplastamientos de cabeza y una serie de atrocidades que sacudieron a los espectadores de la época, aunque hoy sus toscos efectos especiales y su ingenuidad argumental palidezcan ante piezas mucho más elaboradas. El cine había encontrado una nueva veta para generar ingresos: el gore.

 

 

 

Blood Feast (1963) de Herschell Gordon Lewis

El significado literal de “sangre derramada” no basta para explicar la fuerza y la potencialidad de este sub-género del cine fantástico, que se complace en elaborar y mostrar las situaciones más aberrantes, las muertes más horrendas y las imágenes más repulsivas que el espectador pueda soportar. Y para ello ha recorrido un largo camino hasta la fecha.

 

Vísceras para la explotación

 

Con el filón abierto por Lewis y Friedman, otros directores dedicados a las explotaition movies[2] se animaron a añadir algunas dosis de sangre a sus realizaciones. Tal es el caso, por ejemplo, de Andy Milligan, con producciones como The Ghastly Ones (1968), Torture Dungeon (1969) o Bloodthirsty Butchers (1970), quien se caracterizó por deambular constantemente entre el sexo y el terror, con escenas de alta violencia que capturaban tanto la atención del espectador que lo hacían luego soportar intolerables diálogos.

 

Por regla general, los productores y directores que en la década de los 60 coquetearon con las explotaition movies y la serie B, se vieron prácticamente forzados por las exigencias del público a adentrarse en los terrenos del recién nacido y sangriento género.

 

The Ghastly Ones (1968) de Andy Milligan

 

El ascenso de la sangre

 

 

A fines de la década de los 60, un joven y desconocido director da el espaldarazo necesario para que las miradas de la crítica y de un público más amplio, se fijen en estos productos marginales que ya habían capturado el imaginario de sus fans. Con una nueva visión de la figura del zombi, una producción amateur filmada en blanco y negro que le confería cierto aire documental, una atmósfera malsana y claustrofóbica que se privilegiaba frente a una explicitud visceral, George A. Romero y su La Noche de los Muertos Vivientes (Night of the Living Dead, 1968) lograron los aplausos de los “sesudos” y la atención de la industria. Esta película dotó al género de una complejidad de la que antes carecía y sus múltiples lecturas elevaron al film a la categoría de clásico.

 

El éxito de La Noche de los Muertos Vivientes y la apertura ideológica que trajo consigo la década de los 70, permitió a otros realizadores jóvenes explorar las posibilidades de una “estética del asco”, en la que la belleza visual clásica se sustituye por composiciones en las que lo repugnante, lo bizarro, lo repulsivo (explícito o sugerido) pasan a ser evaluados en clave artística conforme al impacto que causan en el espectador. Tenemos el caso de La Matanza de Texas (Texas Chainsaw Massacre, 1974) de Tobe Hooper en la cual no importa tanto la sangre (que sí la hay), sino el horror malsano que destilan sus imágenes, donde lo sugerido es tan o más espeluznante que lo mostrado. O las peculiares miradas sociales de las primeras incursiones en el gore de Wes Craven, La Última Casa a la Izquierda (The Last House on the Left, 1972) y Las Colinas Tienen Ojos (The Hills Have Eyes, 1977), donde se pueden vislumbrar alusiones a temas como lo incivilizado de la clase media, la violencia innata de la sociedad, la defensa instintiva y animal del territorio, etc. Encontramos también al estilizado John Carpenter, que con una mirada novedosa y personal consiguió con Halloween (1978) renovar y relanzar un subgénero que ha sido explotado hasta la saciedad: el de los psychokillers.

 

 

The Hills Have Eyes (1977) de Wes Craven

Durante los 70, las escenas de estética gore se afianzan sin mayor problema en las mayores producciones de los más diversos géneros: la ciencia ficción presenta una escena de antología con la repugnante aparición del bicho de Alien: el octavo pasajero (1979); los thrillers no escatiman en mostrar la sangre de las víctimas, y las películas de mafia como El Padrino (1972) incluyen en su argumento acribillamientos, muertes y cabezas de caballo decapitadas mostradas tan explícitamente que antes serían impensables en producciones de este nivel.

 

Hemoglobina en cantidades industriales

 

 

En los 80, el gore sale definitivamente de los circuitos marginales y se instala con lujos y comodidades en la gran industria. En 1982, Sam Raimi logra con un bajísimo presupuesto encumbrar a Muerte Diabólica (Evil Dead) en la taquilla norteamericana. Su buen manejo de la cámara y su generosidad “hemoglobínica” lograron otorgarle un puesto de honor dentro de las más recordadas producciones del género.

Evil Dead (1982) de Sam Raimi

 

Así mismo, Sean S. Cunningham y su Martes 13 (Friday the 13th, 1980) inician una de las más prolíficas sagas del terror contemporáneo. Tanto la película original como la mayor parte de sus secuelas, son películas que lindan con lo ridículo por sus pseudo guiones que no hacen otra  cosa que juntar a un grupo de jóvenes y desconocidos intérpretes para intercalar insulsos diálogos con escenas de escabrosas muertes (acuchillamientos, decapitaciones, empalamientos, etc.) al mejor estilo de las películas porno, sólo que, en vez de presenciar candentes encuentros sexuales, podemos entusiasmarnos con la “originalidad” de los libretistas para mostrarnos el asesinato más salvaje. Sin embargo, a pesar de su escaso valor cinematográfico, Martes 13 fue adquirida por la Paramount, logrando así un trato digno que ya quisieran tener producciones de muchísimo mayor nivel.

 

Las segundas, terceras y demás partes se apoderan de las pantallas cinematográficas. Freddy Krueger, el personaje creado por Wes Craven para Pesadilla en Elm Street (A Nightmare on Elm Street, 1984) se convierte en el rey de la taquilla norteamericana para este tipo de producciones. La masificación del género propia de esta época, no supuso un gran avance en creatividad, sino que significó más bien un estancamiento en su evolución.

 

Modernos efectos para clásicos desangramientos

 

 

Agotada ya la veta de muchas secuelas y sin mayor originalidad para la creación de nuevos universos de terror, en los noventa la mirada se dirige hacia viejos y clásicos personajes para reinventarlos con mayor o menor éxito. En esta línea encontramos la magistral revisión de Drácula de Francis Ford Coppola, la mediocre mirada de Kenneth Branagh a Frankenstein o la completamente prescindible visión del universo licántropo que presenta Mike Nichols en Wolf.

 

Los efectos especiales se van puliendo y el gore ya no se esconde avergonzado en las producciones mainstream[3], sino más bien se yergue orgulloso y se incorpora plenamente como elemento narrativo, convirtiéndose en la carta de presentación para muchas producciones como Del Crepúsculo al Amanecer (Robert Rodriguez, 1996), Scream (Wes Craven, 1996) o Starship Troopers (Paul Verhoeven, 1997) que, con irregular éxito en crítica y traquilla, lograron seguir entusiasmando a toda la comunidad friki del cine terror y el gore.

 

Las otras caras de la muerte

 

 

Paralelamente al desarrollo del gore en Norteamérica, cineastas de otras latitudes decidieron explotar el éxito comercial del visceral género con mayor o menor suerte. Imitaciones de ínfima calidad se juntaban con producciones ciertamente originales para satisfacer la creciente demanda de un mercado cada vez más grande de gorehunters a escala mundial.

 

Italia es uno de los países que más aportes brindó al desarrollo del género. Con influencias del giallo[4] y el terror gótico –estilos que tuvieron su auge en los 70- la década de los 80 estuvo caracterizada en dicho país por el incremento de producciones gore y explotaition.

 

Teniendo como antesala el mondo[5], cuyos exponentes más conocidos entre nosotros son Este Perro Mundo (Mondo Cane, P. Cavara, G. Jacopetti y F. Prosperi, 1961) y Holocausto Canibal (Cannibal Holocaust, Ruggero Deodato, 1980), el gore italiano busca potenciar el contenido sangriento buscando el mayor realismo posible en los asesinatos, descuartizamientos, evisceraciones y demás “ganchos” para la taquilla. Destacan las realizaciones de Lucio Fulci, caracterizado por la manipulación del suspense, el gusto por los detalles espeluznantes y ciertas obsesiones misóginas; Lamberto Bava (hijo del genial Mario Bava y con mucho menos originalidad que su progenitor), Umberto Lenzi (el rey de los filmes de caníbales gracias a Comidos Vivos y Caníbal Feroz) y Dario Argento, siendo este último quien más popularidad tuvo en Norteamérica debido a lo estilizado de sus filmes y a su mayor cuidado en la calidad técnica y coherencia temática de los mismos.

 

Holocausto Caníbal (1980) de Ruggero Deodato 

 

El alemán Andreas Schnaas lanza en 1987 una película con un argumento bastante elemental pero con escenas increíblemente efectistas y muy salvajes llamada Violent Shit. Un psicópata anda suelto por la campiña alemana y va descuartizando a quien se le ponga por delante. Truculento y surrealista, bodrio para algunos y película de culto para otros, este film dio origen a un sub-género conocido como el ultra-gore alemán. Schnaas dirigió después dos secuelas, cada cual más descabellada y sangrienta que la otra, y algunos otros títulos de menor interés. Otro de los grandes del ultra-gore es Jörg Buttgereit, con dos piezas imprescindibles para los amantes de las emociones fuertes, Nekromantik (1987) y Nekromantik 2 (1991), en las cuales explora una de las parafilias más atípicas y repulsivas de nuestra sociedad: la necrofilia. Sus películas se preocupan más de la belleza de lo muerto y la sordidez del alma humana que de mostrar sangre y mutilaciones por doquier, aunque el efecto trasgresor provoca un fuerte rechazo en el espectador poco entrenado. Debemos mencionar también a Christoph Schlingensief (Das Deustche Kettensägen Massaker, 1991), Olaf Ittenbach (The Burning Moon, 1992) y, recientemente, a Heiko Fipper y Andreas Bethmann, quienes están dando que hablar con sus producciones underground realizadas directamente para el mercado del video.

 

 

Nekromantik (1987) de Jörg Buttgereit

 

España no se ha quedado atrás, siendo Acción Mutante (1993) de Alex de la Iglesia su mejor carta de presentación, de la mano con las producciones de Jesús Franco y una verdadera joya titulada La matanza Caníbal de los Garrulos Lisérgicos (1993) dirigida para el mercado del video por Antonio Blanco y Ricardo Llovo, que con el humor e irreverencia propio de las películas españolas, nos presenta a una familia de La Coruña similar al clan de Leatherface, el asesino de la motosierra de La Matanza de Texas. Los cortos de Santiago Segura (Relatos de la Medianoche, Evilio), Nacho Cerdá (Aftermath) y Julián Lara (Evil Night, Zombie Xtreme) también dan mucho que hablar.

 

Nueva Zelanda nos entregó las magníficas Bad Taste (1987) y Braindead (1992), delirantes incursiones en los terrenos del gore del maestro Peter Jackson. Los excesos hemoglobínicos, las situaciones descabelladas, la realización amateur y el trepidante humor negro han convertido estas películas en sendos clásicos para los aficionados al género.

 Bad Taste (1987) de  Peter Jackson

Por sus grandes aportes al splatter[6], su obsesión por la manifestación violenta, ya sea de sangre o de sexo, su regodeo en las temáticas bizarras y extremas, sus trasgresiones a los tabúes más atávicos y su particular visión del mundo, el cine oriental merecería un capítulo aparte en cualquier estudio serio del gore. No podemos dejar de mencionar las películas de Takashi Miike (Audition, Visitor Q, Ichi the Killer, etc.) que rompen los esquemas del espectador por un paroxismo de sangre e imágenes perturbadoras; Tetsuo de Shinya Tsukamoto, ejercicio surrealista que conjuga carne y metal con gran dureza visual; El Club del Suicidio (Suicide Club) de Shion Sono, delirante visión de uno de los grandes temores de la sociedad japonesa contemporánea; el drama de guerra Man Behind the Sun, producción hongkonesa de Tun Fei Mou mostrando las atrocidades de un campo de concentración japonés durante la Segunda Guerra Mundial; y, por último, la brutal saga japonesa dirigida para el mercado del video Guinea Pig, cuyos episodios lograron revitalizar el mito de las snuff movies[7] debido a la crudeza y realismo de sus escenas, sobre todo en el segundo capítulo titulado Flowers of Flesh and Blood, una apología a la mutilación en la que una mujer es secuestrada por un personaje que la descuartiza viva con retorcidos fines artísticos.

 

En el Perú han habido algunos intentos por entrar en el terreno del terror y lo fantástico, en ciertos casos con algunos elementos gore (monstruos, sangre en pantalla, etc.) más o menos logrados debido a la precariedad técnica. Digno de mención por el esfuerzo y entusiasmo de sus jóvenes realizadores es el thriller andino, inaugurado por los ayacuchanos Mélinton Eusebio (Jarjacha: el Demonio del Incesto), Palito Ortega Matute (Incesto en los Andes, la maldición de los Jarjachas) y José Antonio Martínez Gamboa (Pishtaco), junto con el puneño Henry Vallejo (El Misterio de Kharisiri), los cuales han logrado una gran aceptación en el interior del país.

Sangre a raudales

 

El gore se ha instalado definitivamente en el imaginario cinematográfico y se ha convertido en fuente de inspiración y alternativa estética para directores tan disímiles y de géneros tan opuestos que bien nos hacen pensar en cómo han evolucionado los gustos y la tolerancia de los espectadores: sólo como ejemplo recordemos las sangrientas escenas realizadas por Quentin Tarantino en sus Kill Bill y por Mel Gibson en el drama religioso La Pasión de Cristo.

 

Actualmente, algunas producciones como Alta Tensión (Haute Tension, Alexandre Aja, 2003), Juego Macabro (Saw, James Wan, 2004) y Hostal (Hostel, Eli Roth, 2005) están apostando por la tortura, el asesinato a sangre fría y el confinamiento en espacios opresores y claustrofóbicos como herramienta privilegiada para jugar con los límites del público.

 

El cinéfilo goremaníaco siempre ha estado sujeto al prejuicio social que conlleva entusiasmarse con esta pasión o curiosidad morbosa por películas que el espectador común califica como “producciones para enfermos o psicópatas en potencia”. Sin embargo, esta oscura tendencia siempre ha encontrado adeptos, cada vez más numerosos, aunque no lo reconozcan abiertamente.

 

Tras haber dado un ligero y limitado repaso a este vapuleado género no queda más que preguntarse: ¿hay algún límite para el gore? La respuesta está en la capacidad de aguante y las reservas morales de cada espectador. Mientras existan personas dispuestas a entusiasmarse con estas retorcidas -pero no por ello menos exquisitas- visiones de la muerte y el sufrimiento humano, tendremos sangre para rato.

 

Por Miguel Mejía Salas


 

[1] Películas cuyo atractivo es mostrar abundante piel femenina, sin importar realmente su solidez narrativa.

[2] Tipo de películas que sacrifican los conceptos de lo que tradicionalmente conocemos como valor artístico con miras al sensacionalismo o la exaltación del morbo en la gente, principalmente en los ámbitos del sexo y la violencia.

[3] El cine mainstream puede ser definido como una “categoría ligada al cine industrial fundada en la eficacia de los presupuestos siderales, pensado por comités corporativos y presuntamente coincidente con los gustos del gran público de acuerdo a intrincadas operaciones de marketing” (Eduardo A. Russo, Diccionario de cine, Editorial Paidós).

[4] La denominación Giallo evoca al término “amarillo”, que era el color de las portadas de las revistas detectivescas en las que estas producciones basaban su argumento. Las películas eran enrevesadas historias policiales, con asesinos psicópatas enmascarados y hermosas mujeres en peligro, cuyos finales solían revelar la identidad de criminal previa dosis de alta violencia.

[5] Sub-género cinematográfico de estilo pseudo documental y sensacionalista que muestra escenas bizarras, violentas y sangrientas tomadas de lugares exóticos y alejados de las sociedades occidentales. Muchas situaciones que se presentaban como supuestamente reales, no pasaban de ser simples recreaciones en estudio o exteriores.

[6] Término también utilizado para designar al cine gore  que evoca la salpicadura o chorreo de la sangre. Esta denominación es frecuentemente utilizada en los estudios norteamericanos del género.

[7] Uno de los grandes mitos o enigmas del cine: ¿ha sido registrada alguna vez en directo la muerte o mutilación real de un ser humano?

 

 

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2 comentarios

  1. Estimados Cinerastas:
    Por favor déjenme felicitarlos por esta genial página. Está muy bien realizada y con contenido de altísima calidad y fundamento.Particularmente soy fan del cine gore, a pesar que es muy difícil aqui en Perú conseguirse esta clase de películas.
    Considérenme un asiduo seguidor de su página y desde ahora cargaré mi cruz de ser un cinerasta.
    Saludos
    Charles

    diciembre 19, 2008 en 12:29 pm

  2. Muy buena seleccion. Si queres una probadita de gore oriental, te recomiendo “el horror de los hombres deformes”, de Teruo Ishii. la podes descargar (con subtitulos en español) de http://www.cafeycigarrillos.com.ar/2008/12/horrors_of_malformed_men/

    Saludos y gracias por el blog!

    diciembre 27, 2008 en 9:36 am

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