Amantes de las bajas pasiones cinematográficas…

La Magia del Trabajo Duro


 

 

Martin Scorsese – Shine a Light (2008)

 

Scorsese debe haber sido de esos estudiantes insoportables que siempre sacan veinte. Mientras uno aun seguía equivocándose, porque nadie es perfecto y recién se está aprendiendo, Scorsese no sólo entendía todo a la perfección, sino lo aplicaba como si llevara años en el asunto.

 

Más allá del talento o el rollo de autor —innegables, por cierto—, Martin hace las cosas bien. Porque cada movimiento de cámara del concierto de los Rolling Stones es una lección de la mejor manera de hacerlo.

 

 

 

Si a Scorcese se le encargara un reportaje de lo más aburrido y lleno de limitaciones, igual se las arreglaría para lograr un producto perfecto y sorprendente, sin evadir ni una pizca las reglas del género. Su precisión y su oficio innato son algunos de los rasgos que lo hacen un maestro.

 

Ciertamente, te sientes en el concierto, o mejor que eso. El planteamiento de grúas que van y vienen, la alternancia de encuadres desde la perspectiva del público con primeros planos inestables de los músicos, conforman un tratamiento tan naturalista como estilizado que genera la impresión de encontrarse en medio del espectáculo, pero en una posición omnipresente y privilegiada. Se trata de la idealización desde el realismo, la exaltación de lo aparente, otra característica clásica del cine de Scorsese. 

 

 

Shine a Light es una lección de cine desde el inicio. Quien haya agarrado alguna vez una cámara y sentido el estrés y la presión del trabajo audiovisual se identificará de inmediato. La película abre con una suerte de backstage, donde se esbozan los problemas que siempre surgen a la hora de trabajar en equipo con plazos y horarios tiránicos.

 

¿Cómo cubrir un concierto de los Rolling Stones?, es una pregunta que se plantea una y otra vez. La preocupación por el orden de las canciones, un pequeño detalle completamente ajeno a ti puede darle un vuelco de ciento ochenta grados a tu trabajo.

 

 

 

De pronto, hay que tirar los planes a la basura y empezar de nuevo. Scorsese captura ejemplarmente ese momento en que la casualidad manda. Y al mismo tiempo, demuestra que en todo aquello hay belleza.

 

El final de Shine a Light nos habla de la pasión de Scorsese por el cine, de que es posible encuadrar a la ciudad entera, siempre y cuando las grúas y la tecnología digital lo permitan. No hay límites y lo que jurábamos sin duda verídico en la pantalla puede resultar una admirablemente orquestada impostación.

 

 

 

De otro lado, no debe olvidarse que el show acá lo traen los Rolling Stones, quienes, sin embargo —y muy a mí pesar, pues soy un fanático—, le restan méritos al film. Es cierto que arman un gran espectáculo: Mick Jagger con los pasos de siempre, desplazándose de un lado a otro del escenario con la misma vitalidad de hace cuarenta años.

 

Keith Richards, relajado y cool con su pinta de borracho decadente, pero que ha sobrevivido a todo para contarlo; Ronnie Wood, sólido punto de apoyo tanto del sonido como de la personalidad de la banda; y claro, Charlie Watts, esa sombra muda e imperceptible sin la cual, no obstante, los Stones no serían los Stones.

 

 

 

Los acompañan Jack White, en Loving cup, Christina Aguilera, en Between the sheets, y Buddy Guy, en Champagne and reefer. El problema es que la banda que vemos ya no parece un grupo de rock. Llenos de instrumentos de orquesta, tocando covers que si bien no se oyen mal carecen de rudeza, los Rolling Stones han perdido fuerza. ¿Por qué invitar a Christina Aguilera?, por ejemplo. Tal vez debido a ello, el mejor momento venga de la mano de Buddy Guy, blusero que, pese a los años, conserva intacta la picardía y el espíritu blues que le dieron fama. Su guitarra esporádica y su mirada fija recuerdan al diablo.

 

Hay que ver Shine a Light, porque finalmente se trata de un producto de Scorsese, cuyo rol como director, desde el tratamiento hasta las ideas, resulta impecable. La película tiene de todo: un acabado perfecto y mucho amor por el cine, por ese lado aparentemente menos glamoroso de la tensión del trabajo, que ahora, gracias a Scorsese, recordamos que también es mágico.

 

 

Por Eugenio Vidal

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