Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

la puta y santa verdad


 

 

Joaquín Eyzaguirre – Casa de Remolienda (2007)

 

Argumento:

 

Una mujer que regenta un prostíbulo recibe la visita de su hermana, viuda con tres hijos de escasa experiencia mundana, y trata de hacer pasar el lugar por una casa de familia, con tres fingidas señoritas (las prostitutas) de quienes los jóvenes quedan prendados.

 

 

Crítica:

 

Existen, al menos para quien escribe, muy pocos puntos de referencia al cine chileno, como no sean éxitos que no tuvieron mayor resonancia fuera de casa (Sexo con Amor, y la pueril El Rey de los Huevones) o pequeñas obras de arte como Machuca (Andrés Wood, 2004) internacionalmente premiada y casi desapercibida en las salas de proyección, principalmente por obra y gracia de la maquinaria mediática, cuyas tendencias están de más mencionar.

 

Al igual que los dos primeros ejemplos, y todo indica que con los mismos resultados, esta producción se ha estrenado en su patria con relativo éxito, hablando estrictamente en términos de taquilla, en un principio porque presenta por lo menos a dos actrices de renombre (en su propio medio, aclaro, porque acá no nos suenan de ningún lado), y por otra parte, porque se trata de la adaptación cinematográfica de “La Remolienda”, clásico del teatro chileno, y harto conocido por su público potencial.

 

 

 

Dejamos de lado el hecho de que las actrices se muestran como vinieron al mundo, pues un servidor quiere creer que la concurrencia masiva al estreno de la cinta por sus compatriotas no tuvo que ver (mucho) con este detalle.

 

La expuesta es una fórmula recurrente en aquellos países en los que su cine no ha alcanzado un renombre que le permita subsistir por sí mismo. El apoyo en caras conocidas o en obras que ya gozan de aceptación comprobada por la mayoría es, sin embargo, un recurso válido (el propio Hitchcock dijo alguna vez que el cine son un montón de butacas por llenar) que supuso en muchos casos el punto de partida de industrias fílmicas hoy plenamente establecidas.

 

 

Casa de Remolienda, segundo film del joven realizador Joaquín Eyzaguirre, apuesta por el manoseado recurso e intenta construir una historia de aire costumbrista (a pesar de que no existe en ella ningún elemento claramente alusivo a su país de origen), no exenta de valores cinematográficos, pero que no llega a erguirse por encima de sus propias expectativas.

 

El filme demuestra clara preferencia por el aspecto gráfico más que por la verosimilitud de los hechos, detalle que se evidencia desde el arte conceptual (ando buscando un afiche de la película para colgar en mi cuarto), dando especial realce a los escenarios, paisajes y ambientación (hermoso trabajo de David Bravo), que enmarcan las escenas, algunas de ellas puramente postales, en que se desarrolla la acción.

 

 

 

Siempre en tono lúdico y superficial, aunque a veces se pretenda infundirles un halo de crudeza, como en el sacrificio de los animales de corral, o en las tomas que describen el quehacer de las prostitutas dentro de la mansión, tan gráficas como inocentes, cándidas a pesar de los desnudos explícitos.

 

Los personajes, al margen de las capacidades histriónicas de quienes los interpretan, son en su mayoría planos y unidimensionales, incapaces de escapar al pedazo de realidad que los define: Las meretrices son vulgares, bulliciosas y desfachatadas, y sueñan con casarse y abandonar la vida que llevan (de la cual no parecen renegar en momento alguno del film); los hermanos provincianos son lerdos, desmañados e ingenuos, y su madre desconfiada y sobreprotectora.

 

 

 

Aparte de los desenlaces en extremo anticipables, la mayoría de los personajes no tiene una motivación expresa ni velada. La aparición de secundarios aporta un poco de variedad a la historia, al costo de multiplicar las situaciones inconexas o no resueltas incluso hasta el final. Son piezas llevadas a la deriva en una obra que inicia con la llegada de la electricidad a un pueblo aciago y sombrío, metáfora que haría suponer la irrupción de lo novedoso, del cambio, de la revolución que en ningún momento se da.

 

Ejemplos como el de esta pieza, fallida en su promedio final, deben alentar a los nuevos cineastas a buscar más y mejores maneras de contar buenas historias (que las hay), antes de asegurar una efímera concurrencia o un discreto éxito mediático, con mucho menor a la fama de sus obras o sus estrellas locales.

 

 

Por Gonzalo Del Carpio Bellido

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